lunes, 15 de diciembre de 2008

Ñoñada de fin de año

Juntarse a poner deseos de fin de año en globos, inflarlos, y tirarlos por el balcón.

A mi me parece un poco mucho.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Conciencia, animal

Estoy parada en una esquina, frente a un conocidísimo local de comidas rápidas. En la puerta, justo atravesado, un perro medio moribundo. Junto al perro medio moribundo, una chica que le da de comer dulcemente, y le convida agua y lo acaricia. La gente pasa, mira y sigue de largo. Unos minutos después, una parejita feliz se estaciona junto al perro y la muchacha. Después de algunos segundos de observar el espectáculo, avanzan hacia donde estoy yo. Y él, abrazando a su novia, sonriendo, tranquilo, como si nada, le dice:

"Yo te juro, que veo a un negro en la calle y lo mataría. Pero veo a este perrito abandonado, sin nada para comer, sin nadie que lo cuide, y me lo quiero llevar a mi casa".

La chica sonríe, lo mira embobada, y se van caminando de la mano sonrientes, tranquilos, como si nada.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Sí, quiero

01. Anoche tuvimos un casamiento. El señor que vive conmigo, fue en ojotas.

02. Una hora después de arribar, el señor que vive conmigo se quitó delicadamente las ojotas, las colocó a un costado, y procedió a remojarse las patas en la pileta del paquetérrimo jardín del salón.

03. Para finalizar la noche, se paró con otro amigo en el medio de la pista de baile y, sacando a relucir toda su peronitud, empezó a dar saltitos extraños al grito de:

Con los huesos de Aramburu
Con los huesos de Aramburu
Voy a hacer una escalera
Voy a hacer una escalera
Para que baje del cielo
Nuestra Evita Montonera

Lo amo.

jueves, 4 de diciembre de 2008

¡Un horror!

"Ay, por Dios. Qué asco. Mirá lo que es eso, todo desordenado, una cosa encima de la otra, ningún criterio. Todo aplastado. La carne arriba de los tomates, seguro esa bolsita está rota, ¿te imaginás qué rica va a quedar la ensalada? ¡Especial para Drácula! Y todos los yogures esos, mirá... se están abollando los potecitos. Yo no entiendo... si es mucho más facil ir poniendo las cositas ordenaditas. Por un lado los lácteos, verduras, carnes, latas, perfumería. ¿Pero vos te diste cuenta? Fijate, fijate por favor, ay no... es una inmunda. Ese shampoo va a quedar con olor a perejil. ¿Entendés? Shampoo con sabor a perejil..."

"Callate. Parecés tu madre." dijo el señor que vive conmigo y volvió a mirar la heladera de cervezas.

Salí de mi estado de posesión. Hice puchero, y dejé de chusmear el changuito de la señora de adelante, que me miraba de reojo, con odio desmesurado, como cuando yo miro a mi madre que, meterete como nadie, critica a cualquier ser humano, sin importar raza, religión o color.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Eso no se hace

En el top ten de las cosas que me dan asco (que, por supuesto, son millones) los primeros puestos se lo llevan: los chistes y/o humoradas escatológicas (ni siquiera apruebo la “sabanita” en lo más íntimo de una pareja) y la gente que escupe indiscriminadamente.

Hace un rato venía en el colectivo y al lado mio se había sentado un señor oloroso. Estaba del lado del pasillo, a mi me había tocado ventanilla, el colectivo estaba prácticamente vacío. Para combatir el hedor, agarré un ramito de jazmines que tenía en la mano y les eliminé todo el aroma de un naringuetazo. Todo venía bien, hasta que el muy desagradable empezó a gargajear brutalmente y a lanzar sus escupidas hacia el pasillo del colectivo. Así como leen: al pasillo. Por donde la gente camina. En el interior. Adentro. Lo hizo una, dos, tres veces. Se revolvía de placer y se enorgullecía de su asquerosidad. Yo lo podía ver en su rostro, en su mirada libidinosa.

Pero no pude hacer nada. Por tímida, por cansada, por no querer hacer un escándalo, me quedé en el molde. En mi rostro había quedado momificada la mueca de una persona que había visto al cuco. No podia decirle “viejo de mierda”, “asqueroso”, “sucio” ni nada por el estilo. Había perdido el habla. Y, aparte, me daba vergüenza ajena.

Para suerte mia, estábamos llegando a la parada donde me tenía que bajar, así que le pedí permiso y caminé por el pasillo escupido, dando saltitos esquivadores de gargajos verdosos y gigantescos.

Cuando bajé, caminé tranquila, oliendo mis jazmines y pensando, tratando de entender, de dilucidar, en qué momento a este hijo de puta le pareció que era una buena idea escupir sin ton ni son. Ni discriminación.

Eso no hace señor, no sea guarango. Y menos, mucho menos, con una dama a su lado.

Mi conejita Katy

Cuando tenía tres años mi papá me regaló un especimen animal hermoso: una coneja. Era gris, chiquita, y toda suavecita. Le puse Katy. Yo jugaba con Katy, la paseaba de un lado para el otro, le hablaba, la acariciaba, dormía con ella, le hacía mimos. Era mi compañera ideal.

Pero un día, Katy desapareció.

Al poco tiempo mi papá me volvió a regalar, no un conejo, sino dos. Dos conejos blancos, grandes, machotes, aburridos, olorosos. Yo quería mi Katy, pero ya no estaba más. Nadie sabía decirme dónde estaba ni por qué se había ido o a qué hora volvería.

Durante mucho tiempo pensé que se había muerto y no sabían cómo decírmelo, y que por ese motivo se habían llamado al silencio. Pero cuenta la leyenda de la familia ramera, que el destino de mi querida Katy no fue ese.

Pareciera ser, se dice que, se sospecha que: mi vecino se robó a mi conejita preciosa, la mató, adobó, cocinó a fuego lento, y manducó tremendo guiso de Katy.

lunes, 1 de diciembre de 2008

¿Te cuento otra?

En una época fui medio tímida para expresar qué quería y qué no, a la hora de estar en la cama con alguien. Por eso, cuando decidí finalmente hablar con Robertito para plantearle lo que necesitaba, lo hice en un momento de suma intimidad: los diez o quince minutos post coito. (después, en general, los hombres se ponen muy inquietos). Inspiré mucho aire y me acerqué a su cuello, le di un beso, y luego le susurré al oído:

Una Ramera
La próxima quiero ponerme en cuatro.

Me separé de él y sonreí de manera pícara y cómplice. Pero a cambio recibí una mueca de lo mas seriecita.

Robertito
No

Y al ver mi cara confundida, mi gesto incrédulo, mis ojitos tristes, continuó:

Robertito
Es que si te ponés en cuatro,
no podés tocarme los pezones.

Yo todavía me río un poco. ¿Lo mio es pacatería, sentido común o lisa llanamente maldad?