No es justo que le echemos toda la culpa al chancho. Es bien sabido que Camioncito tenía muchísimos defectos. Lo que no es tan sabido es que yo también me las traía.
De todos las atrocidades que cometía Camioncito día a día, la que menos me molestaba era el jogging. Fueron tres años ininterrumpidos de joggineta loca. Y todos sabemos que el síndrome del jogging es contagioso.
Es por esta extraña mímesis que yo pasé mucho tiempo en jogging. Descendí al peor de los infiernos por este motivo. Pero una mano amiga -o mejor dicho doscientas cincuenta- me devolvió al planeta de la gente medianamente bien vestida.
Corría el año 2002. Yo cursaba el CBC en Ciudad Universitaria. Los viernes por la mañana me tocaban cuatro horas, fatídicas y horrendas, de dibujo. Eran las peores horas de mi semana. Porque una ramera no sabe dibujar. Es una habilidad que, genéticamente, viene trunca. Lloraba cada vez que tenía que hacer un croquis, y amenazaba con suicidarme con el compás las noches previas a una entrega.
Por esa época ya había adoptado el jogging como uniforme oficial. Era una impresentable. Me ponía el jogging, un buzo roído, cola de caballo y salía hacia la facultad. Son épocas oscuras en mi vida, casi nefastas. Son recuerdos que trato de reprimir pero que insisten en aparecer en mis sueños.
Apenas llegamos a la clase nos recibieron con la peor de las consignas: teníamos que dibujar el cuerpo humano. Yo sentí que me moría. Era la peor sentencia a la que jamás había estado expuesta. Ya me había acostumbrado a las perspectivas y a las escuadras, pero tener que dibujar un cuerpo era otra historia. Era seguro que no iba a poder.
Antes que pudiera ponerme a llorar, como correspondía en un caso semejante, una luz apareció al final del túnel: la modelo que teníamos que dibujar nos había dejado plantados y algún alumno debería posar. Y aquel que posara, naturalmente, no tendría que dibujar.
Instintivamente levanté la mano, pese a mi timidez extrema. Así fue como doscientas cincuenta personas me dibujaron. Y, pese a la vergüenza que pasé, confieso que es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Fue una alerta. Un llamado de atención. El punto final.
Luego de dos horas inmóvil, todos los alumnos habían terminado sus dibujos. Yo estaba totalmente contracturada. Respiré profundo y caminé hacia mi mesa. En el camino empecé a ver los dibujos que de mi había esparcidos por el salón. La imagen que me devolvían era hedionda. Era la de una persona dejada, despeinada y ojerosa. Era una persona en jogging y buzo deportivo. Y lo peor de todo era que esa cosa hedionda y varonera, esa era yo.
El mundo se me vino encima. Cuantos más dibujos veía, más me hundía en la desidia de ser yo. Fue una situación espantosa. Sentía que todos pensaban en lo fea y dejada que era, en lo mal que me vestía. Yo hubiera pensado eso de una persona con esa facha.
Desde aquel día decidí no volver a usar jogging indiscriminadamente. Sólo lo usaría para ir al gimnasio o en la intimidad de mi hogar. Nunca más saldría a pasear en jogging. Es algo que simplemente no se hace.
De un tiempo a esta parte, o mejor dicho desde que vivo con un gurú de la moda femenina, el jogging se redujo solo al gimnasio. Y yo me aplaudo. Porque cada vez que mi conviviente llegaba al hogar y me encontraba en joggineta, bajaba la mirada y negaba con la cabeza, supongo que preguntándose en qué momento de su vida se enamoró se una persona en jogging.
A veces es necesario descender al infierno, para comprender que con ciertas cosas no se jode. Y el jogging es una de esas cosas.
Desde Origen Ramero decimos del jogging: Sí al uso, no al abuso.
De todos las atrocidades que cometía Camioncito día a día, la que menos me molestaba era el jogging. Fueron tres años ininterrumpidos de joggineta loca. Y todos sabemos que el síndrome del jogging es contagioso.
Es por esta extraña mímesis que yo pasé mucho tiempo en jogging. Descendí al peor de los infiernos por este motivo. Pero una mano amiga -o mejor dicho doscientas cincuenta- me devolvió al planeta de la gente medianamente bien vestida.
Corría el año 2002. Yo cursaba el CBC en Ciudad Universitaria. Los viernes por la mañana me tocaban cuatro horas, fatídicas y horrendas, de dibujo. Eran las peores horas de mi semana. Porque una ramera no sabe dibujar. Es una habilidad que, genéticamente, viene trunca. Lloraba cada vez que tenía que hacer un croquis, y amenazaba con suicidarme con el compás las noches previas a una entrega.
Por esa época ya había adoptado el jogging como uniforme oficial. Era una impresentable. Me ponía el jogging, un buzo roído, cola de caballo y salía hacia la facultad. Son épocas oscuras en mi vida, casi nefastas. Son recuerdos que trato de reprimir pero que insisten en aparecer en mis sueños.
Apenas llegamos a la clase nos recibieron con la peor de las consignas: teníamos que dibujar el cuerpo humano. Yo sentí que me moría. Era la peor sentencia a la que jamás había estado expuesta. Ya me había acostumbrado a las perspectivas y a las escuadras, pero tener que dibujar un cuerpo era otra historia. Era seguro que no iba a poder.
Antes que pudiera ponerme a llorar, como correspondía en un caso semejante, una luz apareció al final del túnel: la modelo que teníamos que dibujar nos había dejado plantados y algún alumno debería posar. Y aquel que posara, naturalmente, no tendría que dibujar.
Instintivamente levanté la mano, pese a mi timidez extrema. Así fue como doscientas cincuenta personas me dibujaron. Y, pese a la vergüenza que pasé, confieso que es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Fue una alerta. Un llamado de atención. El punto final.
Luego de dos horas inmóvil, todos los alumnos habían terminado sus dibujos. Yo estaba totalmente contracturada. Respiré profundo y caminé hacia mi mesa. En el camino empecé a ver los dibujos que de mi había esparcidos por el salón. La imagen que me devolvían era hedionda. Era la de una persona dejada, despeinada y ojerosa. Era una persona en jogging y buzo deportivo. Y lo peor de todo era que esa cosa hedionda y varonera, esa era yo.
El mundo se me vino encima. Cuantos más dibujos veía, más me hundía en la desidia de ser yo. Fue una situación espantosa. Sentía que todos pensaban en lo fea y dejada que era, en lo mal que me vestía. Yo hubiera pensado eso de una persona con esa facha.
Desde aquel día decidí no volver a usar jogging indiscriminadamente. Sólo lo usaría para ir al gimnasio o en la intimidad de mi hogar. Nunca más saldría a pasear en jogging. Es algo que simplemente no se hace.
De un tiempo a esta parte, o mejor dicho desde que vivo con un gurú de la moda femenina, el jogging se redujo solo al gimnasio. Y yo me aplaudo. Porque cada vez que mi conviviente llegaba al hogar y me encontraba en joggineta, bajaba la mirada y negaba con la cabeza, supongo que preguntándose en qué momento de su vida se enamoró se una persona en jogging.
A veces es necesario descender al infierno, para comprender que con ciertas cosas no se jode. Y el jogging es una de esas cosas.
Desde Origen Ramero decimos del jogging: Sí al uso, no al abuso.


