Yo lo había anticipado tiempo atrás: el nivel de tolerancia hacia mis compañeritas del gimnasio disminuía a la velocidad de la luz. Habiendo alcanzado el piso, y luego el subsuelo, decidí abandonar el gimnasio.
Como no quería abandonar el deporte, volví a mi primer amor: la natación. Pero volver a la pileta, y de esto me di cuenta el primer día que pisé el vestuario, es también descender al peor de los infiernos: el paraíso de las viejas en bolas.
Yo no sé, realmente, a qué persona se le puede pasar por la cabeza que está bien andar como Dios lo trajo al mundo delante de decenas de desconocidas. Quiero decir, cuando uno está solo en casa no hay nada más placentero que andar desnudo buscando un libro en la biblioteca o un dvd para mirar metido en la cama. No hay libertad más hermosa que sentir el vientito en el cuerpo desnudo y disfrutarlo. Pero seamos sinceros: ¿Cuántos de ustedes andan desnudos en su casa si están sus padres o los amigotes del novio? Ninguno señores. Y esto no es pacatería. Es una simple cuestión de ubicación o desubicación.
Yo estoy segura que las viejas se anotan en la pileta sólo para hacernos sufrir a los ubicados. Ese mundo de desubicadas goza caminando por todo el lugar con todo al aire. Yo digo, si hay cuartitos para cambiarse, si hay duchas con cortinas, ¿por qué necesitan andar en bolas? ¿Qué derecho tiene esa vieja sobre mi, para hacerme ver su concha peluda y sus tetas por la rodilla? ¿Quién le dijo que hacer eso estaba bien? ¿Por qué nadie se les abalanza con una toalla y se la coloca a modo de capita?
De última, y para no quedar tan asquerosamente intolerante, ponele que los cuartitos están ocupados, o que a las duchas se le cayeron todas las cortinas. Bueno, ponele que tenés que cambiarte delante de todas nosotras, que sin querer se te cae la toalla y te vemos un pecho. Bué, está bien, eso puedo aceptarlo. Pero no, estas viejas no se conforman con que veamos un pecho. Estas viejas dejan la toalla en el locker y se sacan la malla, van a la ducha desnudas, no cierran la cortinita mientras se bañan, vuelven al locker y agarran el peine, van hasta el espejo de la otra punta a peinarse. Dejan el peine frente el espejo. Vuelven al locker. Vuelven al espejo a buscar el peine olvidado. Vuelven al locker. Agarran la crema. Vuelven al espejo. Se pasan crema por todo el cuerpo y ponen cara de orgasmo. Vuelven al locker. Agarran el secador de pelo. Recorren el vestuario tratando de encontrar un enchufe. Enchufan. Desenchufan. Van a otro enchufe que acaba de desocuparse y tiene espejo, se secan el cabello, vuelven al locker, al espejo, se ponen desodorante, epejo, locker, peine, crema, se miran, se vuelven a peinar, se secan más el pelo, se hacen una cola de caballo, se la deshacen, locker, espejo, más crema, charla con otras viejas en bolas, peine, locker, espejo, crema, secador, bombacha. O sea, después de todo eso recién se ponen la bombacha. Y al rato el corpiño. Y yo, recién ahí, me tranquilizo.
Se piensan que están en una playa nudista. O que estamos en una quinta swinger. Se piensan que porque el vestuario es como un gran baño pueden hacer de él su paraíso. Yo nunca vi a mi abuela desnuda, y aunque la quiera mucho, de solo pensarlo me da escalofríos. Entonces no entiendo por qué tengo que soportarlas a ellas y su piel arrrugada y fea. Por qué tengo que ver abuelas ajenas desnudas. Que vayan a desnudarse frente a sus nietos. Habrase visto. Bastante tengo con mi propio complejo de ancianidad, como para duplicarlo y suicidarme a los treinta con tal de no llegar a eso. Si sigo viendo viejas en bolas me voy a morir. O no. Mejor las voy a matar a ellas. O no, muchísimo mejor: las voy a enmoñar con raso rojo, las voy a meter en un micro y se las voy a mandar de regalo a Rolando Hanglin. Y a la lona.
Como no quería abandonar el deporte, volví a mi primer amor: la natación. Pero volver a la pileta, y de esto me di cuenta el primer día que pisé el vestuario, es también descender al peor de los infiernos: el paraíso de las viejas en bolas.
Yo no sé, realmente, a qué persona se le puede pasar por la cabeza que está bien andar como Dios lo trajo al mundo delante de decenas de desconocidas. Quiero decir, cuando uno está solo en casa no hay nada más placentero que andar desnudo buscando un libro en la biblioteca o un dvd para mirar metido en la cama. No hay libertad más hermosa que sentir el vientito en el cuerpo desnudo y disfrutarlo. Pero seamos sinceros: ¿Cuántos de ustedes andan desnudos en su casa si están sus padres o los amigotes del novio? Ninguno señores. Y esto no es pacatería. Es una simple cuestión de ubicación o desubicación.
Yo estoy segura que las viejas se anotan en la pileta sólo para hacernos sufrir a los ubicados. Ese mundo de desubicadas goza caminando por todo el lugar con todo al aire. Yo digo, si hay cuartitos para cambiarse, si hay duchas con cortinas, ¿por qué necesitan andar en bolas? ¿Qué derecho tiene esa vieja sobre mi, para hacerme ver su concha peluda y sus tetas por la rodilla? ¿Quién le dijo que hacer eso estaba bien? ¿Por qué nadie se les abalanza con una toalla y se la coloca a modo de capita?
De última, y para no quedar tan asquerosamente intolerante, ponele que los cuartitos están ocupados, o que a las duchas se le cayeron todas las cortinas. Bueno, ponele que tenés que cambiarte delante de todas nosotras, que sin querer se te cae la toalla y te vemos un pecho. Bué, está bien, eso puedo aceptarlo. Pero no, estas viejas no se conforman con que veamos un pecho. Estas viejas dejan la toalla en el locker y se sacan la malla, van a la ducha desnudas, no cierran la cortinita mientras se bañan, vuelven al locker y agarran el peine, van hasta el espejo de la otra punta a peinarse. Dejan el peine frente el espejo. Vuelven al locker. Vuelven al espejo a buscar el peine olvidado. Vuelven al locker. Agarran la crema. Vuelven al espejo. Se pasan crema por todo el cuerpo y ponen cara de orgasmo. Vuelven al locker. Agarran el secador de pelo. Recorren el vestuario tratando de encontrar un enchufe. Enchufan. Desenchufan. Van a otro enchufe que acaba de desocuparse y tiene espejo, se secan el cabello, vuelven al locker, al espejo, se ponen desodorante, epejo, locker, peine, crema, se miran, se vuelven a peinar, se secan más el pelo, se hacen una cola de caballo, se la deshacen, locker, espejo, más crema, charla con otras viejas en bolas, peine, locker, espejo, crema, secador, bombacha. O sea, después de todo eso recién se ponen la bombacha. Y al rato el corpiño. Y yo, recién ahí, me tranquilizo.
Se piensan que están en una playa nudista. O que estamos en una quinta swinger. Se piensan que porque el vestuario es como un gran baño pueden hacer de él su paraíso. Yo nunca vi a mi abuela desnuda, y aunque la quiera mucho, de solo pensarlo me da escalofríos. Entonces no entiendo por qué tengo que soportarlas a ellas y su piel arrrugada y fea. Por qué tengo que ver abuelas ajenas desnudas. Que vayan a desnudarse frente a sus nietos. Habrase visto. Bastante tengo con mi propio complejo de ancianidad, como para duplicarlo y suicidarme a los treinta con tal de no llegar a eso. Si sigo viendo viejas en bolas me voy a morir. O no. Mejor las voy a matar a ellas. O no, muchísimo mejor: las voy a enmoñar con raso rojo, las voy a meter en un micro y se las voy a mandar de regalo a Rolando Hanglin. Y a la lona.




