Mostrando entradas con la etiqueta Vejez prematura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vejez prematura. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de octubre de 2009

A la hoguera

M: Ok. acabo de utilizar la palabra "churro" en referencia a un señor.
Perro: Sos tu abuela. Con eso y el té de boldo, ya te mando para el geriátrico.
Yo: Ay boludo, soy RE adicta al té de boldo. Qué desastre. Me falta comprar un gato y ya puedo morir.
Perro: Y andar en "batón" todo el día.
Yo: Bueno, ahí merezco la hoguera.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Officially old

Bailo.
Bailo "Violeta", "Mayonesa", "Te quiero tanto".
Pero en un momento me quedo quieta.

Johi, Conz, amiga (al unísono): ¡Bailá boluda!
M: No, no conozco el tema. No puedo bailar un tema que no sé.
Johi, Conz, amiga (al unísono): ¿¿Cómo no lo conocés??
M: No, debe ser nuevo.

Chico de otro grupo mira.
Yo lo miro.
Chico se da vuelta.

Chico (a sus amigos): No puede ser que no lo conozca.

Vuelvo a mirarlo.

Chico (a sus amigos): ¡Si este tema salió como hace dos años!

Agarro mi campera.
Me pongo la bufanda.
Salgo a la calle.

En casa me esperan un té de boldo, el piyama y la cama calentita.

miércoles, 28 de enero de 2009

Vejez prematura

Los signos de mi vejez prematura están apareciendo mas frecuententemente y de manera temerosa. Primero, decubrí que mi catarsis había pasado del alcohol a la jardinería, luego una usurpadora insistió en meterse en mi cuerpo y, por último, la semana pasada me levanté a las siete y media para ir a yoga.

Pero la revelación que tuve este fin de semana playero no se compara en lo más mínimo con los signos precedentes. Porque es una realidad: si yo callaba estas verdades sobre mi vejez prematura, todavía podia seguir haciendo el papel de adolescente tardía en el mundo exterior.

¡Qué recuerdos aquellos de la adolescencia! ¡Qué lindas las primeras vacaciones con amigas! ¡Qué dinda la peatonal de Villa Gesell durante la segunda quincena de enero! Todos esos recuerdos están siendo borrados y reemplazados por la idiosincracia de una señora mayor que me cambió las reglas de juego a la hora de ir a la playa.

Con las chicas, agarrábamos una lona, preparábamos el mate, guardábamos el Rayito de Sol factor -10, y salíamos llenas de felicidad a la playa. El sábado, antes de salir para la playa, me encontré preparando el bolso: lona, toallón, protector factor 30, cepillo para el pelo, dinero, libro, revista, termo y mate, yerba de repuesto, saquito para mi, saquito para el señor que vive conmigo y galletitas (2 paquetes porque somos de buen comer). Tuve que vaciar el bolso que había llevado para todo el fin de semana y así conseguir guardar todos mis petates.

Ya en la playa, la arena y las criaturas se convirtieron en inconvenientes imposibles de resolver. La arena, descarada, se pegaba en mis piernas e insistía en invadir mi terrirorio (lona). Y las criaturas viven en un universo paralelo en el que reina el caprichito pelotudo. No entiendo. ¿No existe manera de hacer que los niños callen? ¿Es necesario que lloren veinticinco minutos porque mamá no los deja ir a la China caminando? ¿Es menester que revoleen arena como si fueran cartas de un concurso de televisión? ¿Tienen que ponerse a cagar delante mio?

Antes, la rutina era la siguiente: llegábamos, estirábamos la lonita, nos poníamos bronceador (o aceite) sensualmente, y nos tirábamos a dormir hasta que anocheciera. Ahora, tras cinco minutos de estar tirada al sol, ya estaba aburrida. Sacaba el libro y no encontraba una posición cómoda para leer, lo guardaba, volvía a sacarlo, hacía mate, lo lavaba a propósito para cambiar la yerba, cambiaba la yerba, acababa el agua, me peleaba con los terratenientes del balneario porque no me dejaban usar el quiosco, volvía puteando, cebaba nuevos mates, iba a la orilla, me mojaba los pies, volvía porque hacía frío, me sentaba, me paraba, caminaba, y finalmente, luego de insistir dos horas, lograba que el señor que vive conmigo se despertara de su siesta eterna y me diera bolilla.

Pero hubo un detalle playero que me hizo estremecer y comprender que no hay vuelta atrás: soy una vieja y no hay nada que pueda remediarlo. Tipo siete y media de la tarde, cuando el sol no calentaba y el viento te volaba las ideas, cometí el siniestro que me enterrará de por vida en el universo geronte. Tras soportar que un grupo de adolescentes (todos lindos y cancheros) me pegaran cinco pelotazos, tomé la pelota, me levanté de la lona, caminé lentamente al mar, y les revoleé la pelota. “¿La querés? Andá a buscarla rápido, no sea cosa que termines como Alfonsina”. Y volví a mi lonita, con mi matecito, mis galletitas y mi revistita de crucigramas, a proponerle al señor que vive conmigo que al día siguiente compráramos un tejo, así no me aburría tantísimo.