Cuando la chica se paró al lado mio dudé. Mi mirada estaba a la altura de su panza y dudé. Miré su cara y volví a dudar: noté un aire angelical que sólo veo en las mujeres embarazadas. Empezó a acariciar su incipiente pancita y ahí dejé de dudar: era una embarazada. Me levanté, traté de abrirme paso entre brazos con olor a chivo y le dije, amable: "Sentate". La chica torció la cabeza, abrió los ojos y me dijo: "¿Por?". "¿No estás embarazada?" dije tímida, señalando su incipiente pancita y temiendo la peor respuesta del mundo. "¿Por qué pensás que estoy embarazada?" preguntó ella, y yo quise eyectarme del colectivo o despertarme de una buena vez de esa horrible pesadilla. "Porque te estabas acariciando la panza" le dije, porque preferí pasar por amable y dulce y no por hija de puta diciéndole "por esa panza que tenés". Ella me miró, y mientras se sentaba, me dijo: "No, no estoy embarazada. Tengo panza porque estoy hinchada. Comí ravioles al mediodía, y me acariciaba la panza porque estaba recordando lo rico que estaban".
Locura tardía
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En el nebuloso y resbaloso mundillo del arte la experimentación existe. En
algunas ramas el público pareciera estar más dispuesto (la pintura, la
escultura...
Hace 1 año


