Hace alrededor de una hora, me subí al colectivo. Era ideal: estaba prácticamente vacío, no hacía mucho calor, no había gente olorosa ni sustancias desagradables en el piso (contrario a lo que me sucedió ayer: me subí al 55 y había algunos cuantos litros de salsa criolla esparcida por todo el vehículo). Saludé al chofer, saqué mi boleto y elegí el mejor lugar: del lado de los individuales, la cuarta fila. Me senté y miré por la ventanilla (tengo una pequeña tara mental que no me permite hacer algo, leer por ejemplo, mientras viajo en colectivo).
Pasados cinco minutos, el colectivo frenó y la gente subió. Se subieron algunos viejos, a quienes yo miré y nada mas. Quiero decir: había muchos lugares libres. Mas de la mitad del colectivo estaba vacío, incluso estaban libres los asientos reservados para ellos. Libres. No había nadie sentado. Entonces, repito, los miré y volví a concentrarme en lo mio. "Una mal educada", escucho. Pero no me hago cargo, naturalmente, y sigo en lo mio. "Sí, a vos te estoy hablando. Sos una mal educada". Y seguí sin hacerme cargo. "Ey, vos, la de pollerita rosa, vos sos una mal educada, ¿no ves que hay gente mayor?". Yo sabía que la de la pollerita rosa era yo, asi que la miré, levanté las cejas y con mi mejor cara de póker le pregunté si me hablaba a mi. "¿Y a quién le voy a hablar? Vos viste que se subió gente mayor, y te quedaste ahí sentada".
Pausa. Estoy cansada de pelear. Estoy agotada de hacerme mala sangre con la gente horrible con la que tengo que compartir el mundo. Estoy podrida de la intolerancia, mia y de los demás, y por todo eso, hace algunas semanas decidí dejar de ser tan mala onda con el mundo, y sonreirle un poco mas a la vida ("sonreirle a la vida": ustedes deberían darme una patada en el orto). Play.
"Pero señora", le respondí con tono amable y pollerita rosa que me hace parecer una niña inocente, "hay muchos asientos donde puede sentarse la gente mayor". Y la vieja chota inmunda con olor a naftalina me respondió "pendeja de mierda". Yo la miré con cara de buena. "No soy una pendeja de mierda, señora. El colectivo, aún ahora, con toda la gente mayor sentada, sigue vacío". "Vos deberías haberte parado igual. ¿No te enseñó a comportarte tu madre? Eso pasa, no les ponen límites y hacen cualquier cosa". Y ahí perdí la paciencia. Porque una cosa es sonreirle a la vida y otra es ser una pelotuda. Asi que le dije: "Vieja, no me rompás las pelotas" y lo acompañé con el gesto correspondiente. Me levanté del asiento, toqué timbre, me bajé, y la miré mientras el colectivo se alejaba.
La verdad es que no había llegado a mi parada, de hecho me faltaba mas de la mitad de camino, pero si ustedes hubieran visto la cara que puso la señora conchuda, esa cara de "rajá pendeja o te cago a carterazos", hubieran salido corriendo como yo, que en el fondo, además de quejosa y peleadora, soy una cobarde de la putísima madre.