viernes 20 de noviembre de 2009

Pero mirá qué gansa

Quise subir un video acá, y me equivoqué y lo subí acá.

jueves 19 de noviembre de 2009

Impulsos

Llegás a tu casa, del trabajo, cansada, y te ponés a hacer lo que mejor te sale: morsear frente a la computadora, mientras escuchás alguna música pedorra y tomás mates con bizcochitos. Mientras lo hacés, empezás a notar una molestia en tu cuerpo, y descubrís, con mucha pena, que la molestia se va si te desabrochás el pantalón. El pantalón, ese que te quedaba holgadito, el que usás cuando estás al límite de tu peso normal, ese que usás el domingo para ir a la casa de tus padres a comer como un cerdo, ese mismo pantalón, ahora te aprieta. Lo desabrochás y seguís en la tuya, casi te olvidás del tema, hasta que una voz, pongámosle que es tu super yo, la voz de tu conciencia, te dice: "Hija de puta, levantate y salí a hacer algo que los años no vienen solos, eh. Un día te vas a levantar y vas a tener el culo por las rodillas, en tu panza se va a formar la imagen de Buda, no seas boluda, levantate y salí a correr. ¡YA!" Y te asustás. Y te levantás.

Desempolvás el shortcito de correr, y chequeás que no esté apolillado, te ponés una remera viejita, y rogás que las zapatillas todavía te entren. Una vez que estás lista, te mirás en el espejo, y el solo hecho de haberte levantado, cambiado y atado el pelo, te da la sensación de que sos una deportista de la concha de la lora. Y que podés correrte una maratón ahora, ya, en este momento, decime dónde es la largada.

Salís, tranquila, y vas caminando al parque, porque "Los músculos tienen que calentar de a poco". Vas acelerando, sentís el aire llegando a tus pulmones, sentís los músculos poniéndose en movimiento, sentís un ruidito en la rodilla y decís "No es nada, no es nada, me falta un poquito de aceite nomás". Y seguís, canchera, hasta llegar al parque. Pensás en seguir caminando un poco mas, ver si hay mucha gente y mirar un ratito a los patos. Ves una chica, de tu edad, con una bolsa de plástico alrededor de la cintura, también caminando. "Al menos no estoy sola", pensás, y empezás a trotar, despacito, tranquila, porque sabés que dejaste de correr hace mucho tiempo y los músculos podrían estar atrofiados.

Corrés dos minutos por reloj, y sentís que en cualquier momento vas a tener que parar a vomitar los pulmones, las piernas te tiemblan un poco y tenés la boca reseca. Entonces ahí, cuando estás a punto de rendirte porque "esto no es para mi", lo ves: un viejo de sesenta, impecable, pasa por al lado tuyo, corriendo con un ritmo maravilloso, sus piernas se mueven a la perfección, no está colorado, ni transpirado, ni parece estar desarmándose en mil pedazos como vos, que corriste esos dos minutos de mierda y necesitás un pulmotor. Lo mirás y le decís con los ojos: "Ah, viejo de mierda, conmigo no, eh. ¡CONMIGO NO!"

Encontraste un objetivo. Sabés que ese es el conejito que deberías perseguir si fueras un perro de carrera. Respirás, profundo, hacés una cuenta regresiva mental, y te echás un pique. Lo único que tenés que hacer en este momento en concentrarte, pasar al viejo de mierda, derrotarlo, pisarlo como a una cucaracha. Y, claro, lo pasás. Y apenas lo pasás lo mirás de reojo como diciéndole "tomá, viejo choto" y en tu cabecita empieza a sonar la música de "Carrozas de fuego", y escuchás los aplausos, y rompés la cinta imaginaria que te declara ganadora, y te ves batiendo un champagne y abriéndolo, empapando de felicidad a todos esos que te miran y te adoran. Y estás tan pelotudizada con tu peliculita, que no te percatás de lo que tenés delante. Estás ciega, no lo ves, no lo presentís, no nada. Lo único que te importa en este momento es tu triunfo, entonces seguís, y cuando mirás al piso, cuando tu pie derecho ya está en el aire, recién ahí, ves el barro. Y lo pisás. Y te resbalás. Y te caés de culo. La gente te mira, algunos se rien, uno se acerca y te pregunta si estás bien y vos le decís "Sí, obvio, estoy bárbara". Te levantás, tenés embarradas las piernas, tenés que escupir los pulmones, estás toda colorada, te picaron varios mosquitos. Y la gente sigue riendo. Entonces te alejás, muerta de la vergüenza, te escondés un poco, te sentás en un banco, y decís, en voz alta: "Impulsos de mierda y la re putísima madre que los parió. En mi vida voy a volver a hacerles caso".

Y después nada... te quedás un rato ahí, criticando mentalmente a los viejos que andan en tetas, a las chicas que se ponen una bolsa en la cintura, a los señores que usan calcita, a los que están colorados y necesitan una ambulancia urgente, inventás historias de amor entre los patos que mirás, le sonreís a un perro, y te parás, volvés a tu casa, en el camino pensás qué vas a cenar, y cuando llegás, abrís el blog, y te ponés a escribir.

martes 17 de noviembre de 2009

De por qué no voy a salir nunca más. Parte I

Mi amiga recién dejada estaba triste. Hacía mas de dos meses que no salíamos a tomar nada a ningún lugar que no fuera el patio de mi casa. Frente a su tristeza, tomé coraje, respiré profundo, y le dije: "Hoy salimos, y la rompemos".

12:20. Empezamos a emperifollarnos.

12:30. Ya estamos listas. Pertenecemos al selecto grupo de mujeres que tarda muy poco en arreglarse. Mi amiga dice "Mariana, parezco un gato asi maquillada". "Mejor, hoy salimos a matar". Sí, dije "matar" y además lo acompañé con el puño cerrado, en alto.

12: 35. Avenida del Libertador. Esperamos un taxi. Pasan autos con jóvenes apretujados dentro. No nos dicen nada.

12:50. Taxi 504 con olor a funda de tapizado sucia y transpirada.

01:10. Intentamos ingresar al establecimiento nocturno por la salida de emergencia. El patovica se burla de nosotras.

01:15. El lugar apesta. Soy la encargada de comprar bebidas. Me acerco a la barra. Gente amontonada, como ganado. Unos arriba de otros, se empujan, se cuelan, se gritan. La música, aturde. Algunas chicas no entienden que una vez que compraste, tenés que retirarte. "Circulandoooo" le digo a una que está acodada en la barra con cara de gato en celo. Se enoja.

01:30. Sigo haciendo la cola para comprar dos cervezas. Miro a mi amiga, que está cómodamente sentada atrás de toda la gente. "Tendrían que poner numeritos, como en la verdulería", grita. La gente la mira.

01:45. Después de media hora, salgo de la barra con mis dos cervezas. Buscamos un lugar donde instalarnos. Mi amiga dice "Ahí, mirá, en esa terraza no hay nadie", y enfila como loca, sin reparar en que hay una soguita que no permite el ingreso, y un patovica gigante que opera como puera blindada. Se traga la soguita, pero no llega a caerse. El patovica la mira. Mi amiga se retira. "Te dije que había un señor" le digo yo. Mi amiga me mira, mi chiste no le causa nada de gracia.

02:00. "Esto parece meo", le grito a mi amiga, porque con el nivel sobrehumano de la música ni siquiera se puede hablar. "Un asco". "Una mierda". "Todos viejos". "Y las minas en bolas". "Y esta calefacción me está dejando sin oxígeno". "Ese tipo es igual a mi tío". "Vinimos al lugar donde viene tu tío, qué joviales". "¿En tu casa hay algo para tomar?. "Tengo gin, pero no hay limón, y tengo una tónica que abrí hace un mes, no debe tener gas". "Vamos, no importa, ya, por favor".

02:10. Estamos en el taxi. El taxista insiste con que mi calle es la primera después de las vías. "No". "Sí". "No". "Sí". Todo el camino. "No". "Sí". "No". "Sí".

02:30. "¿Vio? Yo tenía razón". "Más o menos, eh". Me bajo y le convierto la puerta en una giratoria.

04:00. Completamente ebrias, cantamos en el patio de mi casa "Cálido y frío" de Franco de Vita. "Yo te agradezco que hayas querido sacarme para que me alegrara, pero dejá, la próxima me corto las venas con una galletita de agua, no te molestes".

viernes 13 de noviembre de 2009

Depresión II

Demoré cinco segundos, eternos, en esbozar una primera palabra. Pensé qué decir para no quedar como el ojete, pensé, también, en largarme a llorar y aceptar que soy una perdedora, pensé en salir corriendo total ya estaba perdida, pensé en reirme como si estuviera demente, pensé en la mala suerte que me persigue y se empeña en arruinarme la vida, pensé en ponerle de sombrero la canastita del super a la mina. En cambio, dije:

"Todo bárbaro, a full, estoy pintando mi casa y por eso estoy asi vestida. No crean que yo salgo así a la calle, eso jamás. Lo que pasa es que me agarraron ganas de comer unos sanguchitos, y me vine asi como estaba, sino tenía que bañarme, peinarme, cambiarme, al pedo, total no me iba a encontrar con nadie, pero no se preocupen, no salgo asi siempre. Aparte todavía no terminé allá, y si me bañaba, me cambiaba, me peinaba y etcéteras, cuando volvía iba a tener que ensuciarme toda de nuevo, y volver a bañarme, y peinarme y cambiarme, y no daba. Asi que me vine asi, qué se yo. Tampoco es tan grave, a veces uno sale medio mal vestido a la calle, no es para tanto. Quién no tiene una joggineta destinada las labores del hogar. Aparte, miren, yo me pongo esta ropa y me siento mas obrera y siento que las tareas del hogar me salen bien. Como que me transformo verdaderamente en un pintor, y el pincel se desliza mejor. Igual ya estoy terminando, me queda re poquito. Miren (mientras señalaba un gotón fucsia en el buzo): éste es el color del living, fucsia, bien de mina, tengo que aprovechar, ahora que vivo sola, y darme todos los gustos decorativos que nunca pude darme. Aparte, vos sabés cómo es el señor que vivía conmigo, muy caprichoso y acuariano, para él lo que él decía era siempre lo mejor y había que hacer eso que él decía, y a mi me daba por las pelotas, pero aceptaba, porque en una pareja es fundamental la negociación. Ojo, tampoco es que era una dominada, nada que ver. De hecho todas las plantas del patio las elegí yo sola, a él nunca le gustaron, porque viste que él es como mas fashion, quería poner sólo yuyos y espigas, y yo quería flores, colores, a mi las espigas me dan mala onda, me deprimen, me parecen snobs y palermogólicas, no me gustan, ni me parecen decorativas, ni nada. Asi que eso, a full, muy contenta con mi nueva vida, terminando de arreglar la casa, pero feliz, muy feliz. ¿Y ustedes?"

Naturalmente, la pareja me miraba con los ojos llenos de lástima. Era mas que evidente que estaba hablando mi depresión y no yo. Era evidente que estaba tratando de disfrazar mi tristeza con frases inconexas y sin sentido. Y como ellos no respondían, como pasaba el tiempo y no me decían nada de nada de nada, yo me quebré. Y me largué a llorar.

La mina
Bueno, ya está, no te preocupes...
ya va a pasar

El tipo
Epa, ¿qué pasa?

M
No, no se preocupen, estoy bien.
Es la alergia.

"Es la alergia", dije. Qué pelotuda. Ya estaba entregada, ya había jugado el papel de loca superada y ya había dado lástima lárgandome a llorar. Qué otra cosa podía hacer. Me quedaban dos opciones: salir corriendo, o reirme. Y como no soy buena en los deportes, me reí. Primero un poquito, después un poco mas.

M
Ya se me va a pasar.
No es tan grave.
Días de mierda tenemos todos.

La mina
Obvio que se te va a pasar.
¿Sabés la cantidad de veces que me pasó a mi?

El tipo (mirando a su mujer)
¿Vos saliste asi a la calle?

M (mirando al tipo)
Bueno, che, tampoco es para tanto.

El tipo (mirándome a mi)
Y... ¿vos te viste al espejo?

M (mirando mi outfit)
Es terrible, ¿no?

La mina
Todas pasamos por eso.

El tipo
Terrible es poco.

Y me volví a reir. Dejé la canastita, no compré galletitas chocolatosas ni compré madalenas rellenas de dulce de leche. Los saludé con un beso, y les dije que me alegraba verlos, que se los veía muy bien juntos. Y caminé, despacio, hacia la salida del super. De fondo escuché al tipo diciéndole a su mujer "¿Pero de verdad vos saliste asi vestida a la calle?", y ella que le respondía "Pero obvio boludo, todas las mujeres caemos en eso alguna vez. Aparte yo la entiendo, cuando yo me separé del señor que vivía con ella, fui a la casa a tirarle piedras a la ventana, y se la hice mierda (risas). Esta chica está perfecta".

Volví a casa riéndome, y aproveché. Ya que estaba vestida de "Cacho, el pintor", me puse un disco de Gilda, y terminé de pintar los marcos de la puerta de casa. Mientras tanto, bailé.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Depresión I

La semana pasada tuve algunos días de depresión extrema: me sentía sola, desdichada, fea, miserable, inútil, estúpida, lloraba por cualquier cosa (cuando me hablaba el kiosquero, cuando descubrí que se había roto la luz de la cocina y, créase o no, cuando escuché un chiste en una sitcom de los ´80), andaba como un trapito de piso usado y desvencijado, era la sombra (una sombra muy venida a menos) de lo que siempre fui. Durante esos días lo único que me mantenía viva era contar las horas que me faltaban para llegar a casa, ponerme un jogging y la peor remera y hundirme en el sillón a llorar por mi apestosa vida.

El miércoles, cuando llegué a casa, hice el ritual tan esperado: me enrodeté el pelo, me puse el jogging gris que está estirado en las rodillas, una remera que dice "Villa Carlos Paz 1990", calcé las ojotas naranjas, y fui a la alacena a buscar alimentos chocolatosos y engordantes que me recordaran que, a pesar de todo, siempre nos quedará la deliciosa comida. El horror. Los paquetes de galletitas Melba habían desaparecido por arte de magia, las madalenas rellenas con dulce de leche se habían evaporado, y un tarro con galletitas de agua me miraba, expectante, sintiendo que era su oportunidad de lucirse. Pobre tarro, me miraba con esos ojos llenos de esperanza que tienen los chicos gorditos que en la primaria son elegidos últimos en la formación del equipo de fútbol. Le pedí perdón mentalmente, le dije que otro día sí, que si quiere puede acompañarme la próxima vez que coma arroz con atún, pero ahora no, no podía estar tan deprimida y encima ponerme a comer galletitas de agua. De eso a la muerte hay un cuarto de paso.

Decidí salir al supermercado. Cuando estaba llegando a la puerta de entrada, me vi en el espejo. No había manera de que yo saliera asi a la calle. Asi que entré, y me puse un bucito azul, deportivo, que me queda medio corto de mangas y que además está un poco manchado con la pintura fucsia que usé en el living. "Ahora sí", me dije, confundiendo todos los parámetros que separan el buen gusto de la ridiculez, la moda de lo bochornoso, la vida con la muerte. Y salí.

Mientras caminaba saludé al kiosquero (que se llama como el señor que vivía conmigo, es una linda manera de tenerlo siempre presente), al peluquero (un señor divino que siempre me dice que tengo el pelo lindo, pero esa vez esbozó un sencillo "Hola") y al chino del super (un gordo gigante que se la pasa diciéndome "Señora"). Entré al establecimiento, y mientras agarraba una de las canastitas que sería colmada de basura comestible, los vi: a escasos diez metros, la pareja mas perfecta del universo se aparecía ante mi, un ser en joggineta, buzo corto, rodete y ojotas naranjas. Él agarraba dos latas de arvejas y hacía malabares, ella se reía, él dejaba las latas y le daba un beso. Se abrazaban, sonreían. Eran lindos. De esas parejas que dan envidia. De esas parejas que uno sabe que nunca tendrá. Me quedé parada mirándolos, odiándolos, sintiendo ganas de revolearles un par de latas de tomates, partirles un sachet de leche en la cabeza, batir una Doble Cola y bañarlos hasta que queden pegoteados. Y mientras yo pensaba en estas cosas, mientras descargaba una furia demencial de manera imaginaria, mientras armaba trincheras mentales, mientras libraba una guerra contra el amor, la veo. Ella se acercaba a mi, lentamente, y yo sentía las lágrimas que lentamente iban inundando mis ojos, y no pude moverme, no pude correr por mi vida, no pude, porque no tuve tiempo.

La mina: Hola M, ¿Cómo andás tanto tiempo?
El tipo: Hola M, ¿Cómo va?

Frente a mi, o a lo que quedaba de mi, a esa sombra venida a menos de lo que alguna vez fui, en el super chino de la esquina de mi casa, se me aparecían ellos: la ex de mi ex y su marido.

Continuará...

lunes 9 de noviembre de 2009

La bata y la linterna

Teníamos catorce años y las hormonas en ebullición. Estábamos de vacaciones en Chapadmalal, éramos mi amiga, sus padres, el abuelo paterno, y yo. Compartíamos un pequeño bungalow en un complejo que era como un country del subdesarrollo: tenía una pileta de natación con considerable olor a meo, salón de usos múltiples donde se organizaban bingos familiares y cancha de paddle. Poco nos importaban esos detalles, porque nuestras actividades alternaban entre tomar sol en los peores horarios posibles y mirar chicos quinceañeros que también tenían las hormonas alborotadas. Y mal no nos estaba yendo: para el segundo día ya teníamos un pretendiente cada una, de los mas populares del complejo. Ese miércoles nos invitaron a pasear por los "bosques" a la noche, querían armar una fogata y, por supuesto, "tranzar" con nosotras. Y allí fuimos.

Estábamos cada una semi enredada con el pretendiente correspondiente, cuando abro los ojos y veo a la madre de mi amiga, en bata, con una linterna en la mano, alumbrándonos. Se quedó ahí parada, esperando que su hija se de cuenta finalmente de su presencia, pero mi amiga estaba tan concentrada en otra cosa que ni siquiera la presencia de un extraterrestre le hubiera llamado la atención. Me acerqué, le toqué el hombro una vez, ella hizo un ademán para sacarme de encima, volví a tocarla, volvió a intentar sacarme de encima, hasta que le dije al oído: "Tu vieja, en bata, con linterna, atrás nuestro". Y ahí, cuando su hija se desenredó del pretendiente, la madre se acercó a nosotras y dijo con voz firme: "Es un poquito tarde para que estén acá, vayan YA a la cabaña, y olvídense de los paseos nocturnos".

Al día siguiente no queríamos salir de la habitación, suficiente quemo habíamos sufrido la noche anterior como para que en la pileta todos se burlaran de nosotras. Pero el día estaba precioso, y teníamos que mantener el bronceado giordanesco que habíamos obtenido, asi que armamos el bolsito, y fuimos a la pile. Nos sorprendimos cuando nuestros pretendientes se acercaron a nosotras como si nada hubiera ocurrido la noche anterior, y nos invitaron nuevamente a enredarnos, esta vez en la playa.

Llegada la noche, teníamos miedo. Ya habíamos sido incendiadas y perdonadas una vez, pero no creíamos que dos veces nuestros pretendientes soportaran una señora en bata alumbrándolos en medio de la noche. Asi que tomamos medidas drásticas. Cuando todos se durmieron, nos levantamos de la cama sigilosamente, agarramos las llaves de la cabaña, dejamos encerrada a toda la familia y nos fuimos a darle rienda suelta a nuestras hormonas enloquecidas. En medio del disfrute, cuando menos lo esperábamos, la bata y la linterna dijeron presente: habían salido por la ventana del bungalow. Al día siguiente, no salimos de la habitación. Al otro, tampoco.

Guarda conmigo, eh

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