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domingo, 8 de marzo de 2009

Una voz en el teléfono II

Pasada la medianoche, cuando en muchos hogares la gente empieza a acomodar la almohada para dormir plácidamente, el señor que vive conmigo reclama la cena.

Así estábamos el jueves pasado, comiendo pollo con las manos en la cama, tomando vino y mirando Family Guy.

Teléfono.

El pulso se me aceleró en el primer ring, y supe que el miedo que yo creía superado por el llamado de la semana anterior, seguía latente en mi, y se triplicaba en cada ring. Miré al señor que vive conmigo (que sabía del incidente y todavía no comprendía qué era lo que me había causado miedo), pero estaba muy concentrado en la pata de pollo. Me levanté, hice la señal de la cruz, y corrí a buscar el teléfono.

M (temblando)
Hola

Una voz en el teléfono
Hola bombón, ¿te acordás de mi?
¿Ya sabés quién soy?

Me desplomé en el sillón como el día que me dijeron que Papá Noel no existía.

Una voz en el teléfono
¿Pensaste en mi en estos días?

M
Decime quién carajo sos.

El señor que vive conmigo se había levantado y estaba parado al lado mio, haciéndome unas señas rarísimas que supuestamente indicaban que le diera el aparato. Como yo no lo comprendía no le daba nada, hasta que se hartó de mi inoperancia y puso el aparato en altavoz.

El señor que vive conmigo
¿Quién sos, pelotudo?

Una voz en el teléfono
¿Quién habla?

El señor que vive conmigo
Pero por qué no te dejás de joder, boludo.

Una voz en el teléfono
¿Quién habla?
Pasame con Daniela por favor.

El señor que vive conmigo y yo nos miramos unos segundos. Yo no sabía si ponerme a llorar o tirarme al piso a reirme como una hiena enloquecida.

M
Che tarado, ¿vos sabés que ésta no es la casa de Daniela?

Una voz en el teléfono
Ehhh…

M
Así que si querés hablar con Daniela,
la llamas a ella, y no a mi, boludazo.

Una voz en el teléfono
¿Daniela? ¿Sos vos?
¿Me estás haciendo una joda?

El señor que vive conmigo
Pero mirá que sos idiota, eh.
Este no es el teléfono de Daniela.
Igual te voy a dar un consejo:
Si querés conquistar a Daniela, mandale
un mail o llamala en un horario prudente
(keyword de señor mayor: prudente)

Una voz en el teléfono
Bueno, che, disculpá.
No sé qué teléfono me pasaron.
Disculpá, posta, no fue a propósito.

M
Pelotudo.

Y le cortamos. Nos volvimos a la cama a seguir comiendo pollo con las manos, pero al rato yo seguía pensando: ¿Este pobre chico realmente pensaba conquistar una chica con ese método tan de infradotado?

viernes, 27 de febrero de 2009

Una voz en el teléfono

Primero, pongámonos en situación.

Es jueves. Son las doce y media de la noche (aquí el que quiera puede decir que ya era viernes, me da igual). Visto un pijama espantoso (digno de la vida de soltera), y estoy acostada en la cama leyendo un libro (Villa Celina, de Juan Diego Incardona, altamente recomendable). Escucho Aspen (soy fanática de Aspen, lo confieso mientras de autoflagelo). El señor que vive conmigo está de viaje (y no me ha llamado en cinco días, pero esa es otra historia).

Suena el teléfono.

Pausa. A la tarde había venido una amiga a casa. Tenía una cita por la noche, así que estaba segura que la del teléfono era ella y que algo había salido mal (era temprano para terminar una cita tan esperada).

M (Una Ramera)
¿Hola?

Una voz en el teléfono (susurrando)
Hooollaaaaa.

M (Una Ramera)
¿Quién habla?

Una voz en el teléfono (susurrando)
¿Cómo? ¿No sabés quién habla?
Yo te conozco, y quiero una novia linda
como vos...

M (Una Ramera) (emulando a Mamá Cora)
¿Quién es?

Una voz en el teléfono (susurrando)
Alguien que quiere ser tu novio.
¿Querés ser mi novia linda?
¿Todavía no adivinaste quién soy?

Yo, entre la tara que me había agarrado (que no me permitía ni putear ni cortar), y la cucaracha que veía a lo lejos caminar, temblaba como una hoja en otoño y transpiraba como un jugador de fútbol.

Una voz en el teléfono (susurrando)
Hagamos así.
Pensá unos días qiuén soy
y te vuelvo a llamar.

Corté y me puse a llorar, obvio. Al ratito me recompuse del llanto, aunque seguía transpirada y temblando como nunca. Revisé que estuviera todo cerrado, me acosté en la cama y me tapé. Tenía un miedo tremendo, así que prendí la tele para despejarme un rato. ¡Aleluya! La solución a mis problemas estaba ahí: Narda Lepes cocinando con Kevin Johansen. Ver a dos fetiches juntos, dándose de comer el uno al otro, no sólo me hizo dejar de temblar, sino que además me proporcionó unos hermosos sueños.

Y a vos, llamador nocturno, te digo: ¡Zoquete! ¡Andá a telefonear a otra!

pd: agradezco a mi amiga Gi, que me llamó por teléfono y me dijo "no es nada, no es nada" hasta que dejé de llorar.

martes, 24 de febrero de 2009

Despedida

Son las 21:20 del día martes 24 de febrero de 2009. Aclaro esto porque si mañana (o pasado) no tienen noticias mias, quiero que sepan cuándo fue la última vez que estuve viva. Si no encuentran mi cuerpo, les doy algunas pistas: busquen debajo de todos los cacharros, vajillas y paquetes de comida que están desperdigados por la cocina. Si no estoy ahí, fíjense si no quedé atorada o enrollada en la cortina de la habitación.

Llegué a casa aproximadamente a las seis de la tarde. Me tocó trabajar en dos lugares, así que llegué cansada y con ganas de tirarme en la cama a ver la televisión. Era menester que el programa fue uno de “no pensar” (podía ser Rial o Los Simpsons, lo mismo daba). Apenas me recosté en la cama me sentí culpable. Desde la semana pasada tengo hecha una lista de “pendientes hogareños” y todavía no había tildado ningún item. Repasé la lista y decidí cuál sería mi primer objetivo: la cortina de rollo de la habitación se había roto hace mas de un mes y todavía no la habíamos arreglado. Así que la miré con el peor odio, y le dije: “Vos, pedazo de conchuda, a mi no me vas a ganar”.

La tarea fue complicada por demás: a la vez que acomodaba un lugar se rompía en otro, y mientras hacía fuerza en un lado se trababa del contrario. Utilicé toda la fuerza que tenía para acomodarla, que quedara pareja y, finalmente, logré enganchar el rollo entero. Cuando me diponía a dar los últimos toques antes de volver a poner la tapa, se volvió a romper, pero esta vez completamente. La habitación quedó sumida en la oscuridad total. Habían pasado dos horas desde que decidí arreglarla hasta que le di el parte de defunción definitivo. Se me llenaron los ojos de lágrimas (no sólo era la frustración, sino que además me había lastimado ambos brazos en la peripecia). Medio sollozando llamé al reparador que me informó la huevonada de dinero que me va a salir arreglarla. Abandoné la habitación oscura y me senté frente a la computadora a tratar de olvidar el altercado.

Pero las Rameras no nos rendimos fácilmente. O, mejor dicho, las Rameras somos idiotas. Mientras miraba cómo el fuego celestito iba calentando la pava donde reposaba el agua que luego ingeriría en el mate, me dije: “Pucha, un tropezón no es caída. ¿Por qué no te ponés a limpiar y reorganizar las alacenas de la cocina?”

Y es bien sabido que ordenar en profundidad tiene estas características:

• El vaciado de placares, armarios o alacenas lleva cinco o diez minutos tope.
• Esos cinco o diez minutos están plagados de excitación, energía, alegría y frenesí.
• Toda esa excitación, energía, alegría y frenesí que uno invirtió en el vaciado, eran necesarios para el resto de la actividad, pero se agotan ahí nomás, antes que uno pueda pueda empezar a pensar de qué manera reorganizará el lugar.

Todas esas características se cumplieron a la perfección, por lo que ahora, a cinco minutos de haber vaciado las alacenas, me encuentro vacía de energía, con el espacio que más habito del hogar dado vuelta, una habitación oscura y tenebrosa, y la extraña sensación de que si no muero perdida entre tanto cachivache desperdigado o atorada entre las tablas de la persiana, es seguro que muero de la depresión.

Como sea, sobreviva o no, les agradezco haber llegado hasta aquí.