viernes, 27 de febrero de 2009

Una voz en el teléfono

Primero, pongámonos en situación.

Es jueves. Son las doce y media de la noche (aquí el que quiera puede decir que ya era viernes, me da igual). Visto un pijama espantoso (digno de la vida de soltera), y estoy acostada en la cama leyendo un libro (Villa Celina, de Juan Diego Incardona, altamente recomendable). Escucho Aspen (soy fanática de Aspen, lo confieso mientras de autoflagelo). El señor que vive conmigo está de viaje (y no me ha llamado en cinco días, pero esa es otra historia).

Suena el teléfono.

Pausa. A la tarde había venido una amiga a casa. Tenía una cita por la noche, así que estaba segura que la del teléfono era ella y que algo había salido mal (era temprano para terminar una cita tan esperada).

M (Una Ramera)
¿Hola?

Una voz en el teléfono (susurrando)
Hooollaaaaa.

M (Una Ramera)
¿Quién habla?

Una voz en el teléfono (susurrando)
¿Cómo? ¿No sabés quién habla?
Yo te conozco, y quiero una novia linda
como vos...

M (Una Ramera) (emulando a Mamá Cora)
¿Quién es?

Una voz en el teléfono (susurrando)
Alguien que quiere ser tu novio.
¿Querés ser mi novia linda?
¿Todavía no adivinaste quién soy?

Yo, entre la tara que me había agarrado (que no me permitía ni putear ni cortar), y la cucaracha que veía a lo lejos caminar, temblaba como una hoja en otoño y transpiraba como un jugador de fútbol.

Una voz en el teléfono (susurrando)
Hagamos así.
Pensá unos días qiuén soy
y te vuelvo a llamar.

Corté y me puse a llorar, obvio. Al ratito me recompuse del llanto, aunque seguía transpirada y temblando como nunca. Revisé que estuviera todo cerrado, me acosté en la cama y me tapé. Tenía un miedo tremendo, así que prendí la tele para despejarme un rato. ¡Aleluya! La solución a mis problemas estaba ahí: Narda Lepes cocinando con Kevin Johansen. Ver a dos fetiches juntos, dándose de comer el uno al otro, no sólo me hizo dejar de temblar, sino que además me proporcionó unos hermosos sueños.

Y a vos, llamador nocturno, te digo: ¡Zoquete! ¡Andá a telefonear a otra!

pd: agradezco a mi amiga Gi, que me llamó por teléfono y me dijo "no es nada, no es nada" hasta que dejé de llorar.

martes, 24 de febrero de 2009

Despedida

Son las 21:20 del día martes 24 de febrero de 2009. Aclaro esto porque si mañana (o pasado) no tienen noticias mias, quiero que sepan cuándo fue la última vez que estuve viva. Si no encuentran mi cuerpo, les doy algunas pistas: busquen debajo de todos los cacharros, vajillas y paquetes de comida que están desperdigados por la cocina. Si no estoy ahí, fíjense si no quedé atorada o enrollada en la cortina de la habitación.

Llegué a casa aproximadamente a las seis de la tarde. Me tocó trabajar en dos lugares, así que llegué cansada y con ganas de tirarme en la cama a ver la televisión. Era menester que el programa fue uno de “no pensar” (podía ser Rial o Los Simpsons, lo mismo daba). Apenas me recosté en la cama me sentí culpable. Desde la semana pasada tengo hecha una lista de “pendientes hogareños” y todavía no había tildado ningún item. Repasé la lista y decidí cuál sería mi primer objetivo: la cortina de rollo de la habitación se había roto hace mas de un mes y todavía no la habíamos arreglado. Así que la miré con el peor odio, y le dije: “Vos, pedazo de conchuda, a mi no me vas a ganar”.

La tarea fue complicada por demás: a la vez que acomodaba un lugar se rompía en otro, y mientras hacía fuerza en un lado se trababa del contrario. Utilicé toda la fuerza que tenía para acomodarla, que quedara pareja y, finalmente, logré enganchar el rollo entero. Cuando me diponía a dar los últimos toques antes de volver a poner la tapa, se volvió a romper, pero esta vez completamente. La habitación quedó sumida en la oscuridad total. Habían pasado dos horas desde que decidí arreglarla hasta que le di el parte de defunción definitivo. Se me llenaron los ojos de lágrimas (no sólo era la frustración, sino que además me había lastimado ambos brazos en la peripecia). Medio sollozando llamé al reparador que me informó la huevonada de dinero que me va a salir arreglarla. Abandoné la habitación oscura y me senté frente a la computadora a tratar de olvidar el altercado.

Pero las Rameras no nos rendimos fácilmente. O, mejor dicho, las Rameras somos idiotas. Mientras miraba cómo el fuego celestito iba calentando la pava donde reposaba el agua que luego ingeriría en el mate, me dije: “Pucha, un tropezón no es caída. ¿Por qué no te ponés a limpiar y reorganizar las alacenas de la cocina?”

Y es bien sabido que ordenar en profundidad tiene estas características:

• El vaciado de placares, armarios o alacenas lleva cinco o diez minutos tope.
• Esos cinco o diez minutos están plagados de excitación, energía, alegría y frenesí.
• Toda esa excitación, energía, alegría y frenesí que uno invirtió en el vaciado, eran necesarios para el resto de la actividad, pero se agotan ahí nomás, antes que uno pueda pueda empezar a pensar de qué manera reorganizará el lugar.

Todas esas características se cumplieron a la perfección, por lo que ahora, a cinco minutos de haber vaciado las alacenas, me encuentro vacía de energía, con el espacio que más habito del hogar dado vuelta, una habitación oscura y tenebrosa, y la extraña sensación de que si no muero perdida entre tanto cachivache desperdigado o atorada entre las tablas de la persiana, es seguro que muero de la depresión.

Como sea, sobreviva o no, les agradezco haber llegado hasta aquí.

Terror

Las últimas semanas estuve viendo mucha uña esculpida, bastantes sacos blancos (símil Sergio Denis) y demasiados pelados con colita.

¿Están volviendo los ´90?

lunes, 23 de febrero de 2009

Fea persona

Le tengo muy poco respeto a la globología.

El Hacker III

A dice: ¿Cómo es eso que me decías ayer de Camioncito?
M dice: ¿Qué cosa?
A dice: ¿Ya te olvidaste bolas? Que te pasaban cosas.
M dice: Bueno, eso.
A dice: Pero explicame bien. Porque ¿qué harías con el señor que vive con vos si seguís sintiendo cosas por Camioncito? ¿Le vas a decir?
M dice: No, no sé...
A dice: Pero dale boluda, hacete cargo. Si te pasan cosas con Camioncito lo mejor es que pelees por su amor.
M dice: Es que es complicado.
A dice: ¿Pero estás o no enamorada de Camioncito?
M dice: Puede ser.
A dice: ¿Y entonces? ¿Qué vas a hacer con el señor que vive con vos?
M dice: No sé. Tengo que pensar.
A dice: ¿Y con la nena? ¿Qué vas a hacer? ¿Con quién de los dos viviría? ¿Vos pensás que se puede adaptar así nomás a ser hermanita del hijo de Camioncito?
M dice: ¿Qué nena?
A dice: ¿Pero sos idiota? ¿Cómo que qué nena? Tu HIJA.

M se ha desconectado.

(cinco minutos mas tarde) M ha iniciado sesión.

A dice: ¿Y? ¿Te vas a hacer cargo o no?
M dice: ¿De qué?
A dice: De que no sos M, pelotudo. ¿Qué te creés? ¿Qué no me di cuenta que no sos M? Camioncito, tenés que crecer algún día.
M dice: ¿Entonces M no tiene ninguna hija? ¿Ni está enamorada de mi?
A dice: No, tarado.

A se ha desconectado.

Mientras cerraba la cuenta de mi amiga A, ella cebaba mates y trataba de no atragantarse cada vez que Camioncito caía como un chorlito. Yo, en cambio, me preguntaba qué se le podría haber pasado por la cabeza a este pibe, por qué tendría ganas de joderme la vida y, lo más importante, en qué momento de mi estúpida adolescencia decidí darle la contraseña de mi mail a mi novio, para nunca mas cambiarla.

viernes, 20 de febrero de 2009

El Hacker II

Lo primero que hice fue llamar a mi amiga A para que me contara, con lujo de detalles, qué había hablado con mi falso yo. A estaba acongojada. Pero no por no haberse dado cuenta que no hablaba conmigo, sino porque ella estaba concentrada en un detalle mas importante: la falsa ramera le había pedido cámara, y la muy mamotreta había aceptado. Esto es: había estado media hora hablando con una falsa ramera, y además había hecho morisquetas, había mostrado unas pinturas que está haciendo y había enseñando algunos pasos de moda.

Mentalmente yo coleccionaba los datos que A me lanzaba: le había pedido cámara, le había dicho Marta, había nombrado la palabra "papota", la había mandado a ver un video de unas viejas que bailaban el hula hula y había nombrado cosas muy localistas como La Diva y Pinar de Rocha.

Cuando corté el teléfono, anoté todos estos datos en una hojita y me quedé como un científico loco, dando vueltas por la isla de edición tratando de develar quién en el mundo puede andar con tanto tiempo al pedo. ¡Eureka! Tardé diez minutos en descubrir quién había entrado a mi cuenta, pero me da vergüenza haber tardado tanto. Sólo una persona en el mundo puede, en una misma conversación, utilizar las palabras: Marta y papota.

No tenía ninguna duda, aunque ahora tenía que planear qué iba a hacerle a cambio. El chistecito de entrar en mi cuenta no le iba a resultar gratis. Y sabía dónde podía dolerle mas, así que fui derechito a ese lugar.

Marqué un número de teléfono y le dije a mi amiga A: "Fue Camioncito. ¿Me ayudás a hacerle algo?".

¡Feliz cumpleaños!

Pese a mis reservas en el ambiente político, no puedo dejar de contarles (por si no se enteraron), que ayer fue el cumpleaños de nuestra señora presidente.

Tal vez para ustedes haya sido un día mas en la vida, como también lo fue para mi. Pero tienen que entender, y aquí pido especial atención, que para el señor que vive conmigo ayer fue un día sumamente importante.

Porque ayer, justamente, tuvo una reunión en la Quinta de Olivos, y al finalizar la reunión fue con su amigo a desearle feliz cumpleaños a la presidente, le dio un besito y le regaló lo que seguramente para Cristina sea el obsequio del año (o, tal vez, de su vida): su película.

Y sí, se cae de maduro, aunque en la foto no se vea, mi querido estaba en ojotas.