domingo, 6 de julio de 2008

El jogging, un camino de ida

No es justo que le echemos toda la culpa al chancho. Es bien sabido que Camioncito tenía muchísimos defectos. Lo que no es tan sabido es que yo también me las traía.

De todos las atrocidades que cometía Camioncito día a día, la que menos me molestaba era el jogging. Fueron tres años ininterrumpidos de joggineta loca. Y todos sabemos que el síndrome del jogging es contagioso.

Es por esta extraña mímesis que yo pasé mucho tiempo en jogging. Descendí al peor de los infiernos por este motivo. Pero una mano amiga -o mejor dicho doscientas cincuenta- me devolvió al planeta de la gente medianamente bien vestida.

Corría el año 2002. Yo cursaba el CBC en Ciudad Universitaria. Los viernes por la mañana me tocaban cuatro horas, fatídicas y horrendas, de dibujo. Eran las peores horas de mi semana. Porque una ramera no sabe dibujar. Es una habilidad que, genéticamente, viene trunca. Lloraba cada vez que tenía que hacer un croquis, y amenazaba con suicidarme con el compás las noches previas a una entrega.

Por esa época ya había adoptado el jogging como uniforme oficial. Era una impresentable. Me ponía el jogging, un buzo roído, cola de caballo y salía hacia la facultad. Son épocas oscuras en mi vida, casi nefastas. Son recuerdos que trato de reprimir pero que insisten en aparecer en mis sueños.

Apenas llegamos a la clase nos recibieron con la peor de las consignas: teníamos que dibujar el cuerpo humano. Yo sentí que me moría. Era la peor sentencia a la que jamás había estado expuesta. Ya me había acostumbrado a las perspectivas y a las escuadras, pero tener que dibujar un cuerpo era otra historia. Era seguro que no iba a poder.

Antes que pudiera ponerme a llorar, como correspondía en un caso semejante, una luz apareció al final del túnel: la modelo que teníamos que dibujar nos había dejado plantados y algún alumno debería posar. Y aquel que posara, naturalmente, no tendría que dibujar.

Instintivamente levanté la mano, pese a mi timidez extrema. Así fue como doscientas cincuenta personas me dibujaron. Y, pese a la vergüenza que pasé, confieso que es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Fue una alerta. Un llamado de atención. El punto final.

Luego de dos horas inmóvil, todos los alumnos habían terminado sus dibujos. Yo estaba totalmente contracturada. Respiré profundo y caminé hacia mi mesa. En el camino empecé a ver los dibujos que de mi había esparcidos por el salón. La imagen que me devolvían era hedionda. Era la de una persona dejada, despeinada y ojerosa. Era una persona en jogging y buzo deportivo. Y lo peor de todo era que esa cosa hedionda y varonera, esa era yo.

El mundo se me vino encima. Cuantos más dibujos veía, más me hundía en la desidia de ser yo. Fue una situación espantosa. Sentía que todos pensaban en lo fea y dejada que era, en lo mal que me vestía. Yo hubiera pensado eso de una persona con esa facha.

Desde aquel día decidí no volver a usar jogging indiscriminadamente. Sólo lo usaría para ir al gimnasio o en la intimidad de mi hogar. Nunca más saldría a pasear en jogging. Es algo que simplemente no se hace.

De un tiempo a esta parte, o mejor dicho desde que vivo con un gurú de la moda femenina, el jogging se redujo solo al gimnasio. Y yo me aplaudo. Porque cada vez que mi conviviente llegaba al hogar y me encontraba en joggineta, bajaba la mirada y negaba con la cabeza, supongo que preguntándose en qué momento de su vida se enamoró se una persona en jogging.

A veces es necesario descender al infierno, para comprender que con ciertas cosas no se jode. Y el jogging es una de esas cosas.

Desde Origen Ramero decimos del jogging: Sí al uso, no al abuso.

jueves, 3 de julio de 2008

Le Pedorret

Era, además, un pedorreta de ley. No importaba dónde ni quién estuviera cerca, él se pedorreaba igual. A veces lo anunciaba, un segundo antes, con bombos y platillos. A veces durante, casi siempre después, cuando uno ya no tenía escapatoria. Se regodeaba, se sentía feliz de hacerme sufrir. Le encantaba obligarme a sentir su pestilente baranda.
Que me tiro uno, te encierro en el cuarto, cierro con llave y me la trago bien tragada, para que aspires bien aspirado, que tirame el dedo, que te sacudo la sabanita, que viene uno ruidoso, un sordito, uno chiquito, una bomba de olor, que de qué te espantás si yo cago con olor a rosas. Todas las costumbres del pedorreta, todas encerradas en mi Camioncito.

Y entonces yo digo: que lo del dedo lo haya hecho mi papá como una gracia cuando yo era un potus de cinco años, vaya y pase. Mi papá es mi papá, y mi Edipo mal resuelto determina, dictamina y sentencia que a mi papá se le perdonan las pedanterías una y mil veces. Porque siempre van a ser graciosas.

Pero mi novio, por favor. Gracias.

Y dijo la colgada

“Si los todos los chinos se subieran a banquitos de 25cm. de alto, y saltaran al mismo tiempo, la Tierra cambiaría de órbita”

¿No es el delirio más hermoso que jamás hayan oído?

Yo todavía me estoy riendo.

Háganse la imagen mental y riánse conmigo.

miércoles, 2 de julio de 2008

Mi jefecita colgada

Mi jefa es una persona muy talentosa. Entre otras cosas, es una fotógrafa consagrada. Ganó premios, viajó por el mundo exponiendo su trabajo y vendió piezas suyas a precios exorbitantes.
Pero todo lo que tiene de talentosa lo equipara con, por llamarlo de alguna manera, una colgadez extrema. Y dentro del universo colgado en el que vive, sobresale su capacidad para ver cosas donde no las hay.
Hoy a la tarde estábamos editando un video con unas fotos que sacó en un ex centro de detención clandestino. Todo muy fuerte, todo muy triste, todo abandonado, todo cargado de melancolía y violencia.
Nos quedamos unos segundos viendo la foto de una de las puertas de entrada al lugar.

Colgada
Qué loco...

Ramera Mala Onda
Qué cosa

Colgada
El cartel ese...
Dice "Esclarece".
Es como una paradoja.
Me encanta descubrir esas cosas...

Miré con atención y efectivamente había un cartel. Miré con atención para leer el "Esclarece" que tan loco le parecía a mi jefa. Pero no pude. "Escalera". Eso era lo que yo veía en el cartel. Eso era lo que yo leía. Eso era lo que decía el cartel.

No pude reírme. Ni pude gritarle en la cara que estaba equivocada. No pude porque ella estaba emocionada con su paradójica foto. Y con la emoción yo no puedo. Mi jefa estaba como un nene que acaba de abrir el regalo que le trajo Papá Noel. Y con Papá Noel no se jode.

Supongo que a veces es mejor hacerse el tonto antes que cortarle la ilusión a alguien. Al fin y al cabo, ¿quién soy yo para decirle a alguien que Papá Noel no existe?

lunes, 30 de junio de 2008

Camioncito se arreglaba los piecitos

Yo antes tenia un novio camionero. Lo amaba con todo mi alma y de todas las maneras posibles. Aunque ahora, con bastante distancia temporal, me doy cuenta las atrocidades que cometia y en las que yo no reparaba por estar ciega de amor. Hoy, Camioncito se arreglaba los piecitos. Disfruten.


El colmo de su pedantería se dio una común y corriente (o sea aburrida y predecible) tarde de domingo. Camioncito decidió por unanimidad que debíamos tomar mate con su abuela y su madre en el living/ comedor/ sala de estar y cocina de su casa. Por supuesto yo calenté el agua, preparé el mate, y cebé infinitas rondas. Y rondas. Y rondas.
En cierto momento, Camioncito, en patas, empezó a mirarse la planta de los pies y, a decir verdad, creo que se estaba imaginando algo chanchísimo porque su cara carona lo delataba sin cesar. Se dirigió al modular espantoso que había en el living/ comedor/ sala de estar y cocina, y sacó un alicate feo, de acero inoxidable oxidado (¿cómo pudo pasar eso?), gastado de tanto usar, con olor a patas y mugre de uñas de antaño. Camioncito levantó una pata (Camioncito tenía patas, no pies como los seres humanos) y la puso sobre su muslo (el de la otra pierna, por supuesto) y comenzó a realizar una tarea que de sólo pensarlo me revuelve el estómago: se cortaba y recortaba las partes duras de la planta del pie, las partes secas y resecas, las blancas y amarillentas. Era como una amputación sin sangre ahí, muy cerquita mio. El estaba concentrado y contentísimo. Yo tenía unas tremendas ganas de vomitar.

Paré de cebar y le pedí por favor que hiciera eso en el baño, que no era de buen gusto. Su madre y abuela, en cambio, lo alentaban, analizaban los pedazos de piel muerta que iba dejando sobre la mesa donde rato antes habíamos almorzado, donde rato después íbamos a cenar, le daban una cremita para el después (algo asi como la post depilatoria pero esta era post amputación de partes muertas de la pata, con olor a pollo podrido y aspecto rancio). Yo no salía de mi asombro y decidí salir al patio a tomar un poco de aire. Ahí mismo, mientras yo descansaba unos segundos de la hediondez anterior, él se apareció con sus pedazos muertos de pata en la mano y dijo, contento: “Mirá, parece queso rallado”. Creo que ahi fue el momento exacto en el que perdi la conciencia.

viernes, 27 de junio de 2008

El adefesio de la fuente

Existe en Villa Crespo un adefesio propietario de un departamento cualunque.

Existe en el departamento del adefesio un balcón de un metro por cincuenta centímetros.

Existe en el diminuto balcón de Villa Crespo una hermosa y delicada fuente de yeso.

Clásica. Mujer con rulitos cortos, pose seductora, lienzo que atraviesa todo el cuerpo. Un pecho, perfecto él, al descubierto. El cachete derecho de la cola, también perfecto, se deja ver a través del improvisado y sugerente, mas no putón, vestido blanco. Los ojos saltones, mirando al sudeste. La boquita chiquita, sonriente, con algún dientecito, mezcla de ratita y conejo, que asoma por ahí.

Posada sobre una especia de almeja gigante descansa la mujer de yeso, sosteniendo algo así como una bandeja a la altura de los hombros, una bandeja que contiene la nada absoluta, el vacío supremo.

En días festivos, el asefesio que oficia como dueño de la mujer, se enorgullece, enaltece y excita al comenzar el espectáculo.

Una lucecita verde por aquí, otra azul por allá, y una rojiza cenital iluminan a la mujer. A veces le da play al cd de sonidos de la naturaleza, track número cinco, “Misterios del bosque”.

El momento supremo, sublime e inigualable del espectáculo es ese en que el adefesio procede a prender la fuente. Enigmático, carismático y embobado, reúne al rebaño de adefesios para mostrarles lo fino que es su balcón, cuán perfecta de su fuente, cuán perfecto su balcón, su departamento, su vida.

El agua comienza por la espalda de la mujer, cual orina desviada, baja por la bandeja para caer finalmente en la almeja gigante. Así sucesivamente. Así hasta el infinito. Así de perfecto es el recorrido. Así de perfecta es la mujer. Así de perfecto es el show.

Ahora, frente a ese espectáculo, yo me pregunto, estupefacta:

¿Cómo puede existir alguien con semejante mal gusto?

Y a vos, adefesio que oficia de dueño de la sublime fuente, te pregunto, mientras te aprieto con fuerza el cuello y te sacudo como poseida:

¿Es que no poseés en tu diccionario de adefesio el significado, o la dferencia sutancial entre o agradable y desagradable?

¿En qué momento dejó tu cerebro de hacer sinapsis? ¿Qué es lo que te pasa?

miércoles, 25 de junio de 2008

Una salvedad

En fin. Esto me aburre en demasía. Pero lo aclaro porque no tengo ni un poco de ganas de pelear, y mucho menos que me peleen.

El señor Mariscal no es ningún tarado. Yo lo vi como un tarado porque soy superficial y no sé leer (soy rubia, no puedo evitarlo). Aparentemente él sólo quería demostrarme que no hay que reírse ante la muerte, ni siquiera cuando el muerto haya sido una mala persona. Igual yo tengo una máxima que me acompaña hace muchos años: el fin no justifica los medios.

Y el medio que usted utilizó, querido mariscal, toca un punto demasiado sensible en mi vida. Un punto que me bloquea y paraliza. Usted relaciona hermana/muerte/sonrisa y yo lo odio. Perdón si lo ofendí. No volverá a ocurrir.

Prometo no volver a sonreír ante la muerte. Ni siquiera ante las hormigas que dejo huérfanas cada vez que ataco en la cocina a esos bichos horrendos.

Mis sinceras disculpas.