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jueves, 27 de agosto de 2009

Rameritas malvadas

Lo que realmente nos mantenía unidas a mi amiga Camila y a mi, lo que nos hacía pesadamente inseparables, era la maldad.

Nuestra víctima mas importante fue Agostina. Desde el día que la conocimos, quedó pautado de manera implícita que nuestra misión en la vida era arruinarle la existencia a la otra.

Perpetrábamos los planes mas siniestros (y a la vez carentes de sentido) para que la pobre criatura sufriera y se hiciera macha. Pasábamos jornadas enteras elaborando maquiavélicos ataques que pocas veces llevábamos a cabo. Éramos Gargamel. Cerebro. The Misfits.

Por ejemplo, la primera vez que nos escapamos de la casa de Camila teníamos apenas siete añitos. Bajamos dos pisos por la escalera y dejamos en la casa de Agostina una carta anónima, de alto contenido violento. Lo que mas se destacaba era: "Te estamos espiando" y "Tenenos miedo". Volvimos a la casa de Camila y soportamos estoicamente el reto por la fuga. Al fin y al cabo, lo único que importaba era que la tonta de Agostina no podría salir nunca mas de su casa por el terror que habría inundado toda su apestosa existencia.

Pero como le sucedía a Gargamel en cada capítulo de Los Pitufos, no todo salió exactamente como lo habíamos planeado: a las dos horas de haber entregado el anónimo, la madre de Agostina tocó el timbre de la casa de Camila. El papel de carta de Frutillitas, y nuestra letra de primer grado, nos habían delatado.

Estuvimos cinco días en penitencia.


jueves, 29 de enero de 2009

Mi primera vez

Creo que nunca hablé de mi amiga Camila. Con mi amiga Camila nos conocimos cuando teníamos más o menos seis años. Vivíamos en el mismo edificio, con cinco pisos de diferencia. Como una pareja de ancianos, tenemos diferentes versiones sobre cómo nos conocimos. Ella dice que fue en el patio de Agostina (que también vivía en el edificio) y yo digo que fue en la vereda del edificio, donde todas las tardes de verano salíamos con nuestras madres a tomar el fresco.

Sin embargo, las dos coincidimos en algo: fue amor a primera vista. Desde aquella tarde calurosa en la que nos conocimos, nos volvimos culo y calzón. Vivir a un ascensor de treinta segundos nos facilitaba la amistad.

Cuando cumplimos doce años nos regalaron una bicicleta a cada una. Eran iguales, sólo que la mia era roja y la de ella plateada. A partir de ese día, tuvimos un verano de paseos en bicicleta ininterrumpidos. Salíamos a las dos de la tarde de la puerta del edificio, y volvíamos alrededor de las siete. Recorríamos los rincones más escondidos de Ramos Mejía, llevábamos sanguchitos para el camino, y cada dos por tres nos perdíamos.

Una tarde, habíamos parado en una esquina para descansar las piernas. Ahí estábamos, tentadas de la risa no me acuerdo por qué, cuando un auto frena cerca de la vereda y vemos que el vidrio se baja. Desde adentro, un señor medio gordito, se asoma, y pregunta: “¿Para ir a Liniers saben qué tengo que agarrar?”. Y yo carezco de sentido de la orientación, pero el camino a Liniers me lo conocía de memoria. Así que inflé el pecho y empecé a explicarle por dónde agarrar. En medio de la explicación, siento que Camila me codea una vez, no le doy bola, dos veces, no le doy bola, tres veces, y termino por mirarla. Cuando lo hago, me señala con los ojos y las cejas la entrepierna del gordito. Y ahí lo veo. Grande, achorizado, pelado, sacudido por la mano del rellenito. Nunca había visto una. Camila tampoco. Como soy muy educada me hago la boluda y sigo explicándole cómo llegar a Liniers. Pero mi cabeza alterna la mirada entre la chota y el gordito, la chota y el gordito. Hasta que pasa lo impensable. En una de las alternaciones de la mirada, quedo petrificada en el miembro del gordito, siento que me pongo toda pálida, y le vomito a través de la ventanilla. El gordito putea un poco, arranca rápido, y se va a la mierda, con el ganso al aire.

Camila y yo, nos tentamos de la risa.