Lo que realmente nos mantenía unidas a mi amiga Camila y a mi, lo que nos hacía pesadamente inseparables, era la maldad.
Nuestra víctima mas importante fue Agostina. Desde el día que la conocimos, quedó pautado de manera implícita que nuestra misión en la vida era arruinarle la existencia a la otra.
Perpetrábamos los planes mas siniestros (y a la vez carentes de sentido) para que la pobre criatura sufriera y se hiciera macha. Pasábamos jornadas enteras elaborando maquiavélicos ataques que pocas veces llevábamos a cabo. Éramos Gargamel. Cerebro. The Misfits.
Por ejemplo, la primera vez que nos escapamos de la casa de Camila teníamos apenas siete añitos. Bajamos dos pisos por la escalera y dejamos en la casa de Agostina una carta anónima, de alto contenido violento. Lo que mas se destacaba era: "Te estamos espiando" y "Tenenos miedo". Volvimos a la casa de Camila y soportamos estoicamente el reto por la fuga. Al fin y al cabo, lo único que importaba era que la tonta de Agostina no podría salir nunca mas de su casa por el terror que habría inundado toda su apestosa existencia.
Pero como le sucedía a Gargamel en cada capítulo de Los Pitufos, no todo salió exactamente como lo habíamos planeado: a las dos horas de haber entregado el anónimo, la madre de Agostina tocó el timbre de la casa de Camila. El papel de carta de Frutillitas, y nuestra letra de primer grado, nos habían delatado.
Estuvimos cinco días en penitencia.


