martes, 14 de octubre de 2008

Infierno paradisíaco

Yo lo había anticipado tiempo atrás: el nivel de tolerancia hacia mis compañeritas del gimnasio disminuía a la velocidad de la luz. Habiendo alcanzado el piso, y luego el subsuelo, decidí abandonar el gimnasio.

Como no quería abandonar el deporte, volví a mi primer amor: la natación. Pero volver a la pileta, y de esto me di cuenta el primer día que pisé el vestuario, es también descender al peor de los infiernos: el paraíso de las viejas en bolas.

Yo no sé, realmente, a qué persona se le puede pasar por la cabeza que está bien andar como Dios lo trajo al mundo delante de decenas de desconocidas. Quiero decir, cuando uno está solo en casa no hay nada más placentero que andar desnudo buscando un libro en la biblioteca o un dvd para mirar metido en la cama. No hay libertad más hermosa que sentir el vientito en el cuerpo desnudo y disfrutarlo. Pero seamos sinceros: ¿Cuántos de ustedes andan desnudos en su casa si están sus padres o los amigotes del novio? Ninguno señores. Y esto no es pacatería. Es una simple cuestión de ubicación o desubicación.

Yo estoy segura que las viejas se anotan en la pileta sólo para hacernos sufrir a los ubicados. Ese mundo de desubicadas goza caminando por todo el lugar con todo al aire. Yo digo, si hay cuartitos para cambiarse, si hay duchas con cortinas, ¿por qué necesitan andar en bolas? ¿Qué derecho tiene esa vieja sobre mi, para hacerme ver su concha peluda y sus tetas por la rodilla? ¿Quién le dijo que hacer eso estaba bien? ¿Por qué nadie se les abalanza con una toalla y se la coloca a modo de capita?

De última, y para no quedar tan asquerosamente intolerante, ponele que los cuartitos están ocupados, o que a las duchas se le cayeron todas las cortinas. Bueno, ponele que tenés que cambiarte delante de todas nosotras, que sin querer se te cae la toalla y te vemos un pecho. Bué, está bien, eso puedo aceptarlo. Pero no, estas viejas no se conforman con que veamos un pecho. Estas viejas dejan la toalla en el locker y se sacan la malla, van a la ducha desnudas, no cierran la cortinita mientras se bañan, vuelven al locker y agarran el peine, van hasta el espejo de la otra punta a peinarse. Dejan el peine frente el espejo. Vuelven al locker. Vuelven al espejo a buscar el peine olvidado. Vuelven al locker. Agarran la crema. Vuelven al espejo. Se pasan crema por todo el cuerpo y ponen cara de orgasmo. Vuelven al locker. Agarran el secador de pelo. Recorren el vestuario tratando de encontrar un enchufe. Enchufan. Desenchufan. Van a otro enchufe que acaba de desocuparse y tiene espejo, se secan el cabello, vuelven al locker, al espejo, se ponen desodorante, epejo, locker, peine, crema, se miran, se vuelven a peinar, se secan más el pelo, se hacen una cola de caballo, se la deshacen, locker, espejo, más crema, charla con otras viejas en bolas, peine, locker, espejo, crema, secador, bombacha. O sea, después de todo eso recién se ponen la bombacha. Y al rato el corpiño. Y yo, recién ahí, me tranquilizo.

Se piensan que están en una playa nudista. O que estamos en una quinta swinger. Se piensan que porque el vestuario es como un gran baño pueden hacer de él su paraíso. Yo nunca vi a mi abuela desnuda, y aunque la quiera mucho, de solo pensarlo me da escalofríos. Entonces no entiendo por qué tengo que soportarlas a ellas y su piel arrrugada y fea. Por qué tengo que ver abuelas ajenas desnudas. Que vayan a desnudarse frente a sus nietos. Habrase visto. Bastante tengo con mi propio complejo de ancianidad, como para duplicarlo y suicidarme a los treinta con tal de no llegar a eso. Si sigo viendo viejas en bolas me voy a morir. O no. Mejor las voy a matar a ellas. O no, muchísimo mejor: las voy a enmoñar con raso rojo, las voy a meter en un micro y se las voy a mandar de regalo a Rolando Hanglin. Y a la lona.

sábado, 11 de octubre de 2008

Son etapas

Hace algunos días, mientras hacía la cola en la carnicería, me puse a observar a una chica muy bonita. Tendría unos diecisiete años y estaba caracterizada de “flogger”. La miré unos minutos porque no entendía cómo hacía para ver con todo ese pelo en la cara. Además yo pensaba que los del pelo en la cara eran “emo”. La proliferación de estas categorías hace que yo pierda algún criterio de identificación por las mismas.

Al lado mio había una señora que también la miraba atentamente. Unos segundos más tarde, la chica se acercó hacia la señora y le entregó un paquete de fideos. Eran un par madre/ hija. La chica volvió a alejarse y yo me di vuelta para mirar a la madre.

Madre (con una risita tonta)
¿Vos viste lo que tiene puesto?

Una Ramera
Son etapas.

Más allá del comentario vejestorio, abuelístico y geronte que hice, es cierto que en estas últimas semanas estuve pensando un poco qué le anda pasando a la gente que tanto critica a floggers, emos o cuanto grupo adolescente anda suelto en la calle (o en internet).

Cuando yo era más joven, en Ramos se había puesto de moda ser rollinga o alternativo. Todos, absolutamente todos, habíamos elegido un bando. O tenías puesto un pañuelo hippie y el hachazo en la mitad de la frente, o llevabas puesta una pollera arriba del pantalón y te ibas de excursión a la Bond Street. Nadie nos preguntaba, en ese entonces, cuál era nuestra ideología ni por qué nos vestíamos de tal o cual manera. Mi madre sólo atinaba a reirse un poco de mi ridículo look. Y nada más.

Yo entonces me pregunto, ¿es que todos se olvidaron de su adolescencia? ¿Ninguno de todos estos criticones adoptó alguna moda o se hizo amigos de algún grupo como los rollingas o los alternativos?

Pareciera que ahora nadie usó horrendos pantalones nevados y hombreras. Don Cosme bailaba Tecnotronic. Me lo confesó, orgulloso de sus taradeces adolescentes, mientras me mostraba cómo era el paso. Ahora resulta que nadie bailaba “Provócame” con el pasito que pululaba en todos los boliches. Nadie escuchaba Ace of Base. Nadie usó anteojos de color amarillo o rojo, nadie se puso vestidos bobos ni conjuntos de siré, zuecos o sandalias franciscanas.

Parecen viejos chotos. Me hacen acordar a los abuelos que rezan que todo tiempo pasado fue mejor, que la juventd está perdida, que estos grupos son el cáncer de la sociedad, que no se puede creer tanta estupidez junta. Ahora pareciera ser que todos fuimos inteligentes toda la vida y nunca hicimos tonterías juveniles. Ahora todos se olvidan que en un momento todos quisimos ser parte de Jugate Conmigo. ¡Por favor!

Cuando voy a Ramos veo que ya no quedan flequillos, ni rosarios, ni aros con plumas. Mis rollingas y alternativos ahora son sujetos con trajecitos azul marino, trabajos en bancos y oficinas, camperas con peluche en la capucha y pantalones chupines, botas de lluvia en un día de sol, paseos por Palermo Soho, camisa escocesa, calza y el azul eléctrico, la seriedad a la mañana muy temprano, el cansancio del lunes por la noche, la depresión del domingo por la tarde, el “todo tiempo pasado fue mejor”, “a tu edad yo jugaba con muñecas”, “en el mundo está todo dado vuelta”.

Y qué querés que te diga, yo veo todas esas cosas y me amargo. Pero veo a un “flogger” bailando ese paso dificilísimo y se me dibuja una sonrisa. Qué le voy a hacer. Soy así.

Una cosa más. Para todos aquellos que se preguntan si Cumbio es hombre o mujer, yo les digo: me hacen acordar a mi abuela, que cada vez que veía un hombre con pelo largo preguntaba si era un femenino o un masculino. “¡Pero parecen nenas! ¿Cómo se van a hacer eso en la cabeza?”.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Injusticia abuelar

Mi madre es una enferma de la limpieza. O, por lo menos, alguna vez lo fue.

Para ella, hay indicios pequeños pero sustanciosos que informan sobre el nivel de limpieza que hay en un hogar: que el piso esté barrido, el trapo de la cocina limpio y escurrido y la cocina brillante.

Siempre tuvo que luchar conmigo que soy desordenada y vaga. El trapo de mi casa, a pesar de estar sumergido sendas horas en lavandina y detergente, siempre sale manchado y a las dos horas apesta a humedad. Me da una fiaca tremenda limpiar la cocina y cuando lo hago siempre termino rayándola porque le tengo que dar con virulana para sacar las cebollas quemadas y pegadas que hay en las hornallas. Y no sé barrer. Directamente no sé. No entiendo el mecanismo del barrido y envidio a la gente que barre y se lleva al tacho de la basura toda la tierra y migas que había en el piso. A mi me resulta imposible.

Toda la vida mi madre trató de inculcarme el valor de la limpieza en el hogar. Pero yo nunca quise aprender a fondo.

Cuando fuimos por primera vez al departamento de Ramos Mejía, yo tenía cinco años. Estábamos conociéndolo un poco antes de mudarnos. Yo estaba asombrada porque jamás había ido a un edificio, y mucho menos había visto una ciudad desde un quinto piso.

Estábamos mi mamá, mi hermana y yo. Ellas limpiaban y yo observaba la cantidad de edificios que había en nuestro nuevo barrio. Habían llevado mate para tomar en los descansos de la limpieza. Mi mamá tenía una azucarera/yerbera colorada de plástico.

Recuerdo que yo la miraba de lejos y sentía que el objeto me llamaba, reluciente, para que yo fuera a jugar con el. Tardé unos minutos en pensar a qué podía jugar con la azucarera. Hasta que lo descubrí: ba a jugar a Caperucita Roja. Pero solo la parte en que la niña pasea por el bosque y junta frutas con su canasto. Me acerqué al "canasto" y lo tomé, triunfante.

Empecé a saltar por todo el departamento revoleando la supuesta canastita y cantando alguna canción infantil que por suerte ahora no recuerdo. Y entonces sucedió lo fatal.

Mi hermana y mi mamá estaban terminando de limpiar el baño, que era lo último que quedaba sucio. Y entonces, jugando a Caperucita, saltando con el canastito lleno de yerba y azúcar, me tropecé y se me cayó la azucarera. Y se desparramó azúcar. Y yerba. Y el canastito quedó dando vueltas, vacío, en el piso. Vi que mi mamá se asomaba por la puerta del baño. Y supe que moriría.

Recuerdo los ojos de mi madre saliendo de su órbita y la expresión de mi hermana tratando de contener la risa.

Yo me largué a llorar, que siempre fue la solución que adopté a lo largo de mi vida. Mi madre me pegó el grito de mi vida. Y nada más. Fue casi un milagro. Creo que estaba tan contenta por la mudanza que nada podía opacar su felicidad.

Pero las señoras madres, a la hora de ser abuelas, se olvidan se aquellas mañas con las que nos torturaron la vida entera. Hace algunos días vi que mi sobrino estaba con un tupper lleno de fideos caminando por toda mi casa. Las imágenes del episodio Caperucita vinieron a mi cabeza y decidí arrancarle con violencia inusitada el contenedor de su mano. Él, claro, se largó a llorar.

Mamá
¿Por qué le sacás eso?
¿No ves que está jugando?

M. (Una Ramera)
Pero se le puede volcar y va a ensuciar todo.

Mamá
¡Pero es una criatura! ¡Dejalo que ensucie!

Y yo me voy, cabizbaja, pensando. No es justo, no es nada justo.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Una perla Rastrojera

Fijate por favor, qué lindos quedan los Rastrojeros en la puerta del MALBA.

Y fijate ahora, ese que está ahí, que muere por salir en la foto, ese es el señor que vive conmigo.

Foto. Claudio Herdener.

viernes, 5 de septiembre de 2008

La muchacha de las monedas

Los principios de mes son muy complicados a nivel monetario.

Sin embargo, cada vez que tengo que ir a pagar alguna factura al PF que hay a la vuelta de mi casa, yo me pongo contenta.

Y es que la señora que atiende es tan pero tan pero tan buena, que si le pagás una cuenta de $1 con un billete de $100 empieza a contar el cambio para darte el vuelto sin hacer ni una mueca de antipatía.

Y si encima le pedís el favor de que te de algunas monedas, saca de su cajoncito montones de pilas a estrenar y te da $97 en reliquias para el colectivo.

Y aparte, para terminar, y mientras te da TODAS esas monedas, te pide perdón porque no puede darte $99, se pone colorada, y te da un billete de $2.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Crónica de un cumpleaños angustioso

Domingo 31 de agosto de 2008

00 hs. En el medio de una película divertidísima y una picada exquisita, miro atentamente al señor que vive conmigo. No registra mi mirada. Me angustio.

00:05 hs. Vuelvo a mirar al señor que vive conmigo. “Qué”, me dice. No le contesto. Me levanto, agarro el reloj despertador y se lo revoleo. “¡Feliz cumple! Ahora ya estás vieja”. Me angustio. Me da besos y abrazos. Y regalos. Por segundo año consecutivo me regala ropa hermosa, pero gigante. Me pongo contenta porque significa que no es que estoy gorda, sino que él me ve gorda. “Estás vieja”. Me angustio.

04 hs. Me despierto sobresaltada. Soñar con épocas en las que tenía dieciocho es perjudicial para la salud. Me angustio.

09:30 hs. Suena el despertador. Lo revoleo. Sacudo al señor que vive conmigo descaradamente. El objetivo es que se despierte, compre facturas, el diario, haga mate y me traiga todo a la cama. “¿No vas a comprar el diario?”, me dice con vos remolona. No puedo negarme. En la panadería, lloro.

11:30 hs. Preparo ensaladas varias en la cocina. El señor que vive conmigo tendría que empezar a preparar el asado. Sin embargo, está tirado en la cama leyendo y releyendo la nota que de él salió en el diario. Me pongo nerviosa. Los ojos, colorados.

11:31 hs. Voy a la habitación. Pregunto cuándo va a empezar con el asado. “Ya va”. Vuelvo a la cocina.

11:35 hs. Voy a la habitación y me llevo el mate y las facturas a la cocina. Ahora que está desprovisto de alimentos se va a levantar.

11:45 hs. El señor que vive conmigo sigue leyendo su noticia.

12:30 hs. Estoy desesperada. En media hora llegan mis padres, hermano, cuñada y sobrino. Si todo sigue así, habrá almuerzo vegetariano. El señor que vive conmigo, tranquilo, se levanta.

12:45 hs. Miro desde la cocina al señor que vive conmigo, que está empezando a prender el fuego. Tiene un diario viejo en la mano. Antes de hacer bollos de papel con las hojas, las lee. ¡Las lee! ¡Una por una!.

13 hs. Llega la familia ramera. Mi padre trae un paquete enorme. Aspiradora. Era el sueño de mi vida. La usurpadora y yo se lo agradecemos con el corazón. Lloro de la emoción.

14 hs. Hace un calor insoportable. El patio está lleno de humo. Preparé la mesa en el lugar con más sol. El carbón levanta temperaturas altísimas. Y claro, explota un pedazo de patio. Sí. Eso. Explota un pedazo de patio. Salen volando por el aire pedazos de cemento y carbón. Mi madre se enoja. Mi sobrino grita porque tiene miedo. Mi hermano se ríe. El señor que vive conmigo se lamenta porque se está quemando el tapizado de las sillas. Mi padre lee el diario. Mi cuñada consuela a mi sobrino. Yo me pongo a llorar.

17 hs. Mi madre trae la torta y me cantan el “Que los cumplas feliz”. Pido mis deseos: ser lampiña, adelgazar y ganarme la lotería. Mi sobrino se larga a llorar porque le da terror el cántico. Yo me contagio.

17:30 hs. Todo muy lindo, rico el asado, hermosas las cortinas. Mi familia, finalmente, se va. Tengo que ordenar todo.

18 hs. Llega una amiga. Me trae uno de esos cosos pinchosos para hacer masajes en la cabeza. Chusmeteamos mientras yo limpio el patio. Me faltan los ruleros y puedo recibirme de abuela oficialmente.

19 hs. El señor que vive conmigo se va a trabajar a la obra de teatro. Mi amiga y yo nos estacionamos cantidad de horas en la página web de un sex shop para hacer listas de compras en las que jamás tacharemos un ítem. 38 x 8 nos parece un exceso.

20 hs. Mi amiga me cuenta que un muchacho le propuso hacer un trío con otro hombre. Yo le digo que para mi que se la come. Ella se horroriza.

22 hs. Vuelve el señor que vive conmigo y confirma que el del trío dos hombres una mujer propuesto precisamente por un hombre es, sin lugar a dudas, con total convicción, un comilón de aquellos.

23 hs. Mi amiga está triste porque se enganchó con uno binorma. Yo le digo que agarre y vaya igual. Total, no pierde nada. Su novio la pasa a buscar.

24 hs. “Ahora sos incluso más vieja. 25 y un rato”. Me angustio. Caigo rendida a la cama. Las sábanas tienen olor a asado. Me quedo dormida con las lágrimas en los cachetes.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

No tan perfecta

Estaba leyendo esto y me acordé de algo que no deja de impresionarme día a día.

Cuando uno tiene un trabajo fijo con un horario fijo toma el colectivo a la misma hora todos los días. Es así como empieza a reconocer a los pasajeros que también tienen un trabajo fijo, con horario fijo y toman el colectivo a la misma hora todos los días.

Los hay de todo tipo: si es muy temprano hay cantidad de obreros recién "duchados" o alumnos con cosas inexplicables en las comisuras de los labios.

Pero también están ellas, que viajan tipo nueve y media de la mañana. Son las chicas que trabajan en oficinas, se visten hermosamente y siempre están impecables delante de una, que todavía tiene surcos en los cachetes por culpa de la almohada.

Siempre las envidié con maldad infinita, les deseé que un auto las salpicara con el agua de un charco mugriento o que el taco altísimo se les rompa y se mancharan su divina camisa blanca. Pero claro, estas cosas nunca pasan.

Sin embargo, de vez en cuando aparece una de esas yeguas que comete algún error, alguna cuestión imperdonable: hace varias semanas que observo deliberadamente a una de esas perfectas. Hoy por la mañana, la perfecta cometió el error que la enterraría de por vida en el infierno de las desubicadas.

Porque la perfecta, hoy por la mañana, en el viaje en colectivo, frente a todos los pasajeros, peló la pincita de depilar y se arrancó los bigotes.

Amén.