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martes, 23 de noviembre de 2010

Estás mejor de lo que pensaba

A veces pareciera que los hombres y mujeres hablamos en lenguajes completamente diferentes y es por ese motivo, solo ese y ningun otro, que nos entendemos para el carajo.

Habían cenado una pizza comprada por ella. Habían visto una película elegida por él. La pizza, napolitana. La película, de acción. Ella había tomado unos vasos de cerveza, él "yo paso, la cerveza me cae mal", había tomado dos o tres vasos de bebida cola (decir "bebida cola" suena muy al testimonio que da cualquier policía cuando aparece en televisión: el femenino, el masculino, el hurto, el imputado, . Y mi preferido: natalia natalia.)

Luego de la pizza, la película, la bebida cola y las cervezas, empezó el ¿cachondeo? ¿franeleo? (al parecer hoy está de moda, de nuevo, como cuando mi madre era adolescente: chapar, pero ¿existe chapeo?). Franeleo va, chapeada viene, vuelan remeras y pollera y bombacha y boxer. Y ya. Fin. Nada. Después del boxer volando, nada. No hubo manera. Nada. Fin. ¿El bello durmiente? ¿La muerte peluda?

Tirados en la cama, desnudos, rendidos, uno al lado del otro, miraron en silencio cómo giraba el ventilador de techo, con su ritmo parejo y sonido monocorde. Y él, incorporándose, tranquilo, como si la cita estuviera funcionando a la perfección, sin un mínimo amague por darle una mano a ella que, vencida, pensaba dónde meterse tanta calentura, le dijo: "Estás mejor de lo que pensaba".
Negrita
Y a ella le retumbó la frase adentro de la cabeza una, dos, cien veces: "Estás mejor de lo que pensaba, estás mejor de lo que pensaba, estás mejor de lo que pensaba", también se incorporó, y con el último hilo de voz antes de quebrarse, le sugirió: "Te llamo un taxi, ¿dale?".

Hablamos lenguajes diferentes. Los hombres dicen "estás mejor de lo que pensaba" y lo dicen convencidos, sonrientes, alegres, como si fuera un piropo. Las mujeres, en cambio, escuchamos "no daba ni dos mangos por vos, y mirate, zafás", y lo escuchamos clarito, y nos rebota en la cabeza, y cuando el susodicho se va nos deprimimos, y nos miramos al espejo y nos vemos horribles, y al día siguiente nos aparecemos en jogging y rodete en la casa de una amiga, con un lemon pie en una mano y un balde de helado en la otra, porque perdido por perdido...

viernes, 19 de junio de 2009

Hablar al pedo

Dos cosas que me dijeron una vez, después de, y que confirmaron que con ese ser nunca mas habría un antes, durante o después de un carajo.

  1. "¿Viste? Es chiquita pero rendidora"
  2. "Bueno, esta segunda vez estuvo mejor que la primera"

¿Había necesidad?

lunes, 23 de febrero de 2009

El Hacker III

A dice: ¿Cómo es eso que me decías ayer de Camioncito?
M dice: ¿Qué cosa?
A dice: ¿Ya te olvidaste bolas? Que te pasaban cosas.
M dice: Bueno, eso.
A dice: Pero explicame bien. Porque ¿qué harías con el señor que vive con vos si seguís sintiendo cosas por Camioncito? ¿Le vas a decir?
M dice: No, no sé...
A dice: Pero dale boluda, hacete cargo. Si te pasan cosas con Camioncito lo mejor es que pelees por su amor.
M dice: Es que es complicado.
A dice: ¿Pero estás o no enamorada de Camioncito?
M dice: Puede ser.
A dice: ¿Y entonces? ¿Qué vas a hacer con el señor que vive con vos?
M dice: No sé. Tengo que pensar.
A dice: ¿Y con la nena? ¿Qué vas a hacer? ¿Con quién de los dos viviría? ¿Vos pensás que se puede adaptar así nomás a ser hermanita del hijo de Camioncito?
M dice: ¿Qué nena?
A dice: ¿Pero sos idiota? ¿Cómo que qué nena? Tu HIJA.

M se ha desconectado.

(cinco minutos mas tarde) M ha iniciado sesión.

A dice: ¿Y? ¿Te vas a hacer cargo o no?
M dice: ¿De qué?
A dice: De que no sos M, pelotudo. ¿Qué te creés? ¿Qué no me di cuenta que no sos M? Camioncito, tenés que crecer algún día.
M dice: ¿Entonces M no tiene ninguna hija? ¿Ni está enamorada de mi?
A dice: No, tarado.

A se ha desconectado.

Mientras cerraba la cuenta de mi amiga A, ella cebaba mates y trataba de no atragantarse cada vez que Camioncito caía como un chorlito. Yo, en cambio, me preguntaba qué se le podría haber pasado por la cabeza a este pibe, por qué tendría ganas de joderme la vida y, lo más importante, en qué momento de mi estúpida adolescencia decidí darle la contraseña de mi mail a mi novio, para nunca mas cambiarla.

viernes, 20 de febrero de 2009

El Hacker II

Lo primero que hice fue llamar a mi amiga A para que me contara, con lujo de detalles, qué había hablado con mi falso yo. A estaba acongojada. Pero no por no haberse dado cuenta que no hablaba conmigo, sino porque ella estaba concentrada en un detalle mas importante: la falsa ramera le había pedido cámara, y la muy mamotreta había aceptado. Esto es: había estado media hora hablando con una falsa ramera, y además había hecho morisquetas, había mostrado unas pinturas que está haciendo y había enseñando algunos pasos de moda.

Mentalmente yo coleccionaba los datos que A me lanzaba: le había pedido cámara, le había dicho Marta, había nombrado la palabra "papota", la había mandado a ver un video de unas viejas que bailaban el hula hula y había nombrado cosas muy localistas como La Diva y Pinar de Rocha.

Cuando corté el teléfono, anoté todos estos datos en una hojita y me quedé como un científico loco, dando vueltas por la isla de edición tratando de develar quién en el mundo puede andar con tanto tiempo al pedo. ¡Eureka! Tardé diez minutos en descubrir quién había entrado a mi cuenta, pero me da vergüenza haber tardado tanto. Sólo una persona en el mundo puede, en una misma conversación, utilizar las palabras: Marta y papota.

No tenía ninguna duda, aunque ahora tenía que planear qué iba a hacerle a cambio. El chistecito de entrar en mi cuenta no le iba a resultar gratis. Y sabía dónde podía dolerle mas, así que fui derechito a ese lugar.

Marqué un número de teléfono y le dije a mi amiga A: "Fue Camioncito. ¿Me ayudás a hacerle algo?".

jueves, 19 de febrero de 2009

El Hacker I

Sábado, 17 hs. Me conecto al MSN. Salta el muñequito infame reclamando atención. Atención quiere, atención le doy.

A dice: ¿Pero vos viste cómo le quedaron?
M dice: ¿Qué cosa?
A dice: Las tetas a R.
M dice: ¿Dónde dónde? Decime dónde las veo.
A dice: En su perfil. Parece una vedette. Un asco.
M dice: Bueno, hola perra. ¿Cómo andas?
A dice: Me parece que estás confundida.
M dice: Te estoy saludando boluda.
A dice: ¿Con quién querés hablar?
M dice: ¿Qué te pasa pelotuda? ¿Estás borracha? ¡Con A quiero hablar!
A dice: ¿Quién sos? ¿Por qué me saludás?
M dice: Porque acabo de entrar A, no seas tonta. Por favor.
A dice: ¡Pero si hace media hora que estamos hablando!
M dice: ¿¿Qué??

Continuará...

miércoles, 14 de enero de 2009

Querida gata barata

Yo sé que no vas a leer esto. No lo vas a leer porque ni siquiera sabés que existe. No tenés idea, como tampoco tenés idea de lo que te voy a decir.

Porque lo que quiero decirte, a vos ahora te parecerá una estupidez. Pero para mi, fue el trofeo de una guerra ganada, un trofeo que me acompañó todos estos años y que me recordó, cada vez que estaba a punto de caer, que yo también podía ganar.

Ojalá alguna vez en tu nimia vida entres acá de casualidad y te encuentres con mi foto retocada y, no sé, tal vez por las cejas, me reconozcas, te des cuenta quién soy y leas lo que tengo para decirte. Ojalá ese día llores como me hiciste llorar tantas veces.

A vos, que me robaste todos los chicos entre los quince y los dieciocho. A vos, gata barata, que ibas a moverle el ojete al chico que te decía que me gustaba un minuto después que te lo dijera. A vos, que me robaste el apodo, que me robaste descaradamente amigas inventando chismes que ni siquiera vos terminabas de encontrar verosímiles. A vos, que siempre terminabas boca a boca con el chico de mis sueños. A vos, queridísima gata barata, te digo que la única persona de la que te enamoraste, la única que miraste con ojos vidriosos, la única que te hizo aparecer mariposas en tu panza chata y perfecta, a vos te digo que el día que te pusiste de novia con el, ese mismo día, a metros tuyos, mientras te mirabas en el espejo del baño del boliche, en ese instante en que solo confirmabas lo perfecta y dichosa que eras, en ese segundo en que te sentiste tan plena y afortunada, en ese mismo segundo, el me declaraba su amor incondicional.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Ciruela, Ciruela, Manzanita

Además, Camioncito tenía una obsesión que es muy del conurbano bonaerense: hacerse millonario de un día para el otro, sin hacer el mínimo esfuerzo. Yo era testigo de todos sus planes empresariales, que nacían en el sillón negro gastado frente a la computadora y morían ahí mismo, abandonados, olvidados, archivados en carpetas en el mismo sillón, en la misma computadora. Aquellos planes que gozaban de mayor suerte, en vez de morir encarpetados, iban a parar al fuego de la parrilla, y por lo menos su utilidad se disfrazaba de asado: para mí, habían cumplido su misión en la tierra.

Pero un día, Camioncito descubrió que todos sus planes para hacerse mágicamente millonario tenían algo en común: por mínimo que fuera, requerían de un mínimo trabajo de su parte. Y, entonces, una tarde, mientras caminábamos por el centro de Ramos Mejía, encontró la solución a sus problemas: el BINGO.

A partir de ese momento perdí un novio y encontré un adicto a las maquinistas tragamonedas. Iba todos los días, y se quedaba sendas horas meta ganar dos pesos y perder cinco. No se rendía, sentía que su suerte cambiaría de un momento a otro, y para no perder ese momento, prácticamente mudó sus petates a la puerta del establecimiento y se quedó ahí desde que abría las puertas hasta que lo barrían los chicos de limpieza, como si fuera una bolsa de basura llena de vasitos de plástico vacíos.

Yo lo acompañaba. No voy a negarlo. Algunos días me aburría como un hongo y me ponía a criticar a las viejas pintarrajeadas o a los viejos que, con un vaso de whisky en la mano, sentían que estaban en Las Vegas cuando en realidad estaban jugando a la ruleta electrónica en Ramos Mejía. Otros días me prendía con el juego, pero como siempre perdíamos me desanimaba rápidamente. Lo bueno es que el dinero no era mio.

Un día estábamos en casa, tranquilos, echados en el sillón viendo una película. Yo le había pedido encarecidamente que nos quedáramos en casa un día, que dejemos de perder dinero en ese lugar lleno de personas olorosas y sin bañar. Y él, que en el fondo era un ser muy bueno, me había dado el gusto. Pero a las pocas horas, un poco más un poco menos, vi que Camioncito estaba inquieto, transpiraba, se paraba, se sentaba, se acostaba... "Andá si querés, yo me qued...". No terminé la frase que Camioncito había desaparecido.

Exactamente dos horas más tarde Camioncito abrió la puerta de mi casa. Estaba pálido. Tenía la remera rota y el pelo revuelto. Las manos le temblaban. Me levanté y lo miré fijo, en silencio, pidiéndole que me explicara qué carajo le pasaba.

Camioncito
Gané dos mil pesos.

Yo me alejé, incrédula.

Camioncito
Me los robaron a dos cuadras del Bingo.

Lo abracé y por dentro agradecí. Gracias al siniestro, Camioncito no se atrevería a volver al Bingo. Y, entonces, lo obvio.

Camioncito (acercándose a mi oído)
Tengo la fija. Esa máquina tiene un montón de mosca.
Pedile $100 a tu vieja y volvemos ahora.

lunes, 1 de diciembre de 2008

¿Te cuento otra?

En una época fui medio tímida para expresar qué quería y qué no, a la hora de estar en la cama con alguien. Por eso, cuando decidí finalmente hablar con Robertito para plantearle lo que necesitaba, lo hice en un momento de suma intimidad: los diez o quince minutos post coito. (después, en general, los hombres se ponen muy inquietos). Inspiré mucho aire y me acerqué a su cuello, le di un beso, y luego le susurré al oído:

Una Ramera
La próxima quiero ponerme en cuatro.

Me separé de él y sonreí de manera pícara y cómplice. Pero a cambio recibí una mueca de lo mas seriecita.

Robertito
No

Y al ver mi cara confundida, mi gesto incrédulo, mis ojitos tristes, continuó:

Robertito
Es que si te ponés en cuatro,
no podés tocarme los pezones.

Yo todavía me río un poco. ¿Lo mio es pacatería, sentido común o lisa llanamente maldad?

jueves, 27 de noviembre de 2008

¡Bingo!

Bueno, la cosa es que lo miro mientras habla con su madre. Espero, sentada, desnuda y pensando un monton de boludeces que no vienen al caso. Hasta que vuelve. Y con todo el esfuerzo remontamos la situación. Y cuando estábamos ahí, envueltos en ardiente pasión, llegando a la cima, dejándonos llevar por nuestros instintos mas primitivos:

Pelmazo (susurrandome)
¿No me das una tijera?

Una Ramera (espantada)
¿Eh?

Pelmazo
Es que no puedo abrir el forro

Cartón lleno.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Intimidades de Antaño II

Imaginate. Es una de las primeras veces que yo duermo en una cama que no es la de mi casa. Soy adolescente y estoy en mi primera relación importante.
Estoy acostada, leyendo un libro.

Entonces entra él, con una bandeja en la mano. Miro de reojo para ver que traía de comer. Pero no llego. Y cuando me estoy incoporando, la sorpresa: él -el macho de américa, el dandy, el seductor, el todo, mi todo- había colocado su miembro en la bandeja y se acercaba lentamente hacia mi.

Macho
La cena está servida

Me quedo sin palabras. Acto seguido cierro el libro, me levanto, me cambio, y salgo del departamento. Nunca más nos volvemos a ver. Pero es el día de hoy que todavía me pregunto: ¿Qué era lo que pretendía este tarado? ¿Alguna sugerencia?

martes, 5 de agosto de 2008

El Bolichero II

El plan era fantásticamente perfecto: nos poníamos a hablar con Agustín, un amigo de Arielito que se había chapado a una conocida nuestra, le decíamos que me hiciera gancho con Arielito, él iba y le decía a Arielito que yo gustaba de él, Arielito me miraba de lejos, yo me hacía la tonta, el se enamoraba, venía, me sacaba a bailar, me declaraba su amor y nos poníamos de novios. En algunos años nos casábamos, teníamos hijos preciosos y éramos felices mientras comíamos perdices. Todo cerraba.

El plan funcionaba perfectamente. Hacía rato que hablábamos con Agustín de bueyes perdidos, hasta que mi amiga decidió por unanimidad que había que pasar al siguiente paso. Guiño, guiño. Esa fue la señal para que yo me alejara y ella hablara de lo importante con Agustín. Le contó del amor incondicional que yo sentía por Arielito. Yo me hacía la tonta, unos metros al costado, como si no supiera qué estaba diciendo mi amiga. Vi que Agustín se alejaba y dejé de verlo por unos segundos. Después reapareció. Estaba con Arielito. Le decía algunas cosas. Yo trataba de no mirar pero mi ansiedad podía más. Arielito me miró, y se volvió hacia Agustín. Le dijo algo al oído, Agustín le respondió. Así estuvieron unos segundos que a mi me resultaron eternos. Quería entender de qué hablaban pero la lectura de labios no era mi fuerte. De vez en cuando veía algo así como una mueca negativa de Arielito. “Seguramente le está preguntando alguna otra cosa”. Finalmente empezaron a caminar hacia donde estábamos nosotras. Yo lo veía acercarse y sentía que las piernas se me aflojaban, la música se apagaba y en el mundo solo estábamos el y yo. Cuando llegó junto a mi me dio la mano y empezamos a bailar “El campanero” de Los Palmeras. Yo no podía de la alegría y los nervios. El miraba hacia cualquier lado y bailaba mucho más mecánicamente que siempre. Empecé a sospechar, por sus bostezos reiterados, que no tenía tantas ganas de estar ahí como yo. Me acerqué a su oído y le pregunté algunas gansadas del tipo “¿De qué signo sos?”. Él respondía con monosílabos y siempre mirando a Agustín que, unos metros hacia la derecha, se chamuyaba a mi amiga. Terminaba el tema y yo moría por saber si el gran momento del primer beso estaría llegando. Cuando terminó la horrenda canción lo miré y le pregunté si quería seguir bailando. Me soltó las manos lentamente. Yo estiraba los brazos para que el no terminara de soltarme. Pero a pesar de eso me soltó, impiadoso y cruel, sin mirarme, sin contestarme… y se fue. Yo quedé en el medio de la pista, sola y desamparada, viendo como se alejaba el amor de mi vida. “Es un pelotudo”, escuché a mi amiga que le había echado fly a Agustín y estaba ahí haciéndome el aguante. Lloré desconsoladamente en el baño con mi amiga al lado. Me corrí todo el maquillaje y amenacé con cortarme las venas (qué momento extremo se vive tras una frustración amorosa). Una hora más tarde yo seguía llorando, pero era la hora de ir a dormir. Salí del baño y lo vi, a lo lejos, bailando en el parlante el mismo tema que antes había bailado conmigo, con su flequillo y sus anteojos, con toda su perfección a cuestas.

El sábado siguiente volvimos al boliche. Lo busqué por todos lados pero no lo encontré. Durante la semana hice las averiguaciones correspondientes y me enteré que otra vez había cambiado de boliche. Pero el nuevo era tan pero tan tumba que nuestros padres siempre protectores no nos permitieron ir.

Lo busqué por el barrio, por las plazas y hasta fantaseé con encontrármelo en algún recital o en algún futuro lejano, en el que nos veríamos y yo me volvería a enamorar y él se daría cuenta cuánto se equivocó la primera vez que bailamos juntos, y me amaría hasta el fin de nuestros días.

Lo cierto es que nada de esto ocurrió y yo no volví a ver a Arielito nunca más. Con el tiempo, por supuesto, la calentura atómica se me pasó, aunque de vez en cuando me acuerdo de sus ojitos, o de su polerón, o de la vez que bailamos. Ahora lo hago con ternura hacia mi misma y sin un mínimo grado de calentura hacia él. Me acuerdo más del estado de enamoramiento que él producía en mi, que de él mismo.

Hace algunas semanas, mientras estaba en mi otro trabajo, escuchaba una locución en italiano. De repente escucho al locutor diciendo el apellido de Arielito. Atolondrada, rebobino y vuelvo a escucharlo. Entonces busco en el guión para saber qué significaba su nombre. “Cerdo” era el resultado. Me reí en voz baja, socarronamente, y seguí trabajando.

Sin embargo, el recuerdo de Arielito me despertó la necesidad de saber qué era de su vida. Lejos de cualquier investigación obsesiva para la que ya no estoy, llamé a otra amiga, que siempre fue vecina del muchacho. Luego de hablar largo rato (hacía muchísimo que no cruzábamos relato oral) le pregunté si sabía algo de la vida del cerdo. Mi amiga se rió a carcajadas primero, no pudiendo creer que tantos años después yo le siguiera preguntando lo mismo. Luego, se puso un poco más seria y dijo: “Arielito está juntado con una gorda mal teñida, tiene seis hijos bochornosos y está desempleado. De lo que conocías le quedan solo los ojos, aunque se los tapa con anteojos. Se babea y dice incoherencias mientras camina medio desorientado por el barrio. Es que parece que ahora le da al paco. Qué bueno que nunca te dio bola. Imaginate si terminabas como el espanto que tiene de mujer…”

Mientras mi amiga me decía eso yo sonreía interiormente con un alto grado de culpa. Lo que me contaba mi amiga era tristísimo y jamás se lo desearía a nadie. Pero la enana de adentro se mataba de la risa, disfrutaba y se regocijaba con cada palabra que escuchaba.
Esa noche me quedé un rato pensando en el cerdo.

Lo imaginé feo, mal vestido y mal oliente, con la misma ropa que usaba cuando éramos adolescentes, pero con olor a pis estacionado y manchas de lavandina. Imaginé que su mujer tenía el pelo grasoso a grosso modo, se vestía con batones y salía con una escoba carcomida y los seis críos a limpiar la vereda y chusmear sobre los vecinos. Imaginé que sus críos tendrían nombres del tipo: Yoni, Beba, Chulo, Chucho o Pitulina. Los imaginé sucios, con mocos barrosos cayendo de la nariz y la ropa roída por las ratas. Feos y tontos. Y a él, pobre, a él lo imaginé resignado, como un pobre infeliz.

Entonces aparecía yo, divina, caminando por el barrio. Cuando nos cruzábamos él me reconocía. Nos mirábamos unos segundos. Me acercaba a su oído y de la misma manera que hace muchos años le había preguntado el signo, esta vez le decía: “Esto te pasa por no haberme dado pelota, Arielito”. El me miraba sin entender mucho y yo me alejaba. Impiadosa y cruel, disfrutando de la desgracia de tener esa horrible familia y esa espantosa vida. Yo me alejaba. El se quedaba ahí. Tarado, como siempre.

“Cerdo”.

domingo, 3 de agosto de 2008

El Bolichero I

Cuando éramos jóvenes y todavía teníamos ánimo para ir a bailar, con mis amigas movíamos el esqueleto en el boliche de moda de Ramos. Ahí conocí al que sería una gran calentura de mi vida: Arielito.

Arielito era la perfección hecha hombre (o por lo menos era lo perfecto que yo buscaba en ese momento): era morocho, con un corte de pelo soñado (tipo publicidad de shampoo de mujer), unos ojazos terribles, azules, celestes, violáceos, achinados y entreabiertos/ entrecerrados. Una cosa hermosa. No era muy alto, pero eso no me importaba ni un milímetro.

Cada vez que él aparecía, yo, literalmente, me derretía. Casi siempre usaba el mismo polerón azul marino, con un jean clarito medio gastado que le hacía una cola para comerte mejor. Topper blancas, cigarrillo en la mano y, por supuesto, anteojos negros. Tenía la costumbre de usarlos todo el tiempo. Con mis amigas decíamos que seguramente en sus ojos tenía superpoderes y que si los mostraba mucho podría ocasionar una tragedia.

Sin disimular, cada vez que lo veía me ponía a saltar como perra en celo, aullaba como loba hambrienta y estudiaba cada uno de sus movimientos como si fuera un científico loco mirando a su ratita de laboratorio. Arielito bailaba en los parlantes del boliche al que íbamos (ahora lo pienso, qué vergüenza) siempre los mismos temas, siempre los mismos pasos. Le gustaba La Nueva Luna, no tanto Ráfaga, un poco Media Naranja y moría por Rodrigo. Además le encantaban los Stones, Los Piojos y La Renga. Bailaba como los gigantes de la película de Super Mario. Esto es, balanceándose de un lado hacia el otro, con movimientos medio babosos y sin mucha gracia. Desinteresado. Superado. Intocable. Y yo… yo moría.

Me pasaba toda la noche buscando alguna excusa para chocarme con él, me paraba cerca suyo o bailaba como loca para llamarle la atención. Pero nada. Él ni me registraba.

Probé de todo: me puse el vestido y los tacos, la pollera y los botas, el jean y las zapatillas, me corté el flequillo stone, me puse una remera de Cuba, otra de Los Piojos y una última de River (porque no era un detalle menor el fanatismo de Arielito por ese mugroso club). Sábado a sábado mutaba de prostituta barata a gatienzo fino, de villera a stona, de persona normal a subnormal, a sobrehumana, a mediohumana. Y nada. Pensé que tal vez era gay. “Tal vez lo mejor sería disfrazarme de hombre y ver qué pasa”. Por suerte, mi amiga me frenó a tiempo (gracias).

Cuando dejó de ir al boliche que frecuentábamos, hice todas las averiguaciones correspondientes hasta que me enteré que el boliche de moda, ahora, era otro. Convencí a mis amigas para pasarnos de boliche (esto significaba más dinero de remis, más de entrada, tener que vestirse mejor y afrontar la posibilidad de tener que escuchar marcha). Como buenas amigas me ayudaron. Y allí fuimos (al fin y al cabo los muchachos que les gustaban a ellas también se habían cambiado de boliche, era algo obligado, había que mudarse de bailongo). Y ahí recobré el aire. Y mucho más que eso.

Paralelamente a los encuentros en el boliche, yo sabía con lujo de detalles la vida y obra de Arelito. Sabía su dirección, con quien vivía, qué hacía de su vida (era repartidor de pizza y aunque probé y probé nunca di con la pizzería correcta), cuál era su teléfono, a qué escuela iba y quiénes eran sus amigos. Tenía una bicicleta playera roja cromada, vivía con el abuelo, la madre y la hermana, tenía muchos tíos y primos y se la pasaba con su perro. Por mi parte, mis intentos de seducción pasaban por el clásico “paso por la puerta de tu casa a ver si te engancho” hasta el bien ponderado “llamo y corto”. Religiosamente, el ritual de llamar y cortar se repetía al menos una vez al día. A veces osaba pedir por él, y cuando escuchaba su voz cortaba la comunicación. Así mucho tiempo. Así muchos cartelitos del tipo “M. y Ari” con corazones y letras gordotas pintadas con marcadores en la hora de lengua. Yo moría por él, pero el seguía sin registrarme.

Estaba convertida en la peor de las mujeres: la arrastrada. Pensaba todo el tiempo en Arielito, soñaba con sus ojos y me imaginaba su boca besando la mía. Podía rebajarme hasta el fondo del universo sin importarme lo qué. Podía quedar en la más absoluta ridiculez si eso colaboraba para robarle una mirada. Podía escuchar cualquier música y cambiar de equipo de fútbol sin problemas. Era capaz de matar a cualquiera que se interpusiera en NUESTRO camino y estaba segura que el amor que nos unía era una cuestión sobrenatural, energética y mística. Nada ni nadie iba a poder separarnos jamás. Imaginaba nuestro casamiento, nuestra casa y nuestro perro. Inventaba diálogos con mi suegra, peleas y reconciliaciones con él. Me imaginaba que mi querida virginidad iba a ser llevada por el hombre más increíble del universo. Pensaba todas estas cosas y me iba a dormir pensando que faltaba un día menos para ir a bailar y ver ahí al amor de mi vida.

Una noche bolichera, hablé con mi amiga y le dije que necesitaba que me ayudara con Arielito. Mi amiga, que es la mejor persona del mundo, ideó un plan siniestro y macabro (a lo Mr. Burns) para que yo bailara un temita con Arielito. De ahí al casamiento había muy pocos pasos.

Continuará...

jueves, 3 de julio de 2008

Le Pedorret

Era, además, un pedorreta de ley. No importaba dónde ni quién estuviera cerca, él se pedorreaba igual. A veces lo anunciaba, un segundo antes, con bombos y platillos. A veces durante, casi siempre después, cuando uno ya no tenía escapatoria. Se regodeaba, se sentía feliz de hacerme sufrir. Le encantaba obligarme a sentir su pestilente baranda.
Que me tiro uno, te encierro en el cuarto, cierro con llave y me la trago bien tragada, para que aspires bien aspirado, que tirame el dedo, que te sacudo la sabanita, que viene uno ruidoso, un sordito, uno chiquito, una bomba de olor, que de qué te espantás si yo cago con olor a rosas. Todas las costumbres del pedorreta, todas encerradas en mi Camioncito.

Y entonces yo digo: que lo del dedo lo haya hecho mi papá como una gracia cuando yo era un potus de cinco años, vaya y pase. Mi papá es mi papá, y mi Edipo mal resuelto determina, dictamina y sentencia que a mi papá se le perdonan las pedanterías una y mil veces. Porque siempre van a ser graciosas.

Pero mi novio, por favor. Gracias.

lunes, 30 de junio de 2008

Camioncito se arreglaba los piecitos

Yo antes tenia un novio camionero. Lo amaba con todo mi alma y de todas las maneras posibles. Aunque ahora, con bastante distancia temporal, me doy cuenta las atrocidades que cometia y en las que yo no reparaba por estar ciega de amor. Hoy, Camioncito se arreglaba los piecitos. Disfruten.


El colmo de su pedantería se dio una común y corriente (o sea aburrida y predecible) tarde de domingo. Camioncito decidió por unanimidad que debíamos tomar mate con su abuela y su madre en el living/ comedor/ sala de estar y cocina de su casa. Por supuesto yo calenté el agua, preparé el mate, y cebé infinitas rondas. Y rondas. Y rondas.
En cierto momento, Camioncito, en patas, empezó a mirarse la planta de los pies y, a decir verdad, creo que se estaba imaginando algo chanchísimo porque su cara carona lo delataba sin cesar. Se dirigió al modular espantoso que había en el living/ comedor/ sala de estar y cocina, y sacó un alicate feo, de acero inoxidable oxidado (¿cómo pudo pasar eso?), gastado de tanto usar, con olor a patas y mugre de uñas de antaño. Camioncito levantó una pata (Camioncito tenía patas, no pies como los seres humanos) y la puso sobre su muslo (el de la otra pierna, por supuesto) y comenzó a realizar una tarea que de sólo pensarlo me revuelve el estómago: se cortaba y recortaba las partes duras de la planta del pie, las partes secas y resecas, las blancas y amarillentas. Era como una amputación sin sangre ahí, muy cerquita mio. El estaba concentrado y contentísimo. Yo tenía unas tremendas ganas de vomitar.

Paré de cebar y le pedí por favor que hiciera eso en el baño, que no era de buen gusto. Su madre y abuela, en cambio, lo alentaban, analizaban los pedazos de piel muerta que iba dejando sobre la mesa donde rato antes habíamos almorzado, donde rato después íbamos a cenar, le daban una cremita para el después (algo asi como la post depilatoria pero esta era post amputación de partes muertas de la pata, con olor a pollo podrido y aspecto rancio). Yo no salía de mi asombro y decidí salir al patio a tomar un poco de aire. Ahí mismo, mientras yo descansaba unos segundos de la hediondez anterior, él se apareció con sus pedazos muertos de pata en la mano y dijo, contento: “Mirá, parece queso rallado”. Creo que ahi fue el momento exacto en el que perdi la conciencia.