Luego de una breve pero incómoda estadía en la sala de espera, entraron de la mano a la habitación: era la primera vez que iban a encamarse. Ella sonreía, él estaba transpirado de antemano. No jugaron con las luces, ni asaltaron la heladerita ni se preguntaron qué era esa estructura de metal tan parecida a una bicicleta fija pero sin asiento. Para decirlo de otro modo: ni bien entraron al cuarto, fueron directo a los bifes. Nada de picada.
Apenas acabaron, él pegó un salto y se levantó de la cama: no dio tiempo ni para el cigarrillo. Dijo "Me voy a dar una ducha" y ella, que conocía la historia de nuestra abandonada amiga anterior, ni amenazó con acurrucarse en ningún lado. De ser necesario, se hubiera colocados dos escarbadientes en los ojos para no quedarse dormida.
Cuando salió del baño, él empezó a cambiarse. Ella preguntó "Qué hacés" con un tono mimoso que pretendía ser la invitación para el segundo polvo, pero él contestó "¿Vamos?". Sorprendida, ella se levantó y empezó a cambiarse también. Supuso, por supuesto, que siendo las diez de la noche, iban a cenar a algún lado. Después de todo, los dos habían comentado, en alguna charla previa, cuánta razón tenía Fontanarrosa cuando escribió "El mundo ha vivido equivocado".
Sin embargo, la que se equivocó fue ella, porque ni bien llegaron a la puerta de entrada del hotel alojamiento, él le dio un beso en el cachete, le dijo "Tomate un taxi que ya es medio de noche y es peligroso" y se alejó, fumándose un cigarrillo que se extinguió antes de llegar a la esquina, junto a él, que se fundió con la oscuridad y desapareció.
Cuando salió del baño, él empezó a cambiarse. Ella preguntó "Qué hacés" con un tono mimoso que pretendía ser la invitación para el segundo polvo, pero él contestó "¿Vamos?". Sorprendida, ella se levantó y empezó a cambiarse también. Supuso, por supuesto, que siendo las diez de la noche, iban a cenar a algún lado. Después de todo, los dos habían comentado, en alguna charla previa, cuánta razón tenía Fontanarrosa cuando escribió "El mundo ha vivido equivocado".
Sin embargo, la que se equivocó fue ella, porque ni bien llegaron a la puerta de entrada del hotel alojamiento, él le dio un beso en el cachete, le dijo "Tomate un taxi que ya es medio de noche y es peligroso" y se alejó, fumándose un cigarrillo que se extinguió antes de llegar a la esquina, junto a él, que se fundió con la oscuridad y desapareció.


