Mostrando entradas con la etiqueta Indignaciones cotidianas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Indignaciones cotidianas. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de septiembre de 2010

La boluda justiciera I

(o de cómo un día me harté de esa impunidad obscena con la que se manejan los viejos que se creen que porque son viejos pueden hacer lo que se les cante y nadie puede decirles nada porque "pobre, dejalo, es viejito").

1. Exterior. Día. Camino detrás de una vieja impune. La vieja lee un papel, lo abolla y lo tira al piso.

M
¡Señora! ¡Señora!

La vieja impune se da vuelta, yo sonrío.

M (señalando el lugar del bollo de papel)
¡Mire, se le cayó un papelito!

Vieja impune
...

M
Ese, mire, ¿no lo tenía en la mano?
Yo la vi, justo se le cayó.

Vieja impune
...

M (agachada agarrando el papel)
Tome, éste, guárdelo, que no se le
vaya a caer de nuevo eh.

La vieja impune se comporta como si estuviera escuchando a una loca. No agarra el papel, pero tampoco se mueve, como si mi presencia la llenara de terror, como si la paralizara mi ímpetu justiciero y vengador.

Vieja impune
No, pero no se me cayó.

M
¿Cómo que no?
No lo habrá tirado a propósito, ¿no?
Eso no se hace, señora.
(el acento en "señora" es verdaderamente intimidante)

Vieja impune
...

M
Tome, llévelo.
Desde acá estoy viendo un tacho de basura.
Allá, el naranja, ¿lo ve?
(el énfasis en "¿lo ve?" es verdaderamente terrorífico)

La vieja impune agarra el papel de mala gana, como cuando retás a una criatura y acepta el castigo de manera lastimosa. Yo me siento el terror de Almagro, la superheroína mas linda del universo, la mas viva, la mas ganadora, la mas inteligente, la que mete mas miedo, la mas todo. Mientras me siento la representación del poder en la tierra y "si quiero te puedo cambiar el mundo", la vieja impune, que se había alejado unos pasos, se vuelve hacia mi, camina hacia donde estoy yo parada, y cuando está a dos pasos, me tira el papel a los pies.

Vieja impune
Uh, se me cayó de nuevo.

Y se va, caminando rapidito, con toda su impunidad a cuestas. Agarro el papel, y pienso si seguir o no seguir. Ya estoy cansada. Todos los superhéroes nos merecemos un descanso. Guardo el papel en mi bolso, camino atrás de la vieja, y cuando paso por al lado suyo, con el restito de fuerza que me queda, le canto la posta: "¡Vieja sucia!".

Ni siquiera se dio por aludida, la muy chota.

viernes, 29 de enero de 2010

Comportémonos, por favor

Es increíble que, a casi cien años de la existencia del colectivo, todavía haya gente que no sepa comportarse en el medio de transporte. Es increíble que todavía haya animales que se paran delante de la máquina expendedora y es casi inverosímil que no entiendan que en estos días de calor infernal, las ventanillas tienen que permanecer abiertas. No está bien que, después de cien años de colectivos e infinitas líneas que recorren toda la ciudad y el conurbano, todavía haya gente que no entienda el "circulando". En el fondo hay lugar. Y ojo, porque también hay especímenes infrahumanos que cuando ven que no hay lugar, siguen empujando como si a presión todos pudiéramos hacernos mas finitos. Es increíble que en el vocabulario de la mayoría de los pasajeros la palabra "permiso" no exista. Es rarísimo que todavía haya gente que no se da cuenta que tiene olor a chivo e igual levanta el brazo, ahogando a todos los que estamos alrededor. Es terrible, que haya personas que no ceden el asiento a embarazadas y ancianos. Es horrible que haya pasajeros que no saluden al conductor y es absolutamente incomprensible que, después de cien años de subirnos a un colectivo, todavía haya gente que no entienda que para defecar, existe el baño.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Gordito ruludo

Consecuencia del corte de suministro de Internet en la mansión Ramera, nos adentramos a uno de los lugares mas siniestros del barrio: el locutorio. Estoy sentada en una máquina que tiene el teclado pegajoso. A mi izquierda tengo un adolescente mirando videos de Cristina Aguilera y a mi derecha una escalera que supongo lleva a un escondite secreto, donde posiblemente se realicen apuestas ilegales, riñas de gallos, o a una dimensión paralela. Del segundo piso baja un señor con bermudas, medias y ojotas. Definitivamente esa escalera lleva a una dimensión desconocida, a un tiempo pasado en el que el buen gusto de la gente era de escaso, a nulo. El señor de medias y ojotas sube la escalera. Segundos mas tarde baja un gordito con rulos, remera de Korn y pantalón cargo. Se acerca a la caja y habla con el petiso que atiende, que minutos antes piropeó a una mujer diciendo: "Yo tengo la nariz tapada, pero tu perfume es tan fuerte que lo siento lo mismo". El gordito ruludo pasa por al lado mio. Tiene olor a chivo. Abre una puerta y desaparece. Hasta este momento yo no había reparado en la existencia de esa puerta. Me pregunto qué será. Dos o tres minutos después la puerta se abre. El gordito ruludo sale. Vuelve a la caja. Habla con el petiso. Pasa por al lado mio. Sube la escalera.

Treinta segundos mas tarde empezaré a sentir un olor penetrante y hediondo. Una baranda sofocantemente asquerosa. Un aroma pestilente, que ahoga, no deja respirar. Se meterá por mi nariz y llegará a la garganta. Parecerá que tragué el olor, que está dentro mio, que jamás de los jamases podré sacarme esta sensación de asco de encima. No necesitaré mucho para darme cuenta de dónde viene esa baranda. Esa puerta donde entró el gordito ruludo, es el baño. Saldré corriendo del lugar, revoleándole al petisito un billete de dos pesos, y diciéndole, indignada: "mas vale que tires desodorante porque se te va la clientela, eh". En el camino a mi casa, pensaré: "Qué gordito de mierda, ¿por qué no se irá a cagar a su casa?".

domingo, 1 de noviembre de 2009

Querida Marta

Si estuviste todo el día de hoy preguntándote por qué tu querida amiga no te llamó para encontrarse con vos, quiero que sepas que la muy infradotada anotó mal tu número telefónico y me llamó a mi dieciocho veces. Y aunque le dije "pelotuda", "burra", "idiota mental", y la atendí diciendo "Buenas tardes, banco de semen, a su servicio", "Policía Federal buenas tardes" y "Fábrica de tangas, buenos días", la imbecil sigue llamando.

jueves, 15 de octubre de 2009

Una señora charleta

Pareciera que a medida que uno crece va adquiriendo ciertas costumbres odiosas, que llegan a su pico en la vejez. Una de ellas, la que me pone los pelos de punta, es hablar con cualquiera en la cola del banco. Por eso mismo, y porque pese a todo yo en la vida cotidiana soy una persona ubicada, es que en las colas de los bancos me la paso mirando al piso con tal de esquivar la mirada del geronte que tengo delante. Los gerontes charletas de la cola tienen un método: suspiran una o dos veces, luego empiezan a bufar, estiran el cogote mirando cuánta gente tienen delante, lanzan alguna consideración al aire que siempre incluye un fastidioso "así estamos" y por último empiezan a buscar con la mirada algún cómplice. Es aquí donde hay que tener mucho cuidado. Ni bien sus ojos se cruzan con los tuyos, estás atrapado. Y eso, lamentablemente, fue lo que me ocurrió ayer por la mañana.

Señora charleta: Esto es tremendo.

M: Ajá.

Señora charleta: Porque así estamos. Yo soy una señora mayor, no puedo andar perdiendo el tiempo así.

M: Ajá.

Señora charleta: Se creen que uno tiene el día libre. Si supieran...

M: ¿Si supieran qué?

Señora charleta: Todo lo que una tiene que hacer.

M: Ajá.

Señora charleta: Sos un poquito maleducada. Te estoy hablando y mirás al piso.

M: Perdón. Me decía que tiene mucho que hacer. Cuénteme, por favor. Muero por saber.

Señora charleta: ...

Mientras la señora charleta trataba de hacer un inventario mental de las estupideces que tendría que hacer en el día, una de las cajeras sale de su puesto y desaparece tras una puerta.

Señora charleta: ¿Ves? Ahora se mete ahí y no sale mas. NO SALE MAS.

M: Tal vez fue al baño.

Señora charleta: ¿Pero vos trabajás acá que la defendés?

La cajera vuelve a aparecer, y camina hacia donde la vieja charleta y yo mantenemos esta cordial conversación. Cuando está al lado nuestro, la señora charleta la agarra del brazo.

Señora charleta: Escuchame una cosita querida. Hace diez minutos que estoy haciendo la cola. ¿Por qué no habilitan otra caja?

Cajera: Voy a buscar una carpeta allá y vuelvo a la caja señora. No se preocupe.

Señora charleta: Esto es cualquier cosa. Yo no puedo creer. Este país está lleno de vagos. Nosotros acá, perdiendo el tiempo, y vos yéndote.

Cajera: Ya vuelvo a la caja señora, no se preocupe.

Señora charleta: Claro, primero se fue a tomar un cafecito, ahora a llevar la carpeta, por qué no se va también a pasear al perro.

Cajera: Señora, no sea irrespetuosa. Aparte, ¿de qué cafecito me habla?

Señora charleta: No se haga la tonta. Yo vi que recién salió por ahí.

Cajera: Fui al baño, señora. Tengo derecho de ir al baño.

Señora charleta: Se hubiera aguantado.

Cajera: Tengo cagadera señora. ¿Hubiera preferido que la atendiera con olor a mierda encima?

Y ahí, mientras la señora charleta se retiraba ofendida del establecimiento, yo largué una carcajada feroz, y tuve unas ganas tremendas de abrazar a la cajera.

viernes, 4 de septiembre de 2009

Ka-Boom

Se supone que los viernes son días que están buenos. Se supone que empieza el fin de semana, que uno va a descansar, o se va a emborrachar, o drogarse, va a salir, comer porquerías, ver gente, y pavadas por el estilo. Y se supone que los viernes son como el preámbulo a todas esas actividades, la puesta en marcha de lo que será el maravilloso fin de semana.

Y digo "se supone" porque mi viernes es una mierda, porque hace tres días que trabajo hasta las once de la noche, y como una pizza añejada que tengo en la heladera. Porque hace cuatro días que no puedo sentarme a leer mas de media hora porque me quedo dormida, y cuando me echo a dormir me despierto doscientas veces. No puedo ver una película porque me arden los ojos al leer los subtítulos. Y se supone que hoy, viernes, yo esté contenta porque empieza el fin de semana, aun sabiendo que de nuevo tengo que trabajar hasta las once de la noche, que tengo la casa patas para arriba desde hace tres semanas porque "estoy pintando", que mañana me van a retar porque no escribí nada, y que a la noche tengo el "festejo" de mi cumpleaños.

Pero si yo pensaba que todo eso podría ser letal, si pensaba que no había algo más allá de estas desgracias, si se me había pasado por la cabeza que este viernes no podía ser peor, estaba erradísima. Recién me ocurre lo siguiente con una compañera del colegio con la que no hablo hace, fácil, un añito:

L: ¡Feliz cumple atrasado linda! ¿Cómo andás?
M: ¡Gracias! Bien, todo bien, tirando. (sí, puse "tirando", mátenme)
L: Qué bueno, me alegro mucho. ¿27 no? (bomba 1)
M: ¡No! 26 nomás...
L: Jajaja ¡Perdón! ¡Ya estás más cerca de los 30! (bomba 2)
M: ¡Me estás matando!
L: No no. ¡Perdón! ¿Y cómo anda el señor que vive con vos? (bomba 3)
M: Eh... me separé...
L: Uh, negra, todo mal.
M: ¿Y vos? ¿Cómo andás? (yo sé que está mal, pero en este momento quería que me contara alguna desgracia)
L: Yo muy bien... adiviná dónde estoy...
M: No, no sé. (en este punto carente de paciencia)
L: En GRECIA (bomba 4, final, se acabó el mundo, no esperen nada mas de mi, hasta aquí llegué, mi vida apesta, no me olviden, siempre los amaré)

(andá a la concha de tu madre)

miércoles, 27 de mayo de 2009

Menú del día

Todos los días, mi compañerita la tontita, llama al local de delivery de comida para averiguar el menú del día. Después llama a los internos para que cada uno elija. No es una tarea para nada difícil, aunque con la boba ésta al mando, hasta un 2+2 puede convertirse en una ecuación imposible.

Hace algunos días escucho que llama por teléfono al local, y repite en voz alta uno de los platos: Ñoquis de batata con salsa rosa. Cuando escucho que corta, le grito desde mi oficina que a mi me pida eso. Y después me quedo, atenta, escuchando -chusmeando- qué van a pedir los demás. La boba empieza a llamar a los internos:

Llamado 1: "Hay ñoquis de calabaza con salsa"
Llamado 2: "Hay ñoquis de batata con salsa rosa"
Llamado 3: "Hay ñoquis con batata y salsa"
Llamado 4: "Hay ñoquis de batata con salsa, y rosas"

Le grito. "¿Vos sos conciente de que dijiste cualquier cosa?"
Y me responde, sueltita, despreocupada: "¿Yo? ¿Ahora qué hice?"

La voy a agarrar de las chuzas. Y no intenten detenerme.

domingo, 24 de mayo de 2009

Soy una persona con mucha, muchísima paciencia. De alguna manera, mi trabajo requiere que posea tolerancia al idiota argentino que por ser productor de basofias se cree Lawrence Bender.
En mi otro trabajo tengo una jefa. Es divina. Canchera, linda y simpática. Me paga bien y siempre a término. Me cuenta chismes de nuestro anterior trabajo compartido y siempe trae cosas ricas para la merienda. Pero como no es ninguna boluda, me contrató a mi para que soporte al peor de los especímenes de los medios: el productor que se cree mil.

Dentro de todos los vicios productoriles que tiene mi querido productor se encuentran:
  • Repitición incansable de palabras y expresiones: brainstorming, paisajismo, nuestro público, macintosh, digitalizar, deathline, slowmotion y, la preferida, keep it simple.
  • Emoción en situaciones absurdas. Ejemplo: Al encontrar un plano que describe exactamente lo que dice el locutor (APB, diría mi amigo Marquitos), el productor salta de la alegría, grita con su voz chillona de hijo sobreprotegido y te obliga a “ralentarlo” al 20% logrando así el plano más aburrido del mundo. Tarkovsky se revuelca en su tumba.
  • Delirios de Lawrence Bender. Se cree que es el mejor productor del universo, que nadie jamás hizo, hace o hará las maravillas que hace él. Ni siquiera nota que trabaja en una productora de medio pelo haciendo institucionales para una empresa que vende medicamentos que son promocionados en la trasnoche de Utilísima Satelital.
  • Delirios de Francisco Ford. Siente que si le ponen una cámara sobre su hombro haría las mejores películas de la historia. El problema es que todavía no encontró algún sanguango que quiera invertir en sus dellirios fílmicos. Escucharlo en los brutos de cámara es como darse con un látigo en la espalda cien años seguidos. Sentimos piedad por el camarógrafo que tiene que soportar, en vivo y en directo, su doloroso: “Chupala, chupala, chupala, chupala” cuando quiere pedir un zoom.
  • Lavado permanente de manos. Ya van dos que me echa la culpa a mi, humilde persona que se banca todos sus vicios y delirios estúpidos. Las dos veces tuvo que pedirme perdón casi de rodillas. Lo peor es que ve en mi su depositora de culpas ajenas: mientras tomamos mate en el render, me cuenta que el camarógrafo es un estúpido, que el ideólogo del proyecto no entiende nada de cine (lógicamente, pues de profesión es veterinario), que el asistente de producción es un pibito que recién empieza y no entiende una goma, que la de allá se tiñe de rubio todos los martes 13 y que éste que está mas acá es puto. No me imagino la cantidad de culpas que debo estar cargando a costas de él y su ignorancia.
  • Se jacta de haber trabajado en Badía y Compañía, o en alguna novela de Migré. No pierde oportunidad para contar sus nimias anécdotas de los años ´80, cuando trabajaba con Andrea del Boca o era amigo de Alfonsín. Siempre cuenta el día que conoció a Maradona. Cada vez que lo hace la anécdota varía de manera sustancial.
  • Siempre está de buen humor (es sabido que no se puede confiar ni querer a alguien que está siempre de buen humor).
Pero todas esas características son pavadas a la luz de la repetición de dos de las palabras mas feas del mundo: pietaje y enroque. El pietaje es un vocablo que se utiliza en la edición cinematográfica. Ya de por sí es una palabra fea, suena horrible y tiene un contacto instantáneo con el olor a pata. Lo peor es que la repite, mínimo, en dos de cada tres oraciones. La verbaliza, sustantiviza y adejtiviza. Le inventa familia de palabras y piensa que su talento cinematográfico crece kilómetros cada vez que la repite.

Y enroque... Así como pietaje, la palabra enroque suena mal y tiene nombre de deforme. Es mucho peor cuando la pronuncia él, que acentúa la letra "r" de manera sobrenatural, que con cada repetición uno siente que el mundo se apaga un poco más. Hacé un enroque, enrocala, enroqueátelas, enroquizalas. No para un minuto. No se detiene.

Hace algunas semanas yo estaba de mal humor, cansada y deprimida. Me estaba por venir y lo único que quería hacer era piyamear en casa. En cambio, tuve que soportar la palabra "enroque" no una, ni cien, sino mil veces en boca de mi querido productor. Pero en la mil uno, cuando sentía que le decía algo o lo asesinaba, abrí la boca: "D, por favor, callate la boca, o enroqueame ésta".

Por supuesto, D nunca entendió.

Tuve que matarlo.

No, mentira, pero el final me parecía un poco down.

jueves, 30 de abril de 2009

¡Hija de Puta!

Estaba yo parada en la cola del baño de la facultad (porque empecé a estudiar de nuevo, ya les contaré al respecto). Y estaba pensando, claro, en lo desdichada que soy, en cuándo dejará de llover, en por qué me pasan estas cosas a mi y estupideces por el estilo. Hasta que de repente, hago un paneo por la vestimenta de los chica que estaba delante mio y descubro algo terrible.

Porque una cosa es tener estilo, ser rollinga, alternativo, emo, o punk. Pero otra muy diferente (extremadamente diferente), es ponerte medias de toalla con zapatos taco alto y andar por la vida como si fueras una diosa de Playboy.

miércoles, 8 de abril de 2009

Sí, claro

Día 1. Escucho un ruido raro en mi oficina. Pispeo por encima de los monitores. Veo a los dos gatos dando vueltas impunemente. Los agarro, con asco, y voy por el pasillo. Mientras abro la puerta corrediza, le digo a C: "Por favor, no te olvides de cerrar esta puerta porque los gatos no pueden estar acá". "Sí, claro".

Día 2. Me levanto para ir a la cocina. En el pasillo, los gatos. Los agarro, y mientras abro la puerta, le digo a C: "Por favor, fijate que no entren los gatos". "Sí, claro".

Día 3. Siento que me muerden el pie. Miro, asustada, debajo del escritorio. Los gatos. Los agarro, y mientras camino por el pasillo: "C, los gatos entraron de nuevo". Mientras los revoleo, literalmente, al patio, miro a C con mi peor cara de culo, y digo: "C, ¿qué parte de "que no entren los gatos" no entendiste?". "Sí, claro".

¿Qué hago chicos?

¿¿Qué hago??

martes, 7 de abril de 2009

Mi nueva compañerita

Dedicado a mi amiga Lulú.

Hace poco menos de una semana, una desgracia ocurrió en mi vida: mi amiga Lulú, compañera de la productora, sería reemplazada por otra. Pensé que el mundo se me caía encima: no es frecuente que logre lazos amistosos en el trabajo, y con Lulú habíamos adquirido una capacidad extraordinaria para criticar a los demás con sólo mirarnos, y yo había empezado a entender que el vegetarianismo no es tan grave como suena (esto último se traduce en: comí ensaladas durante varias semanas, y no morí).

Apenas llegó su reemplazo, supe que algo no andaría bien. Era un día caluroso, y ante mis ojos se paró una personita chiquitita, flaquita e insulsa. Esos son sólo detalles comparados con su indumentaria: estaba completamente vestida de negro. Y esto también es un nimio detalle, si consideramos lo crucial de la cuestión: estaba super recontra hiper mega archi maquillada. Y no, yo no confío en las mujeres que se maquillan demasiado.

Lulú, que es un angel de persona, primero me increpó y dijo: "No te hagas amiga. Pero no la trates mal, porque mala no es". Y no. Lulú no se equivocaba. Precisamente, maldad no es lo que tiene mi nueva compañerita (que dicho sea de paso, es íntima amiga de esta impresentable). Lo que tiene mi nueva compañerita, el verdadero problema, la verdadera causa por la que jamás seré su amiga es, básicamente, y para no dar mas rodeos, que es una boluda full time.

No lo digo por decir. Ni tampoco lo digo porque se haya pedido para almorzar medio tomate y haya ingerido un cuarto. Lo digo porque es verdad. Lo digo porque el primer día que estuvo sola, sentada frente al teléfono, tuvo una inquietud que podría clasificarse como "particular" (por no decir idiota): cuando se quedó solita, llamó a su jefa al interno correspondiente (su jefa, mi amiga, la inoperante) y le dijo, seria y acongojada: "D: si tengo que ir al baño o estoy en el baño y suena el teléfono, ¿qué hago?".

Vale decir: tiene veinticinco años y es graduada universitaria.

La odisea recién comienza.

sábado, 28 de marzo de 2009

Amén

Hace aproximadamente dos horas que la paz hogareña se ve interrumpida por la lectura feroz y a un nivel inhumano, de una cantidad interminable de salmos en los que "Reino de Dios", "Aleluya", "Dios está conmigo", "Cielo" y pavadas por el estilo se repiten sin cesar.

Todo bien vecinos, pero dejen de invadirme con su prédica mortal de fe inagotable.

Me están cansando. Y lo advierto: si llego al límite del hartazgo, no hay dios bondadoso ni reino de los cielos que los vayan a salvar de la cantidad de patadas en el ojete que voy a proceder a darles.

viernes, 13 de marzo de 2009

¿Cómo se llama la obra?

Acto 1: A las diez en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, me espera un cliente en la oficina. A las nueve y cincuenta y cinco, ni un minuto más ni un minuto menos, procedo a abrir el primer ojo.

Acto 2: A las doce del mediodía se corta la luz en la productora. Pierdo un trabajo que venía haciendo desde ayer y que demora quince horas en hacerse. Voy a tener que trabajar el fin de semana. Sábado y domingo.

Acto 3: Entro corriendo al hogar ramero, dspuesta a piyamear y tomar mates en el patio. No hay yerba. El señor que vive conmigo, duerme. Encuentro una cucaracha semi muerta. Me entero que me aumentaron las expensas. Y para cerrar, veo al pasar, mientras busco no sé qué alimento en la alacena, excremento de rata.

¿Cómo se llama la obra?

Viernes 13 se llama chicos, VIERNES 13.

Y la reputísima madre que lo recontra mil parió.

viernes, 20 de febrero de 2009

Pausa

A mitad de camino entre mi casa y el trabajo, el colectivero frenó la unidad a mitad de cuadra (donde no había ninguna parada), se bajó tranquilamente mientras se arreglaba las mechas laragas que llevaba con orgullo sobrenatural, se puso unos lentes negros y entró a un local de quiniela.

Demoró diez minutos antes de volver a subirse a la unidad y seguir el recorrido.

Nadie dijo nada.

viernes, 13 de febrero de 2009

¿Palermo sí?

Hace exactamente una semana, salía del trabajo a las ocho de la noche. Había arrancado a las nueve de la mañana, había hecho demasiado calor, varias cosas me habían salido mal en ambos trabajos, y para colmo me había venido. Me dolían los ovarios.

Caminé apretándome la panza mientras pensaba que en veinticinco minutos estaría tirada en la cama, empiyamada y mirando algún programa berreta de cocina (mi actividad favorita cuando me duele la panza). Mientras caminaba en dirección a la Plaza Cortázar, empiezo a escuchar gritos de gente. Pensé que era un grupo musical tocando, o una murga ensayando, pero cuando doblé y enfilé a la parada del 55, me di cuenta que esos gritos provenían de una calle cortada, donde algunos vecinos de Palermo se manifestaban con pancartas blancas que rezaban: "Macri limpiá nuestra ciudad" y burradas por el estilo.

Y digo "burradas", porque mientras trataba de averiguar por dónde podía tomarme el colectivo, el grupo manifestante arrancó con un cántico.  Al principio me costó entender qué decían, pero cuando finalmente lo comprendí, se me erizó la piel.

Vecinos de Palermo (en unísono dudoso)
¡Palermo sí! ¡Salada no!
¡Palermo sí! ¡Salada no!

Miré a los vecinos, y casi como un reflejo, me salió una semi sonrisa de indignación. Una vecina se me acercó y me miró, esperando no sé si una felicitación o una trompada.

M. (Una Ramera)
¿Por qué protestan?

Vecina
Porque quieren hacer peatonal Honduras y dejar
que los puestos de venta se instalen ahí.

M. (Una Ramera)
¡Es una payasada!

Vecina
¿Viste? Por eso estamos acá, protestando porque
si convierten Palermo en La Salada no va a haber más turismo y...

M. (Una Ramera)
No. Una payasada es esto que están haciendo ustedes.
¿No te parece una locura? ¿No te resulta demencial
que estén protestando porque no quieren que la gente trabaje acá?
¿En qué mundo estás viviendo vos que pretendés negarle
a otro la posibilidad de laburar?

La vecina me miró en silencio durante unos diez segundos que se hicieron eternos, con una mueca incompresible en el rostro, y después, como si nada, alejándose de mi y arengando al resto, comenzó:

Vecina
¡Palermo sí! ¡Salada no!
¡Palermo sí! ¡Salada no!
¡Palermo sí! ¡Salada no!
¡Palermo sí! ¡Salada no!

jueves, 5 de febrero de 2009

Enferma

Hace no mucho tiempo, las clases de Ciudad Universitaria eran interrumpidas por una joven mujer y su hija. La joven mujer estaba muy venida a menos y hablaba con muchísima dificultad, la hija estaba notablemente enferma. La joven mujer entraba llorando a la clase y gritaba que necesitaba ayuda, lo que sea, por su hija, para que pueda vivir, lo que tengas, si tenés, algo seguro tenés, es para mi hijita, no para mi, un centavo, unas galletitas, un billete. Algunas veces le dábamos, otras no. Ella no dejaba de llorar ni gritar un segundo. Nos bendecía y agradecía como si le hubiéramos salvado la vida.

Hoy me la encontré en el colectivo. Habla perfectamente y trata muy mal a su hija. La hija sigue notablemente enferma.

Estoy cansada de vivir en un mundo en el que la confianza en el otro es una utopía. Pero de verdad, muy cansada. Y también muy triste.

lunes, 19 de enero de 2009

Estimada comunidad de cucarachas

Con cierto desgano he aceptado compartir mi patio con ustedes, he dejado que caminen tranquilas entre las plantas y he permitido que me saquen el hipo con un susto de cuando en vez.

Ya no les grito como una frenética cuando las veo, ni me subo arriba de una silla hasta que el señor que vive conmigo las aplaste. A veces ni siquiera las piso. Las saco con la escoba y las dejo en libertad, para que se vayan a su hogar, dentro de las rejillas del mio. Incluso, la última vez que vino el fumigador, procuré no estar presente para no volver a envenenarlas y matarlas como si fueran una peste.

Me he portado bien con ustedes. He aprendido a convivir con su presencia, y no me quejo de sus múltiples apariciones en los lugares más inhóspitos de mi morada.

Pero hoy siento que me han defraudado. Hoy me siento traicionada. Porque una les da la mano, y ustedes se toman hasta el hombro. Porque me parece un descaro, una falta de respeto y de consideración, luego de todo lo que yo hecho por ustedes, queridas room mates, que ustedes, sin un ápice de vergüenza, se metan en mis zapatos.

Sépanlo, me traicionaron. Y en el hogar Ramero, la traición se paga con esa baba blanca que les sale cuando las aplasto. Cuídense.

Atentamente, M. (Una Ramera)

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Conciencia, animal

Estoy parada en una esquina, frente a un conocidísimo local de comidas rápidas. En la puerta, justo atravesado, un perro medio moribundo. Junto al perro medio moribundo, una chica que le da de comer dulcemente, y le convida agua y lo acaricia. La gente pasa, mira y sigue de largo. Unos minutos después, una parejita feliz se estaciona junto al perro y la muchacha. Después de algunos segundos de observar el espectáculo, avanzan hacia donde estoy yo. Y él, abrazando a su novia, sonriendo, tranquilo, como si nada, le dice:

"Yo te juro, que veo a un negro en la calle y lo mataría. Pero veo a este perrito abandonado, sin nada para comer, sin nadie que lo cuide, y me lo quiero llevar a mi casa".

La chica sonríe, lo mira embobada, y se van caminando de la mano sonrientes, tranquilos, como si nada.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Eso no se hace

En el top ten de las cosas que me dan asco (que, por supuesto, son millones) los primeros puestos se lo llevan: los chistes y/o humoradas escatológicas (ni siquiera apruebo la “sabanita” en lo más íntimo de una pareja) y la gente que escupe indiscriminadamente.

Hace un rato venía en el colectivo y al lado mio se había sentado un señor oloroso. Estaba del lado del pasillo, a mi me había tocado ventanilla, el colectivo estaba prácticamente vacío. Para combatir el hedor, agarré un ramito de jazmines que tenía en la mano y les eliminé todo el aroma de un naringuetazo. Todo venía bien, hasta que el muy desagradable empezó a gargajear brutalmente y a lanzar sus escupidas hacia el pasillo del colectivo. Así como leen: al pasillo. Por donde la gente camina. En el interior. Adentro. Lo hizo una, dos, tres veces. Se revolvía de placer y se enorgullecía de su asquerosidad. Yo lo podía ver en su rostro, en su mirada libidinosa.

Pero no pude hacer nada. Por tímida, por cansada, por no querer hacer un escándalo, me quedé en el molde. En mi rostro había quedado momificada la mueca de una persona que había visto al cuco. No podia decirle “viejo de mierda”, “asqueroso”, “sucio” ni nada por el estilo. Había perdido el habla. Y, aparte, me daba vergüenza ajena.

Para suerte mia, estábamos llegando a la parada donde me tenía que bajar, así que le pedí permiso y caminé por el pasillo escupido, dando saltitos esquivadores de gargajos verdosos y gigantescos.

Cuando bajé, caminé tranquila, oliendo mis jazmines y pensando, tratando de entender, de dilucidar, en qué momento a este hijo de puta le pareció que era una buena idea escupir sin ton ni son. Ni discriminación.

Eso no hace señor, no sea guarango. Y menos, mucho menos, con una dama a su lado.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Conflictiva

Tengo una compañera nueva en el trabajo. Es una señora grandecita (como cuarenta y cinco) que tiene muy buena onda, buen humor y predisposición para repartir al mundo entero.
Pero.

Tiene un serio problema.

No reconoce que no sabe ni prender una computadora. Si no puede imprimir, es porque la impresora está desconfigurada. Si la máquina no prende, es porque el enchufe anda mal. Si no tiene internet, la empresa proovedora no le está dando servicio. Siempre el conflicto es de la impresora, del enchufe, de la otra empresa. Pero nunca, nunca jamás, ella tendrá la culpa.
Sin ir más lejor, ayer le grabé un dvd de una película que estamos terminando, y hoy a la mañana me lo devolvió acusando que no tenía sonido.

D
No anda el sonido. Tiene un conflicto porque
lo hiciste en Mac y yo tengo PC.

Una Ramera
¿Y qué tiene que ver?

D
Eso, que hay un conflicto

Una Ramera
No, no hay nada.

D
Sí que hay

Una Ramera
No, D. Lo que pasa es que vos sos inoperante

Puede que me haya ido un poco al carajo, pero lo solucioné con una carcajada. Le dije que había sido un chistecito. Por supuesto, no me creyó. Ahora voy a tener que invitarle el almuerzo. Y volver a grabarle el dvd. Y mañana escuchar, de nuevo, y como siempre, los conflictos que el mundo informático tiene con la pobre D. Dios mio. No puedo ser tan idiota.