Cuando tenía tres años mi papá me regaló un especimen animal hermoso: una coneja. Era gris, chiquita, y toda suavecita. Le puse Katy. Yo jugaba con Katy, la paseaba de un lado para el otro, le hablaba, la acariciaba, dormía con ella, le hacía mimos. Era mi compañera ideal.
Pero un día, Katy desapareció.
Al poco tiempo mi papá me volvió a regalar, no un conejo, sino dos. Dos conejos blancos, grandes, machotes, aburridos, olorosos. Yo quería mi Katy, pero ya no estaba más. Nadie sabía decirme dónde estaba ni por qué se había ido o a qué hora volvería.
Durante mucho tiempo pensé que se había muerto y no sabían cómo decírmelo, y que por ese motivo se habían llamado al silencio. Pero cuenta la leyenda de la familia ramera, que el destino de mi querida Katy no fue ese.
Pareciera ser, se dice que, se sospecha que: mi vecino se robó a mi conejita preciosa, la mató, adobó, cocinó a fuego lento, y manducó tremendo guiso de Katy.