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jueves, 5 de agosto de 2010

Las noticias del pasado

Hace algunos días, en el colectivo 151 también llamado el De Lorean del Tercer Mundo, el Info Trans (ese cartelito luminoso que nos distrae a los que no tenemos libro, a los que no podemos dormir, y que siempre tiene una línea de lucecitas quemadas), la noticia destacada era que el gobierno de la ciudad había puesto pantallas gigantes en dos plazas, para ver el mundial.

¿El mundial? ¿Qué mundial?
¿El mundial no terminó?

miércoles, 2 de junio de 2010

Consejo

No se podía respirar.

Me corrijo: se podía respirar el aire caliente que salía de la nariz del de al lado. O que salía de las axilas húmedas o el aliento de una boca empastada.
En el colectivo estábamos apretados, transpirados, nerviosos. Con calor. No podíamos movernos ni medio centímetro. Un movimiento en falso podría haber provocado una caída generalizada. El resultado hubiera sido una montaña de cuerpos, todos enredados. Algo desagradable. No entraba nadie mas. Nada ni nadie. Estábamos casi encastrados los unos con los otros. Yo estaba al lado del conductor.

Cuando llegó a la parada, que coincidió con un semáforo en rojo, el colectivero no abrió la puerta: no había manera de abrirla. Le gritaron, los que estaban abajo. Lo putearon. Le dijeron barbaridades sobre la puta que lo parió, la concha de su hermana, la pija corta y su homosexualidad reprimida. El colectivero les contestó "¿no ven que no puedo abrir?". Cuando estaba por arrancar, una chica corrió delante del colectivo. Se paró al lado de la ventanilla del señor. Y golpeó la ventanilla una, dos, tres veces. Y le gritó, con voz histérica, aguda y punzante: "Te voy a denunciar, hijo de puta, ya vas a ver, tomé tu número, ya vas a ver hijo de puta". Y él, dotado de una calma envidiable la miró, y le dijo, sonriente: "¿Pero por qué no te buscás un novio linda? Uno que tenga plata buscate, uno con auto". Y la chica se alejó, sin contestar nada, y nosotros arrancamos.

Yo me reí.

jueves, 20 de mayo de 2010

La perfecta boludita

La perfecta boludita que esperaba conmigo el colectivo en la cuadra del Hospital Naval, se había atragantado con las seis temporadas de Sex and the City y había confundido Almagro con Nueva York, Parque Centenario con Central Park. La perfecta boludita caminaba con tus taquitos de un lado a otro, tac tac tac tac tac, y yo, que llegaba tarde al trabajo, juntaba ira, odio, contra ella, su perfección, sus taquitos inmaculados y su cabellera rubia platinada salida de una publicidad de shampoo. La vi alejarse, el colectivo no venía, y la vi regresar, un vasito de café caliente en sus manos, mis ganas de decirle "guarda que se te puede caer" mientras la tackleaba, y el colectivo que venía. Alcé la mano, subí, saqué boleto, subió detrás mio la perfecta boludita, hizo malabares con sus taquitos inmaculados y su cafecito caliente, arrancó el colectivo, la perfecta boludita estaba a punto de apoyar su culo en el asiento, cuando ¡zas!, el bondi frenó, la perfecta boludita se vino para delante, y todo el café cayó sobre su camisita blanca. Tuve ganas de decirle "Tomá, boluda", pero solamente sonreí. Tampoco era para que se me notara tanto lo hija de puta.

lunes, 26 de abril de 2010

Embarazo

Cuando la chica se paró al lado mio dudé. Mi mirada estaba a la altura de su panza y dudé. Miré su cara y volví a dudar: noté un aire angelical que sólo veo en las mujeres embarazadas. Empezó a acariciar su incipiente pancita y ahí dejé de dudar: era una embarazada. Me levanté, traté de abrirme paso entre brazos con olor a chivo y le dije, amable: "Sentate". La chica torció la cabeza, abrió los ojos y me dijo: "¿Por?". "¿No estás embarazada?" dije tímida, señalando su incipiente pancita y temiendo la peor respuesta del mundo. "¿Por qué pensás que estoy embarazada?" preguntó ella, y yo quise eyectarme del colectivo o despertarme de una buena vez de esa horrible pesadilla. "Porque te estabas acariciando la panza" le dije, porque preferí pasar por amable y dulce y no por hija de puta diciéndole "por esa panza que tenés". Ella me miró, y mientras se sentaba, me dijo: "No, no estoy embarazada. Tengo panza porque estoy hinchada. Comí ravioles al mediodía, y me acariciaba la panza porque estaba recordando lo rico que estaban".

miércoles, 7 de abril de 2010

Molestia

La señora rubia platinada se subió al colectivo, sacó boleto, se acercó a uno de los primeros asientos, le tocó el hombro al chico, y cuando vio que el chico se sacó los auriculares, le dijo: "¿Te molesto con el asiento?".

Y el chico, tranquilo, como si nada, respondió: "Sí, me molesta". Y volvió a ponerse los auriculares.

martes, 15 de diciembre de 2009

Cobarde

Hace alrededor de una hora, me subí al colectivo. Era ideal: estaba prácticamente vacío, no hacía mucho calor, no había gente olorosa ni sustancias desagradables en el piso (contrario a lo que me sucedió ayer: me subí al 55 y había algunos cuantos litros de salsa criolla esparcida por todo el vehículo). Saludé al chofer, saqué mi boleto y elegí el mejor lugar: del lado de los individuales, la cuarta fila. Me senté y miré por la ventanilla (tengo una pequeña tara mental que no me permite hacer algo, leer por ejemplo, mientras viajo en colectivo).

Pasados cinco minutos, el colectivo frenó y la gente subió. Se subieron algunos viejos, a quienes yo miré y nada mas. Quiero decir: había muchos lugares libres. Mas de la mitad del colectivo estaba vacío, incluso estaban libres los asientos reservados para ellos. Libres. No había nadie sentado. Entonces, repito, los miré y volví a concentrarme en lo mio. "Una mal educada", escucho. Pero no me hago cargo, naturalmente, y sigo en lo mio. "Sí, a vos te estoy hablando. Sos una mal educada". Y seguí sin hacerme cargo. "Ey, vos, la de pollerita rosa, vos sos una mal educada, ¿no ves que hay gente mayor?". Yo sabía que la de la pollerita rosa era yo, asi que la miré, levanté las cejas y con mi mejor cara de póker le pregunté si me hablaba a mi. "¿Y a quién le voy a hablar? Vos viste que se subió gente mayor, y te quedaste ahí sentada".

Pausa. Estoy cansada de pelear. Estoy agotada de hacerme mala sangre con la gente horrible con la que tengo que compartir el mundo. Estoy podrida de la intolerancia, mia y de los demás, y por todo eso, hace algunas semanas decidí dejar de ser tan mala onda con el mundo, y sonreirle un poco mas a la vida ("sonreirle a la vida": ustedes deberían darme una patada en el orto). Play.

"Pero señora", le respondí con tono amable y pollerita rosa que me hace parecer una niña inocente, "hay muchos asientos donde puede sentarse la gente mayor". Y la vieja chota inmunda con olor a naftalina me respondió "pendeja de mierda". Yo la miré con cara de buena. "No soy una pendeja de mierda, señora. El colectivo, aún ahora, con toda la gente mayor sentada, sigue vacío". "Vos deberías haberte parado igual. ¿No te enseñó a comportarte tu madre? Eso pasa, no les ponen límites y hacen cualquier cosa". Y ahí perdí la paciencia. Porque una cosa es sonreirle a la vida y otra es ser una pelotuda. Asi que le dije: "Vieja, no me rompás las pelotas" y lo acompañé con el gesto correspondiente. Me levanté del asiento, toqué timbre, me bajé, y la miré mientras el colectivo se alejaba.

La verdad es que no había llegado a mi parada, de hecho me faltaba mas de la mitad de camino, pero si ustedes hubieran visto la cara que puso la señora conchuda, esa cara de "rajá pendeja o te cago a carterazos", hubieran salido corriendo como yo, que en el fondo, además de quejosa y peleadora, soy una cobarde de la putísima madre.

martes, 6 de octubre de 2009

Empacada

La señora estaba delante mio en la cola del colectivo. Cuando se subió, noté que tenía dificultades para caminar, y sentí pena por ella. Cuando finalmente pudo terminar de subir, se paró delante de la máquina expendedora, sacó un billete de $2 de un monedero marrón, y le dijo al colectivero "Dame cambio". El colectivero, amable pero con poca paciencia, le contestó "No señora, yo no tengo cambio para darle". Detrás mio, la cola era cada vez mas larga. "Si yo le pido cambio, usted tiene que darme cambio". "No señora, yo no tengo que darle nada a usted". Yo no estaba de muy buen humor, naturalmente, pero una ráfaga de bondad pasajera me impulsó a intervenir.

M: Yo tengo cambio señora, espere que le doy.

Señora: De ninguna manera, señora. El colectivero tiene que darme cambio.

M (me acaba de decir señora, debería romperle la cabeza con la máquina, viejachota y laputaqueteparió): Pero yo tengo, no me molesta darle, pasa que se está juntando gente, y nos queremos ir, señora.

Señora: A mi no me importa. Hasta el el colectivero no me de cambio yo de acá no me muevo.

Colectivero: Señora, córrase de ahí, por favor.

Señora: ¡Tengo que ir al médico señor! Deme cambio asi le pago. Sino, no me muevo.

Colectivero: No le voy a dar un carajo, señora.

M: Yo sí le doy, de verdad (mientras hurgaba en mi bolso), acá tengo, mire, agarre.

Señora: No. De acá no me muevo.

Y se quedó ahí nomás, parada, la señora, mientras los demás la esquivábamos y sacábamos boleto.

martes, 9 de junio de 2009

El levante

Iba en el colectivo llegando tarde a algún lugar. Pensaba en el frío que hacía y en lo mucho que quería que durara el viaje, porque me daba el solcito y estaba dormitando un poco. En fin, estaba tranquila.

Se suben, entonces, un señor y un muchacho. El muchacho tenía un buzo y arriba un piloto que le llegaba a los tobillos. Tendría unos veinticinco años. El señor vestía un jean y un saco de traje, bien estilo elegante sport. El muchacho le dice "Pá, dame mas monedas". El señor se aleja de la máquina y se sienta frente a mi. El muchacho se acerca y se queda parado junto a su padre, que le guiña un ojo desvergonzadamente, y cabecea en señal de algo. El muchacho se sienta junto a mi. Al parecer, ese era el significado del cabeceo loco. El señor me sonríe.

Y aquí lo raro. El señor empieza a guiñarle el ojo derecho a su hijo, de manera indiscriminada, y va alternando los guiños con unas levantaditas de cejas y una leve inclinación de la cabeza hacia donde estaba yo. Al parecer, trataba de comunicarle algo a su hijo, que repetía incesantemente "Por favor, papá". Cansado de la incompresión de su hijo, el señor me mira, y yo lo miro. Me regala una sonrisa cómplice que yo ignoro, y me dice: "No se anima a hablarte". Yo frunzo el ceño, en señal de desaprobación, pero el señor no se rinde. "Hablale, que es linda, no seas boludo". Yo revoleo los ojos buscando alguna cámara oculta, pero no hay nada. "Por favor, papá". Miro por la ventanilla, busco otro asiento con la mirada, quiero escapar pero hay demasiada gente. "Pero si ella te miró, cuando entraste te miró". Sonrisa cómplice hacia mi. "Le hago gancho porque a veces no se anima". Miro al muchacho. "¿No te dan ganas de tirarlo por la ventanilla?". Tímido, sonríe. "Dale, animate. Pero esperá a que me baje, que por ahora morbosita no soy".

viernes, 29 de mayo de 2009

Panic room

Yo escuché este monólogo de una vieja en el colectivo y me di cuenta que no estamos avanzando, que a pesar de estar en 2009 seguimos escuchando burradas arcaicas y demodé, fabricándonos un estado de pánico que lo único que va a hacer, es dejarnos encerrados en un panic room, esperando que llegue el fin del mundo, alimentándonos los unos de los otros, y pensando que lo mejor, para sobrevivir, es morir.

"Es una chica linda, monísima, de ninguna manera puede salir sola a la calle. Aparte sus amigas toman cerveza, esto es un viva la pepa, en mi época estas cosas no pasaban. Yo le dije, porque aparte se le ocurrió ir a vivir sola, que en su casa tuviera todo cerrado: puertas, persianas, ventanas, cerraduras... es una locura que una mujer viva sola. Las mujeres tienen que formar familias. Si viven solas las pueden violar y matar..."

domingo, 11 de enero de 2009

Tres observaciones sobre el viaje en micro

1. ¿Quién decide qué poner en la bandejita de comida del micro? ¿A quién tengo que aporrear por ese diminuto sanguchito de sobras de pollo añejado y esa minúscula porción de pasta frola hecha con mermelada de frutillas?

2. Doña Rosa. El asiento del micro cama es diez centímetros más grande que el semi cama y te lo cobran un 50% más. No conviene.

3. Siempre me tocan las películas que pasarían un domingo a las tres de la tarde por canal 9 (sale mucho: adolescente embarazada, juicio, violación, abuso sexual, madre soltera, padre choborra y la infaltable inscirpición “Basado en hechos reales”). Al margen, la última vez que viajé en micro todavía pasaban VHS.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Mire atrás al bajar

Cuando era pequeña solía inventarme las respuestas. Era tímida en extremo, así que ante cualquier duda que surgiera, antes de pedir explicaciones a un mayor, yo inventaba respuestas. Y, la mayoría de las veces, quedaba perfectamente satisfecha.

Pero había una pregunta, una duda, una cuestión que no podía comprender, que me resultaba imposible.

El cartel infaltable en todos los colectivos, el "Mire atrás al bajar", era, para mi, la estupidez más grande del universo. Digo, para qué querría ver un quién está bajando detrás. ¿Era una cuestión de seguridad? ¿Había un mensaje oculto? ¿Una puerta hacia otra dimensión? (para colmo, en esa época había leído "La puerta para salir del mundo" y estaba obsesionada con el tópico). No me cerraba. Hacía intentos supremos y no entendía. Buscaba mensajes, carteles ocultos, figuras fantasmales, puertas invisibles. Pero no. Nunca, nada.

Así pasé muchísimos años (de verdad, fueron un montón) hasta que un día, sin querer, como quien no quiere la cosa, naturalmente, instintivamente, miré hacia mi derecha antes de bajar para que no quedar estampada como mosquita contra un camión. Y ahí entendí. No hay que mirar hacia atrás, hay que mirar a la derecha. La indicación está mal planteada.

El cartel debería decir "Mire atrás del vehículo al bajar", o "Mire a su derecha mientras baja". O de última, "Guarda que no lo pisen, no sea boludo". Algo por el estilo. Pero no puede decir "Mire atrás al bajar" porque está mal. Está mal, ¿no? ¿Está mal? ¿O la idiota soy yo?

miércoles, 3 de septiembre de 2008

No tan perfecta

Estaba leyendo esto y me acordé de algo que no deja de impresionarme día a día.

Cuando uno tiene un trabajo fijo con un horario fijo toma el colectivo a la misma hora todos los días. Es así como empieza a reconocer a los pasajeros que también tienen un trabajo fijo, con horario fijo y toman el colectivo a la misma hora todos los días.

Los hay de todo tipo: si es muy temprano hay cantidad de obreros recién "duchados" o alumnos con cosas inexplicables en las comisuras de los labios.

Pero también están ellas, que viajan tipo nueve y media de la mañana. Son las chicas que trabajan en oficinas, se visten hermosamente y siempre están impecables delante de una, que todavía tiene surcos en los cachetes por culpa de la almohada.

Siempre las envidié con maldad infinita, les deseé que un auto las salpicara con el agua de un charco mugriento o que el taco altísimo se les rompa y se mancharan su divina camisa blanca. Pero claro, estas cosas nunca pasan.

Sin embargo, de vez en cuando aparece una de esas yeguas que comete algún error, alguna cuestión imperdonable: hace varias semanas que observo deliberadamente a una de esas perfectas. Hoy por la mañana, la perfecta cometió el error que la enterraría de por vida en el infierno de las desubicadas.

Porque la perfecta, hoy por la mañana, en el viaje en colectivo, frente a todos los pasajeros, peló la pincita de depilar y se arrancó los bigotes.

Amén.

jueves, 24 de julio de 2008

Edipo (o Ifigenia) invertido

Ahora que me retaron porque estaba llegando todos los días tarde al trabajo (promedio de una horita de retraso), descubrí que a la hora que viajo comparto transporte con un caso bastante singular.

La mujer tendrá unos cuarenta (y cinco) años. Usa polleras brillosas y botas hasta las rodillas. Pañuelo en el cuello, mucho maquillaje y carteras diminutas.

La madre de la mujer tendrá unos setenta (y cinco) años. Usa pantalones de jogging y zapatillitas de lona. Buzo polar, nada de maquillaje y una billetera.

Todos los días, a la misma hora, la madre de setenta acompaña a su hija de cuarenta a tomarse el colectivo. Mientras lo esperan la madre emprolija el peinado de su hija, le pregunta si agarró el celular, y averigua qué va a almorzar. Por último, le dice que está muy linda.

Cuando viene el colectivo se abrazan fuerte fuerte y la hija se sube al colectivo. La madre se queda parada mirando como se aleja el coche, y saluda con la manita en alto.

Mi mamá dejó de hacer esas cosas cuando cumplí los nueve.

¿La desalmada era mi santa madre o este par de madre/ hija son enfermas emocionales?

martes, 17 de junio de 2008

Ojo! Un tarado viaja en colectivo

Martes, 9:54. Entro al trabajo a las 10. De vuelta estoy llegando tardisimo. El colectivo no llega. Hace muchisimo frio. Viene un tarado y se mete delante mio en la cola. No tengo ganas de pelear. Es temprano, dormi poco, venimos de un fin de semana largo.

Llega el colectivo. El tarado se sube. Ni siquiera es caballero y me deja pasar (con el frio que hace). Me le pongo cerca para incomodarlo y que saque el boleto rapido. Saca del bolsillo algunas monedas. “90”, a secas. Mete monedas. Una de cincuenta, una de diez. Se va al fondo del colectivo.

Coectivero lo mira por el espejo reotrovisor.

Colectivero
Te faltan meter monedas.

Tarado (gritando)
Pero la puta madre que lo pario.
Estas maquinas de mierda nunca funcionan.

Tarado se acerca a la maquina expendedora de boletos. Yo me impaciento.

Tarado
Cancelame asi me devuelve todo.

Colectivero cancela, maquina devuelve, yo levanto hervor. Claro, maquina le devuelve moneda de cincuenta, moneda de diez. Tarado vuelve a meter, ahora con fuerza, como si asi pudiera hacerlas valer mas. Maquina no le da boleto. Maquina es maquina, pero en matematica la tiene re clara. Colectivero arranca. Deja gente abajo. La gente de abajo se queda levantando el bracito, a lo Alfonsin manco, y agitandolo al grito de “Te vamos a matar, puto”.

Tarado se hace el boludo de vuelta. Colectivero se enoja. Cuando colectivero se enoja, agarrate porque te parte la maquina en la cabeza. No seas tarado.

Tarado dice que se va a bajar porque no tiene monedas. Nadie lo ayuda. Yo mucho menos. Se va puteando bajito porque la maquina "le comia las monedas".

Si fuera un viejo/a que no ve bien, que no entiende, que piensa que puede meter un cospel de subte en la maquina, yo hubiera ayudado, hubiera donado moneda, hubiera sonreido, hubiera colaborado.

Pero con tarado no. Tarado se hacia el boludo para no pagar, para que otro le pague el boleto, para que maquina le de papelito sin abonar. Pero no es asi, tarado, si no tenes monedas pedis, vas al banco, pero putear, con este frio y este suenio, no.

viernes, 30 de mayo de 2008

Es en vano

Qué feo queda cuando la persona tímida insiste en pelearse con un colectivero gigante y extrovertido.

Hoy a la mañana estoy por subirme al colectivo, dormida, enfriada y mal vestida. Ojerosa y de mal humor. El señor que está delante mio, en vez de dejarme pasar primero como buen caballero, se adelanta como loco, no vaya a ser cosa que el bondi se le fuera. Ahí nomás lo detecto: Tímido. Sólo un tímido se apura de esa manera cuando hay diez personas atrás de él. No hay manera que el colectivo se le vaya, pero Tímido tiene miedo igual. Miedo porque si el colectivo arranca, él no tiene manera de defenderse. Precisamente, porque es Tímido.

Mientras subo veo que el Tímido está ahí, como congelado, a la derecha del conductor, medio atravesado en el camino. Está colorado (tímido), encorvado (tímido), y tiembla como Michael Fox (tímido, o enfermito, pobre). El colectivero lo mira furioso, porque su atrvesadura le retrasa el arranque. En eso, veo que Tímido se pone erguido y saca pecho:

Tímido
¿Qué pasó que tardó tanto?

Colectivero lo mira, atónito, y no le responde.

Tímido
Le hice una pregunta.

Colectivero
No te entiendo.

Tímido se acerca al oído del colectivero y repite.

Tímido
Que por qué tardan tanto en venir.

Colectivero (sin mirarlo)
Porque hay pelotudos como vos
que nos retrasan todo el tiempo.

Acto seguido, mientras soba con la lengua un hueco donde seguramente había habido una muela alguna vez, se da vuelta, vuelve a mirar al tímido, desafiante.

Colectivero
Correte tarado.

Tímido rojo de la verguenza. Cabizbajo arranca a meter las dieciocho monedas de cinco centavos. A la segunda ya se le traban. Se desespera.

Colectivero
¿Tan tragaleche sos que ni siquiera
podés sacar el boleto más rápido?

Tímido más rojo. A punto de explotar. Los ojos colorados, las lágrimas a punto de salir. El colectivero amaga a arrancar, solo para hinchar las bolas. Los de abajo gritan para que no se vaya. Yo meto púa y les digo que el señor está sacando el boleto y no deja pasar. Los de abajo le empiezan a gritar a Tímido algunas cosas acerca de su madre prostituta, o de no sé qué cosa de la hermana. Yo me río por dentro (ver a un tímido tratando de pelearse es una de las imágenes más graciosas del mundo). El colectivero sigue sobándose la muela ausente. Tímido está a punto de llorar y pedir que venga su mamá.

Tímido termina de sacar el boleto, se le cae, lo levanta, tiembla, está nervioso, colorado y acalorado. Se sienta en un asiento del fondo. Se queda dormido. Babea. Seguramente sueña con ésta, que fue otra batalla perdida.

Por eso digo, tímidos del mundo, ahórremonos el disgusto, no peleemos, porque siempre, siempre, vamos a quedar como el orto.