Para los que vean en mi un ser absolutamente bruto e ignorante, los sorprendo diciendo que alguna vez fui una grn pianista. Estudié toda mi vida y tenía grandes cualidades. Pero claro, las grandes cualidades no servían de nada a la hora de tocar delante de alguien. Me ponía nerviosa, transpiraba, me temblaban las manos y sentía que de a poco me bajaba la presión. A pesar de esto, todas las veces que toqué en público salí airosa. Salvo una. Una sola vez bastó para que abandonara, de una y para siempre, mi incipiente carrera musical.
Subí al escenario, hacía mucho calor y tenía puesta una pollera muy elegantona. Apenas me senté en el taburete, supe que había algo que no andaba bien. Levanté la vista y los vi. El público. Me miraban en silencio, expectantes, jugando a que el programa era un abanico. Cerré los ojos y giré la cabeza. Miré a mi profesora, que me levantó las cejas dándome el ok para comenzar.
Las manos me temblaban como nunca, las piernas también. No encontraba los pedales y la partitura se estaba cayendo al piso. Empecé a tocar, temerosa, y El Choclo empezó a fluir. Demasiado tranquilo fluía, demasiado aburrido, demasiado vacío. Y en un momento, lo inevitable: me quedé en blanco. Pero blanco total, profundo, blanco Ala. Paré de tocar. Miré a mi profesora que me hacía señas para seguir, miré al público que estiraba el cogote para entender qué había pasado. Me puse a llorar. Mi profesora se acercó y me señaló en la partitura por dónde tenía que seguir. No pude. Me levanté, con el maquillaje corrido, y bajé por la parte delantera del escenario. Mientras bajaba la escalera la gente empezó a aplaudir. Nunca en mi vida sentí tanta vergüenza. Ellos aplaudían y yo lloraba. Al fondo del teatro me esperaba mi hermana. Me abrazó y salimos. La gente seguía aplaudiendo.
Esa fue la última vez que toqué el piano. Todavía me arrepiento.
Subí al escenario, hacía mucho calor y tenía puesta una pollera muy elegantona. Apenas me senté en el taburete, supe que había algo que no andaba bien. Levanté la vista y los vi. El público. Me miraban en silencio, expectantes, jugando a que el programa era un abanico. Cerré los ojos y giré la cabeza. Miré a mi profesora, que me levantó las cejas dándome el ok para comenzar.
Las manos me temblaban como nunca, las piernas también. No encontraba los pedales y la partitura se estaba cayendo al piso. Empecé a tocar, temerosa, y El Choclo empezó a fluir. Demasiado tranquilo fluía, demasiado aburrido, demasiado vacío. Y en un momento, lo inevitable: me quedé en blanco. Pero blanco total, profundo, blanco Ala. Paré de tocar. Miré a mi profesora que me hacía señas para seguir, miré al público que estiraba el cogote para entender qué había pasado. Me puse a llorar. Mi profesora se acercó y me señaló en la partitura por dónde tenía que seguir. No pude. Me levanté, con el maquillaje corrido, y bajé por la parte delantera del escenario. Mientras bajaba la escalera la gente empezó a aplaudir. Nunca en mi vida sentí tanta vergüenza. Ellos aplaudían y yo lloraba. Al fondo del teatro me esperaba mi hermana. Me abrazó y salimos. La gente seguía aplaudiendo.
Esa fue la última vez que toqué el piano. Todavía me arrepiento.


