Ese verano habíamos ido a las paradisíacas playas de Mar del Tuyú. Mi madre, padre, hermanos, tío, tía, y primas. Primas eran dos y tres años más grandes que yo. Yo tenía once y ellas, naturalmente, trece y catorce.
El verano anterior, las primas ya habían veraneado en Mar del Tuyú. Conocían la playa, el centro, la peatonal, los locales de video juegos y EL boliche. Y no me equivoco al decir EL boliche, porque estábamos en Mar del Tuyú. Un boliche casi que alcanzaba -y sobraba- para toda la localidad (incluso para alguna vecina).
Tardamos exactamente diez días en convencer a mi madre para que me dejara ir a bailar al boliche. Yo había ido a algunos asaltos o bailes escolares, pero nunca a un recinto con patovicas y chicos más grandes. Finalmente K (mi madre tiene esa inicical y mi padre se llama como el general) aceptó y ahí fui yo -como loca- a calzarme unas sandalias franciscanas, un jean gastado y una remera John L. Cook.
Apenas entramos, mis primas y yo saludamos a mi madre que nos había acompañado. Empezamos a caminar para pagar la entrada, pero yo sentí que alguien me seguía muy de cerca, que alguien tenía sus ojos clavados en mi nuca. Cuando me di vuelta, mi madre hablaba con el patovica y no me sacaba la mirada de encima. Me acerqué y la volví a saludar, tratando de presionarla para que empiece a salir del boliche. Sn embargo, mi madre le daba la mano al patovica, me agarraba del brazo, y me decía: "No, yo me voy a quedar por acá sentadita. ¿Qué pensaste? ¿Que te ibas a quedar sola acá adentro?". Después de eso largó una carcajada feroz y siniestra, que retumbó en todo el lugar.
Horas más tarde, mi madre seguía sentada en un costadito de los reservados, y yo bailaba tímidamente a dos metros de ella. El chico que me gustaba se reía de mi, cada vez que mi madre me saludaba desde su palco VIP.


