lunes, 2 de febrero de 2009

Gurrumines de excursión

Una vez, cuando éramos gurrumines inocentones, el colegio nos puso un moño de regalo y nos envió a una conocidísima empresa láctea, para que conociéramos las instalaciones y aprendiéramos, de una vez por todas, de dónde venía la leche que tomábamos todas las mañanas.

El paseo era hermoso: había vacas y vaquitas (todas blancas y negras, claro, porque eran lecheras), escenas de ordeñe y grandes estanques de dulce de leche. En la fábrica se respiraba el olor matinal de cada uno de nuestros hogares, pero potenciado a la enésima. Los compañeros sospechábamos que allí también habría duendecillos y enanos que fabricarían los mas exquisitos yogures y las más ricas chocolatadas. Era el lugar perfecto.

Cuando terminó el paseo, la amable gente del lugar (nosotros insitíamos en que eran enanos y duendecillos disfrazados de gente mayor) entregaron a las maestras una buena cantidad de cajas con dulces de leche y postrecitos para nosotros, los gurrumines inocentones.

Así que cuando llegamos al colegio, excitados pero a la vez cansados, fuimos pasando de a uno a buscar nuestro mágico regalito. Cuando los fuimos recibiendo, un cachetazo a nuestra inocencia se produjo sin preámbulos: absolutamente todos los productos que nos habían dado, estaban vencidos.

sábado, 31 de enero de 2009

jueves, 29 de enero de 2009

Mi primera vez

Creo que nunca hablé de mi amiga Camila. Con mi amiga Camila nos conocimos cuando teníamos más o menos seis años. Vivíamos en el mismo edificio, con cinco pisos de diferencia. Como una pareja de ancianos, tenemos diferentes versiones sobre cómo nos conocimos. Ella dice que fue en el patio de Agostina (que también vivía en el edificio) y yo digo que fue en la vereda del edificio, donde todas las tardes de verano salíamos con nuestras madres a tomar el fresco.

Sin embargo, las dos coincidimos en algo: fue amor a primera vista. Desde aquella tarde calurosa en la que nos conocimos, nos volvimos culo y calzón. Vivir a un ascensor de treinta segundos nos facilitaba la amistad.

Cuando cumplimos doce años nos regalaron una bicicleta a cada una. Eran iguales, sólo que la mia era roja y la de ella plateada. A partir de ese día, tuvimos un verano de paseos en bicicleta ininterrumpidos. Salíamos a las dos de la tarde de la puerta del edificio, y volvíamos alrededor de las siete. Recorríamos los rincones más escondidos de Ramos Mejía, llevábamos sanguchitos para el camino, y cada dos por tres nos perdíamos.

Una tarde, habíamos parado en una esquina para descansar las piernas. Ahí estábamos, tentadas de la risa no me acuerdo por qué, cuando un auto frena cerca de la vereda y vemos que el vidrio se baja. Desde adentro, un señor medio gordito, se asoma, y pregunta: “¿Para ir a Liniers saben qué tengo que agarrar?”. Y yo carezco de sentido de la orientación, pero el camino a Liniers me lo conocía de memoria. Así que inflé el pecho y empecé a explicarle por dónde agarrar. En medio de la explicación, siento que Camila me codea una vez, no le doy bola, dos veces, no le doy bola, tres veces, y termino por mirarla. Cuando lo hago, me señala con los ojos y las cejas la entrepierna del gordito. Y ahí lo veo. Grande, achorizado, pelado, sacudido por la mano del rellenito. Nunca había visto una. Camila tampoco. Como soy muy educada me hago la boluda y sigo explicándole cómo llegar a Liniers. Pero mi cabeza alterna la mirada entre la chota y el gordito, la chota y el gordito. Hasta que pasa lo impensable. En una de las alternaciones de la mirada, quedo petrificada en el miembro del gordito, siento que me pongo toda pálida, y le vomito a través de la ventanilla. El gordito putea un poco, arranca rápido, y se va a la mierda, con el ganso al aire.

Camila y yo, nos tentamos de la risa.

miércoles, 28 de enero de 2009

De la vida cotidiana

Escena 01. Interior. Día (mañana). Habitación Ramera

Una Ramera está acostada mirando por el ventanal. El señor que vive con ella se le tira encima de manera violenta.

El Señor
Buen día corazón, hice café.

Una Ramera se da vuelta y se tapa la cabeza con la almohada.

El señor que vive con ella se levanta lentamente y mientras camina hacia la puerta de la habitación dice:

El señor
Hay que llamar a los de internet para ir a pagar la factura,
apareció caquita de rata de vuelta,
después habría que limpiarla.
Esta casa está hecha una mugre.
Habría que pasar la aspiradora.
Fijate después que se quemó la lamparita del pasillo.
¿La cambiás?.
Che, otra cosa, necesito la resolución 1888/08
del INCAA, ¿me la buscás?.
Y también la 1885/08.
Hoy podés cocinar unas milanesas, o algo así rico,
no tengo ganas de comer sanguchitos.
¿Querés que te haga la listita del super?
Hay que comprar un montón,
¿te podés encargar de estas cosas?

Una Ramera, ya levantada y mirando al señor que vive con ella desde la puerta de la habitación lo mira, incrédula.

El Señor
Dale mami, que si hacés bien la tarea
te ganás un par de pijazos.

Vejez prematura

Los signos de mi vejez prematura están apareciendo mas frecuententemente y de manera temerosa. Primero, decubrí que mi catarsis había pasado del alcohol a la jardinería, luego una usurpadora insistió en meterse en mi cuerpo y, por último, la semana pasada me levanté a las siete y media para ir a yoga.

Pero la revelación que tuve este fin de semana playero no se compara en lo más mínimo con los signos precedentes. Porque es una realidad: si yo callaba estas verdades sobre mi vejez prematura, todavía podia seguir haciendo el papel de adolescente tardía en el mundo exterior.

¡Qué recuerdos aquellos de la adolescencia! ¡Qué lindas las primeras vacaciones con amigas! ¡Qué dinda la peatonal de Villa Gesell durante la segunda quincena de enero! Todos esos recuerdos están siendo borrados y reemplazados por la idiosincracia de una señora mayor que me cambió las reglas de juego a la hora de ir a la playa.

Con las chicas, agarrábamos una lona, preparábamos el mate, guardábamos el Rayito de Sol factor -10, y salíamos llenas de felicidad a la playa. El sábado, antes de salir para la playa, me encontré preparando el bolso: lona, toallón, protector factor 30, cepillo para el pelo, dinero, libro, revista, termo y mate, yerba de repuesto, saquito para mi, saquito para el señor que vive conmigo y galletitas (2 paquetes porque somos de buen comer). Tuve que vaciar el bolso que había llevado para todo el fin de semana y así conseguir guardar todos mis petates.

Ya en la playa, la arena y las criaturas se convirtieron en inconvenientes imposibles de resolver. La arena, descarada, se pegaba en mis piernas e insistía en invadir mi terrirorio (lona). Y las criaturas viven en un universo paralelo en el que reina el caprichito pelotudo. No entiendo. ¿No existe manera de hacer que los niños callen? ¿Es necesario que lloren veinticinco minutos porque mamá no los deja ir a la China caminando? ¿Es menester que revoleen arena como si fueran cartas de un concurso de televisión? ¿Tienen que ponerse a cagar delante mio?

Antes, la rutina era la siguiente: llegábamos, estirábamos la lonita, nos poníamos bronceador (o aceite) sensualmente, y nos tirábamos a dormir hasta que anocheciera. Ahora, tras cinco minutos de estar tirada al sol, ya estaba aburrida. Sacaba el libro y no encontraba una posición cómoda para leer, lo guardaba, volvía a sacarlo, hacía mate, lo lavaba a propósito para cambiar la yerba, cambiaba la yerba, acababa el agua, me peleaba con los terratenientes del balneario porque no me dejaban usar el quiosco, volvía puteando, cebaba nuevos mates, iba a la orilla, me mojaba los pies, volvía porque hacía frío, me sentaba, me paraba, caminaba, y finalmente, luego de insistir dos horas, lograba que el señor que vive conmigo se despertara de su siesta eterna y me diera bolilla.

Pero hubo un detalle playero que me hizo estremecer y comprender que no hay vuelta atrás: soy una vieja y no hay nada que pueda remediarlo. Tipo siete y media de la tarde, cuando el sol no calentaba y el viento te volaba las ideas, cometí el siniestro que me enterrará de por vida en el universo geronte. Tras soportar que un grupo de adolescentes (todos lindos y cancheros) me pegaran cinco pelotazos, tomé la pelota, me levanté de la lona, caminé lentamente al mar, y les revoleé la pelota. “¿La querés? Andá a buscarla rápido, no sea cosa que termines como Alfonsina”. Y volví a mi lonita, con mi matecito, mis galletitas y mi revistita de crucigramas, a proponerle al señor que vive conmigo que al día siguiente compráramos un tejo, así no me aburría tantísimo.

martes, 27 de enero de 2009

La Revancha II

Instantáneas de una noche de verano

La ansiedad mató al gato
. El evento comenzaba a las once de la noche. Tipo ocho y media yo estaba toda maquillada, con un cinturón que me apretaba los pulmones y no me dejaba respiar, y practicaba alrededor de la habitación del hotel el mejor caminar con tacos y las sonrisas más auténticas. El señor que vive conmigo (y que me acompañó en el periplo) roncaba como una morsa. Cuando finalmente se levantó y se cambió, casi caigo desmayada: una vez mas se había puesto ojotas. Pero como esa era mi noche, lo único que me importaba era que el cabello no se me descontrolara.

La entrada triunfal. Once menos cinco estábamos en la puerta de La Normandina. Ahí recibí algunos mensajes de los bloggers amigos que decían que caerían tipo doce, doce y media. Evidentemente, no es muy cool llegar a los eventos a la hora pautada. El señor de la puerta tardó cinco minutos en encontrar mi nombre en la lista. Mientras tanto, yo imaginé que algún ser siniestro me había hecho una broma terrible en la que me hacía ir hasta ahí para no ponerme en la lista y que quedara en ridículo. Cuando estaba por ponerme a llorar, me encontró. Subí los mil escalones temblando. Sentí, por unos momentos, que realmente era una diva y que apenas pisara el salón principal, la música se apagaría, los reflectores me enfocarían, alguien me presentaría y todos morirían de amor por mi. En cambio, en el salón estaban el personal de maestranza instalando las luces, algunos modernos con poncho símil frazada y todas las promotoras.

La logia de las chicas en bolas. Por la tarde, mientras hacía el papel de vacacionante en la playa, me había contentado porque el 100% de las mujeres eran celulíticas. Incluso las flacas. Yo me sentía chocha con mis rollitos y mis pocitos. Pero por la noche, casi como vampiresas que buscan arruinarnos la vida, aparecieron todas estas mujeres perfectamente vestidas (o desvestidas, diría mi madre), maquilladas, bronceadas, peinadas y, por supuesto, carentes de pocitos y rollitos. Decidí ahogarme en el primer vaso de Sobe Rush, así que le pedí al señor que vive conmigo que me acompañara a buscar. Apenas llegó a la barra, el muy pancho se pidió un gin tonic. ¡Un gin tonic! ¿Entienden? La mina de la barra lo miró despectivamente (creo que hasta reparó en el detalle de las ojotas) y le dio una latita de energizante.

Marilyn Monroe. Cuando llegaron los bloguers amigos, yo estaba dispuesta a darles una excelente impresión (salvo a Conz, que ya me conoce y sabe que soy una gran mentira). De los nervios propuse salir a fumar un cigarrillo. Y cuando salimos al exterior, en ese micromundo marplatense donde reina el viento, se me subió el vestido hasta la nuca. En una mano tenía el cigarillo, y en la otra un vaso de SoBe Rush. La bombacha estaba deshilachada. Los blogers amigos se rieron tímidamente. Cuando logré reaccionar y bajarme el vestido, me volqué la bebida encima.

En el baño. La bebida es riquísima, y con tanto baile electrónico, me urgía ir al baño. Cuando llegué a la puerta, tenía veinticinco mujeres delante. Capitán Intriga, que es un primor de persona, se ofreció amablemente a acompañarme al baño de los muchachos. En el baño sucedieron dos acontecimientos que me traumarán de por vida:

• Mientras hacíamos la fila para entrar, percaté que un grupo de muchachitos estaba excitado. Eso no sería nada sorprendente, hasta que conmprendí el por qué de la excitación: en uno de los baños, tres chicas practicaban sexo lésbico mientras los muchachos las espiaban por debajo de la puerta.
• Cuando finalmente me tocó entrar al baño, calculé muy mal, y metí el vestido en el inodoro. No sé cómo pasó, pero pasó.

Bailes electrónicos. Para una Ramera, la música electrónica es incomprensible. Quiero decir, las Rameras entendemos de cumbia, y por ende no sabemos bailar ritmos modernos. Aun así, le puse una garra infinita y bailé como loca, hasta que llegó el grupo de la noche, los famosos Ratatat, y ahí se me terminaron las pilas. Yo no sé qué tendrán de grosos (de hecho algo deben tener porque la gente estaba contentísima), pero yo no los entendía. Uno de los muchachos emuló durante todo el recital a Kurt Cobain, acción que me hizo mear de la risa. Los bajos estaban tan a full que yo vibraba entera y por un momento pensé que me había agarrado un ataque de epilepsia.

El señor que vive conmigo, que estoicamente había soportado toda la noche mis reproches por el temita de las ojotas, me imploró que nos retiráramos. Así que me calcé las ojotas que había llevado en el bolso playero, y tranquilos, como si no hubiera pasado nada, como si le hubieran vuelvo a poner play a mi vida cotidiana, marchamos lento y tranquilos al hotel. Atrás dejamos el sexo grupal, los bloguers amigos, las chicas en bolas y mi deseo de ser una ignota diva.

En el camino, nos clavamos un par de choripanes.

lunes, 26 de enero de 2009

Preview

Sigo en Mar del Plata. Las olas y el viento no me están dejando volver, y yo no me estoy negando.

Mañana les cuento cómo me fue, pero les voy adelantando tres palabras claves para que se hagan una idea lo que fue mi noche:

  • Gin Tonic
  • Marilyn Monroe
  • Sexo grupal
Vayan imaginando.