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miércoles, 12 de noviembre de 2008

Concierto

Para los que vean en mi un ser absolutamente bruto e ignorante, los sorprendo diciendo que alguna vez fui una grn pianista. Estudié toda mi vida y tenía grandes cualidades. Pero claro, las grandes cualidades no servían de nada a la hora de tocar delante de alguien. Me ponía nerviosa, transpiraba, me temblaban las manos y sentía que de a poco me bajaba la presión. A pesar de esto, todas las veces que toqué en público salí airosa. Salvo una. Una sola vez bastó para que abandonara, de una y para siempre, mi incipiente carrera musical.

Subí al escenario, hacía mucho calor y tenía puesta una pollera muy elegantona. Apenas me senté en el taburete, supe que había algo que no andaba bien. Levanté la vista y los vi. El público. Me miraban en silencio, expectantes, jugando a que el programa era un abanico. Cerré los ojos y giré la cabeza. Miré a mi profesora, que me levantó las cejas dándome el ok para comenzar.

Las manos me temblaban como nunca, las piernas también. No encontraba los pedales y la partitura se estaba cayendo al piso. Empecé a tocar, temerosa, y El Choclo empezó a fluir. Demasiado tranquilo fluía, demasiado aburrido, demasiado vacío. Y en un momento, lo inevitable: me quedé en blanco. Pero blanco total, profundo, blanco Ala. Paré de tocar. Miré a mi profesora que me hacía señas para seguir, miré al público que estiraba el cogote para entender qué había pasado. Me puse a llorar. Mi profesora se acercó y me señaló en la partitura por dónde tenía que seguir. No pude. Me levanté, con el maquillaje corrido, y bajé por la parte delantera del escenario. Mientras bajaba la escalera la gente empezó a aplaudir. Nunca en mi vida sentí tanta vergüenza. Ellos aplaudían y yo lloraba. Al fondo del teatro me esperaba mi hermana. Me abrazó y salimos. La gente seguía aplaudiendo.

Esa fue la última vez que toqué el piano. Todavía me arrepiento.

sábado, 7 de junio de 2008

Hey mono, vos a tu palmera

Me revienta la cabeza la gente que se mete.

Existe algo llamado libertad individual. Cuando era chica, mi madre solía decirme: “Tu libertad termina donde empieza la libertad del otro”. Podemos decir, entonces, que existe una especie de barrera invisible, que delimita tu libertad de la mia (vos allá, yo acá). Un límite.

Existe también, dentro de la concepción del límite, la frontera. La frontera es el lugar alrededor del límite, más o menos dos cuadras a la redonda. Es el lugar en que tu libertad y la mia se cruzan.

La frontera de las libertades es la más difícil de delimitar y, en reiteradas ocasiones, confunde al otro. Sólo gente medianamente inteligente entiende hasta dónde puede llegar sin molestar al otro, sin invadir su libertad. Para pasar de mi libertad a la libertad del otro necesito pasaporte. No puedo meterme como si nada, porque estoy invadiéndolo, me estoy metiendo en su vida, en su libertad.

El pasaporte a la libertad ajena sólo puede ser entregado por el dueño de esa libertad. Si un sujeto te habilita para que te metas en sus cosas, pues métete. De lo contrario, cada mono a su palmera.

No hay cosa que deteste más que el metido con disimulo. Tengo una compañera de trabajo que tiene una técnica horriblemente descarada. Viene a tu escritorio en busca de un mate, y en el interín en que se lo servís... te chusmea la computadora. Eso no debería estar permitido. Lo que yo haga con mi computadora, en mi escritorio, con mi mouse o la mierda que sea, pertenece a mi vida y si yo no te muestro lo que estoy viendo tal vez sea porque no quiero que lo veas. Mona, vos a tu palmera.

También está el metido colaborador. Es aquel que te ve con la guía de los colectivos en la mano y siempre, pero siempre, te pregunta dónde vas y te explica cómo ir. A las personas como a mi, con desorientación absoluta, nos encanta plantearnos como desafío ir a un lugar nuevo con la guía de los colectivos y sin preguntarle nada a nadie. Entonces en el medio de la odisea, cuando sentís que todo está adquiriendo sentido porque Paraguay sube para el lado donde tendría que subir, cuando tu nariz husmea entre las páginas de la guía y la ventanilla del colectivo siguiendo el recorrido, ahí aparece el metido. Husmea junto a vos, trata de adivinar donde vas y como no lo descubre, te lo pregunta. Y ahí nomás, tu hermosa odisea vuelve a ser un simple viaje en colectivo a un lugar que el soquete ya te dijo dónde queda.

Los metidos de la espera. Aparecen en el ascensor, en la antesala del médico, en la cola del supermercado o en el banco. Aparecen y comentan sobre: el clima (o la humedad), el mal servicio que se brinda en el lugar específico donde estemos esperando, alguno más osado te habla del gobierno y el campo. Pero hay otros mucho peores que no contentos con haberte sacado de tu introspección esperativa, empiezan a preguntarte qué te vas a hacer en el médico, por qué comprás leche descremada (“si dicen que ers cancerígena”), qué hacés de tu vida, dónde trabajás, tenés novio, tengo un hijo de tu edad, casi abogado, lo tendrías que conocer. O el del libro. Que ve que lees un libro y te pregunta si está bueno, de qué se trata, quién es el autor, si lo compraste o te lo regalaron. Metidos, todos metidos.

Para las personas tímidas, como yo, no hay cosa peor que encotnrarse con un metido. Los tímidos no poseemos la capacidad de echarles algún veneno con la mirada o decirles alguna palabra que los deje mudos. Los tímidos nos limitamos a contarle al colaborador dónde vamos para que pueda explicarnos cómo llegar, o le damos el número de teléfono a la del consultorio para que se lo pase al hijo (rogando que lo pierda), o hablamos del calor, del frío y de lo que mata es la humedad. Si viene nuestra compañera tratamos de cerrar el navegador a toda velocidad y si no llegamos le decimos que sí, que nos gusta ver pornografía.

No faltará alguno que piense que soy una pelotuda por dejar que se metan en mis asuntos. Pues no es así. El problema no está en que yo sea tímida o, incluso te diría, cortés. El problema está en que la gente no aprendió que no hay que meter las narices donde nadie te invitó a oler.


Nota aclaratoria: No nombro a los metidos vendedores porque de ellos ya se encargaron, y hasta el hartazgo, los de la publicidad del "Estoy mirando". Lo mio es una cuestión puramente ideológica.

viernes, 30 de mayo de 2008

Es en vano

Qué feo queda cuando la persona tímida insiste en pelearse con un colectivero gigante y extrovertido.

Hoy a la mañana estoy por subirme al colectivo, dormida, enfriada y mal vestida. Ojerosa y de mal humor. El señor que está delante mio, en vez de dejarme pasar primero como buen caballero, se adelanta como loco, no vaya a ser cosa que el bondi se le fuera. Ahí nomás lo detecto: Tímido. Sólo un tímido se apura de esa manera cuando hay diez personas atrás de él. No hay manera que el colectivo se le vaya, pero Tímido tiene miedo igual. Miedo porque si el colectivo arranca, él no tiene manera de defenderse. Precisamente, porque es Tímido.

Mientras subo veo que el Tímido está ahí, como congelado, a la derecha del conductor, medio atravesado en el camino. Está colorado (tímido), encorvado (tímido), y tiembla como Michael Fox (tímido, o enfermito, pobre). El colectivero lo mira furioso, porque su atrvesadura le retrasa el arranque. En eso, veo que Tímido se pone erguido y saca pecho:

Tímido
¿Qué pasó que tardó tanto?

Colectivero lo mira, atónito, y no le responde.

Tímido
Le hice una pregunta.

Colectivero
No te entiendo.

Tímido se acerca al oído del colectivero y repite.

Tímido
Que por qué tardan tanto en venir.

Colectivero (sin mirarlo)
Porque hay pelotudos como vos
que nos retrasan todo el tiempo.

Acto seguido, mientras soba con la lengua un hueco donde seguramente había habido una muela alguna vez, se da vuelta, vuelve a mirar al tímido, desafiante.

Colectivero
Correte tarado.

Tímido rojo de la verguenza. Cabizbajo arranca a meter las dieciocho monedas de cinco centavos. A la segunda ya se le traban. Se desespera.

Colectivero
¿Tan tragaleche sos que ni siquiera
podés sacar el boleto más rápido?

Tímido más rojo. A punto de explotar. Los ojos colorados, las lágrimas a punto de salir. El colectivero amaga a arrancar, solo para hinchar las bolas. Los de abajo gritan para que no se vaya. Yo meto púa y les digo que el señor está sacando el boleto y no deja pasar. Los de abajo le empiezan a gritar a Tímido algunas cosas acerca de su madre prostituta, o de no sé qué cosa de la hermana. Yo me río por dentro (ver a un tímido tratando de pelearse es una de las imágenes más graciosas del mundo). El colectivero sigue sobándose la muela ausente. Tímido está a punto de llorar y pedir que venga su mamá.

Tímido termina de sacar el boleto, se le cae, lo levanta, tiembla, está nervioso, colorado y acalorado. Se sienta en un asiento del fondo. Se queda dormido. Babea. Seguramente sueña con ésta, que fue otra batalla perdida.

Por eso digo, tímidos del mundo, ahórremonos el disgusto, no peleemos, porque siempre, siempre, vamos a quedar como el orto.